Hoy mismo lo recuerdo, eh… Ese David del trabajo, quince años más que yo, siempre mirándome la boca con esa cara de lobo. Todos hablaban de mis mamadas legendarias, pero nadie sabe que yo decido cuándo y cómo. Lo pillé a solas en la oficina. ‘Ven a cenar a casa esta noche’, le dije, mirándolo fijo a los ojos. Se quedó tieso, sorprendido. Yo lo ignoraba siempre, pero hoy… hoy lo quería para mí.
Llegó puntual, polla ya medio dura solo de pensarlo, lo noté en su pantalón. Le abrí la puerta con un vestido ceñido, mis curvas marcadas, tetas erguidas, culo redondo. Él sonrió, babeando por mi boca. Cenamos. Yo serví rápido, me senté y comí en silencio. Nada de charlas. Él intentaba, eh… ‘¿Qué tal el día?’, monosílabos míos. ‘Bien’. Sudaba, desesperado. Quería que suplicara, que sintiera la tensión. Comía lento, saboreando su nerviosismo. Sus ojos en mi boca, imaginando ya su polla ahí. Diez minutos mudos. Nada. Yo controlaba el ritmo.
La invitación y la tensión que me encendió
De postre, me limpié los labios despacio, con la servilleta. Me levanté sin decir nada, fui al pasillo. Él pensó que me iba al baño, se movió para irse. Pero no. Entró en mi habitación, puerta abierta. Ahí estaba yo: desnuda, de rodillas en la cama enorme. Pelo suelto sobre tetas llenas, brillantes bajo la luz. Lo miré directo a la entrepierna. ‘Quítatelo todo’, ordené, voz baja pero firme. Dudó un segundo, eh… pero obedeció. Polla saltando, dura como piedra, venosa, gorda. Sonreí. Ahora era mío.
Me acerqué a gatas, felina, oliendo su excitación. Le bajé el slip, la cogí con manos suaves. ‘No te muevas’, susurré. Lamí el glande despacio, lengua larga rozando la uretra, saboreando el precum salado. Él gimió. Chupé suave, vueltas lentas, saliva cubriéndola toda. Bajé más, garganta profunda, glande en mi glotis, sin arcadas. Diez minutos así: lamiendo huevos, succionando fuerte, polla reluciente, hipersensible. ‘Ahora fóllame’, suplicó. No. Yo mandaba. Me subí encima, coño húmedo rozando su punta. Bajé despacio, tragándomela entera. ‘¡Joder!’, gritó. Cabalgué salvaje, tetas botando, uñas en su pecho. ‘Mírame’, le dije. Ritmo mío: rápido, hondo, clítoris frotando su pubis.
El sexo brutal donde yo decidía todo
Lo volteé, a cuatro patas él. Le metí la polla en la boca otra vez, follando su cara. ‘Traga’. Luego lo puse de espaldas, monté reverse cowgirl, culo rebotando en su cara. Sentía su lengua en mi ano mientras yo controlaba la penetración, subiendo y bajando, coño apretando. Cambié: lo puse de rodillas, yo debajo, piernas abiertas. ‘Fóllame duro, pero sigo yo’. Él embestía, yo guiaba sus caderas, clava mis talones en su culo. Gritos míos: ‘Más profundo, cabrón’. Sudor mezclado, olor a sexo puro. Lo sentí cerca, lo saqué, masturbé furiosa. ‘Córrete en mi culo’. Apunté, chorros calientes en mi ano, goteando.
Se derrumbó, jadeando. Yo me levanté, limpia, satisfecha. ‘Vete ahora’. Ni un beso. Él se vistió, atontado, salió. Me quedé en la cama, coño palpitando, poder puro en las venas. Lo había conquistado, usado, descartado. Su polla fue mía, cada gemido, cada gota. Nadie me dice qué hacer en la cama. Yo decido, yo gano. Y volveré a por otro.