Acababa de aprobar el bachillerato, mis padres me soltaron la cuerda: vacaciones en Bretaña con mis amigas, primera vez sin ellos. Pagaron hasta la caravana en un camping frente al mar. ¡Joder, qué subidón! Céline, con 19 tacos recién cumplidos, Gaëlle y yo, las dos con 18 a cuestas. En la estación, mochilas al hombro, faldas cortas y tops ligeros, esperando el tren nocturno que nos llevaba a la libertad.
Entramos en el compartimento, risas a tope contando batallas de Céline. De repente, aparece él: unos 30, traje impecable, portátil en mano. Se sienta al lado de Céline, teclea como si nada. Sus ojos… eh, se desvían a sus tetas, a sus muslos. Ella lo pilla y se abre un poco más de piernas, provocona como siempre. Pero yo… yo sentí el pinchazo. Esta noche, yo mando. Lo miro fijo, cruzo las piernas despacio, dejo que mi falda suba. Nuestras miradas chocan. Sonrío, dominante. ‘¿Vas a Bretaña también?’, le suelto bajito. Él asiente, nervioso. ‘Bien, quédate calladito y observa’, le digo, voz ronca.
La Decisión: Él Será Mío Esta Noche
Las chicas se duermen pronto, el traqueteo del tren ayuda. Yo no. Me levanto, me planto frente a él. ‘Quítate el portátil’, ordeno. Lo hace, ojos como platos. Me siento en sus rodillas, falda arriba, sintiendo su polla ya dura contra mi coño. ‘Vas a ser mío esta noche. Mis reglas: no hablas, no tocas sin permiso. Si me complaces, te dejo correrte’. Él traga saliva, asiente. Le beso el cuello, muerdo suave. Sus manos tiemblan, pero las aparto. ‘Manos quietas’. Bajo la cremallera de su pantalón, saco esa verga gruesa, palpitante. La aprieto, él gime bajito. ‘Shh, o despierto a las chicas’.