Mira, soy Lucía, 35 años, madre soltera, con curvas que aún vuelven locos a los hombres. Vivo en un piso de Madrid, y el hijo mayor de mi vecina del quinto, Maxi, me cuida a los niños. Alto, delgado, con gafitas redondas como un nerd, pero con ojos que queman. Siempre ha sido un amor con mis peques, les ayuda con los deberes, y yo… bueno, yo empecé a notarlo mirándome diferente.
Ese viernes, me pilló en bragas y sujetador en el baño. Le sonó mi móvil, abrió la puerta, y se quedó tieso, con la boca abierta, devorándome con la mirada. Mi conjunto de encaje blanco era… provocador. ‘¿Qué pasa, Maxi?’, le dije, medio riendo, medio cabreada. Él rojo como un tomate: ‘Estás… tan guapa, Lucía’. Sentí un cosquilleo. Flaca, pero halagada. Esa noche, al volver de mi cena con amigas, vestida de enfermera sexy, me soltó: ‘Estás increíble’. Le di un beso en la frente y lo eché, pero en la cama no paré de pensar. Ese crío me deseaba. Y yo… yo decidí que sería mío. No iba a dejar que un niñato me mirara así sin pagar tributo.
La decisión que lo cambió todo
La semana siguiente, en la cocina, confidencias. Me confesó que no le gustan las chicas de su edad, prefiere ‘mujeres de verdad’, maduras, con curvas, como yo. ‘Como tú’, murmuró. Silencio pesado. Lo besé en la mejilla, más largo. El plan estaba en marcha. Hablé con mi amiga psicóloga, me dijo que lo necesitaba para crecer. Perfecto. Yo lo curaría… a mi manera. Tomaría el control, lo haría arrodillarse ante mi coño.
El martes, con las compras, me puse un vestido corto, escotado, sin sujetador casi. Lo provoqué, bailé, le roce los hombros con mis tetas. Derramé la coca ‘por accidente’ en mi escote. Le cogí la mano, la metí debajo. Sus dedos temblando en mi pezón. ‘Tócalo’, le ordené. Dudó. ‘¡Tómalo ya!’. Lo hizo, suave al principio. Le bajé la tira, le mostré todo. Me chupó las tetas como un loco, mordiendo. Su polla dura contra mi codo. Pero paré. ‘Vuelve el martes que viene’. Él, con cara de perrito: ‘Sí, Lucía’.
El placer donde yo mandaba
Siguiente martes, en el salón. Directo al grano. Me desnudó torpe, yo le bajé los pantalones. Su polla saltó, dura, venosa, con huevos pesados. La agarré, la apreté. ‘Abre las piernas’, le dije. Me puse a cuatro, pero no, yo mandaba. Lo tumbé en el sofá, 69. Le metí la polla en la boca… no, yo chupaba. Lamí sus huevos, tragué hasta la garganta, controlando el ritmo. Él gimiendo, lamiéndome el coño torpe. Aceleré, lo ordeñé hasta que explotó en mi boca, leche caliente salpicando mi cara, tetas. ‘Límpialo’, le dije, besándolo con su propio semen.
Pero no paré ahí. Viernes noche, cena china. En el coche, su mano en mi muslo. En casa, lo llevé a la cama. ‘Yo decido cómo follamos’. Desnuda, lo monté. Su polla en mi coño mojado, resbalando. Cabalgaba lento, apretando, ‘Mírame a los ojos’. Cambié a perrito, le guié las manos a mi clítoris. ‘¡Frótalo fuerte!’. Me folló duro, pero yo marcaba el ritmo, clavándome hasta el fondo. Grité al correrme, empapándolo. Él eyaculó dentro, temblando. Luego, levrette salvaje, tape-cul, posiciones donde yo gritaba órdenes: ‘Más profundo, cabrón’. Dos veces más, semen por todas partes.
Al final, exhausto, dormido. Yo, poderosa, con el coño palpitando de placer. Lo transformé de niñato en semental… mío. Ahora anda con una rubia, pero sabe que yo lo hice hombre. Siento el poder en las venas, cada vez que lo veo. Lo conquisté, lo usé, y gané.