Me desperté en esa buhardilla vieja de la finca familiar, con el sol colándose por la lucarna. Compartíamos literas pegadas, él en la de al lado, mi cuñado Pablo. Nattie y Walter habían salido temprano a currar, solos nosotros. Oí su respiración pesada… levanté la sábana con disimulo. Joder, qué verga más tiesa tenía, saliendo por la bragueta del bóxer roto. Gruesa, venosa, palpitando. Sonreí. Hoy mandaba yo.
Me acerqué despacio, sin hacer ruido. Él fingía dormir, pero lo pillé mirándome de reojo. ‘Pablo… ¿estás despierto?’, susurré, rozando su muslo con los dedos. Abrió un ojo, rojo como un tomate. ‘Eh… sí, María… ¿qué pasa?’. Me subí la camisola, dejando ver mis tetas. Pezones duros ya. ‘Mira lo que tienes ahí abajo. Me lo vas a dar todo. Pero yo decido cómo y cuándo’. Él tragó saliva. ‘Pero… Nattie…’. ‘Cállate. Reglas mías: no te mueves si no te lo digo. Me chupas donde quiero, me follas como mande. Si desobedeces, paro’. Su polla dio un salto. Estaba perdido.
La conquista matutina
La tensión subía. Me metí en su cama, piel contra piel. Le até las manos con mi pañuelo al cabecero. ‘Ahora mírame’. Le lamí el cuello, mordí el lóbulo. Bajé la mano, apreté su polla. ‘Qué dura, cabrón. Para mí’. Él gemía bajito: ‘María, por favor…’. ‘Shh. Yo mando’. Le bajé el bóxer, la verga saltó libre. La olí, la saboreé con la lengua en el glande. Pre-semen salado. Él se arqueaba, pero yo paré. ‘No corras. Espera mi orden’.
Lo volteé boca abajo, le abrí las nalgas. Lamí su culo, metí la lengua. ‘¡Joder, qué rico!’. Se retorcía. Luego lo puse de rodillas. ‘Chúpame el coño primero’. Me senté en su cara, restregué mi chochito mojado. Clítoris hinchado rozando su nariz. ‘Más lengua, idiota. Así…’. Gemí fuerte, mis jugos le empapaban la boca. Él lamiendo como loco, yo apretando sus pelotas. ‘Ahora fóllame. Pero despacio, o te paro’.
El clímax bajo mis órdenes
Le monté a lo amazona. Agarré su polla, la metí de un golpe en mi coño chorreante. ‘¡Aaaah! Qué polla más gorda’. Subí y bajé, controlando el ritmo. Tetazas rebotando en su cara. ‘Chúpamelas. Muerde suave’. Él obedecía, yo aceleraba. ‘Más hondo, cabrón. Rompe mi coño’. Cambié: perrito, yo empujando contra él. ‘¡Fóllame fuerte ahora!’. Su verga me llenaba, rozando el punto G. Sudor, slap-slap de carne. ‘No corras aún. Aguanta’. Lo volteé misionero, piernas en sus hombros. ‘Mírame a los ojos mientras te ordeño’.
Lo cabalgué salvaje, clítoris frotando su pubis. ‘¡Me corro! ¡Sí!’. Explosión, coño contrayéndose alrededor de su polla. Él suplicaba: ‘Déjame correrme, María…’. ‘Ahora sí. Dentro, lléname’. Gruñó, bombeó semen caliente. Me corrí otra vez, arañándole el pecho.
Me aparté, su polla chorreando. Él jadeando, exhausto. Yo sonriendo, poderosa. ‘Lo has hecho bien, perrito. Me has dado todo lo que quería’. Le desaté las manos, besé su frente. Sentí la adrenalina, el poder. Lo había conquistado, dirigido cada gemido, cada corrida. Él sucumbió por completo. Yo, reina absoluta. Nadie lo sabrá, pero fue mío al 100%. Qué subidón.