Cómo Tomé el Control Total de Mi Detective Privado y lo Hice Sucumbir

Estaba en mi ático en el centro de Madrid, mordisqueando una hamburguesa en la terraza. Joder, qué rabia, se me cayó kétchup en los vaqueros, justo ahí abajo… parecía una mancha de algo peor. Sonó el móvil, la melodía de una serie antigua. Contesté con mi voz más suave, seductora. ‘Don Booth, detective privado’. Le dije que necesitaba verlo ya, una asunto serio con mi hija Sandra, que andaba perdida por bares chungos como el Titti’s. ‘Estoy libre, cuando quieras, donde quieras…’, respondió él. Sonreí. ‘No es un polvo rápido… eso será después’. Le di mi dirección, en la zona pija de Salamanca. Mi instinto me decía que este tío caería rendido.

Subió a su viejo coche y llegó a mi palacio moderno, con jardín enorme. Yo, con mis curvas generosas, 50 tacos pero en forma, esperándolo en el salón. Abrí la puerta con kimono suelto, dejando ver mi déshabillé de seda. Él, con esa mancha ridícula, me miró… decepción en sus ojos. ‘No esperaba a alguien como tú’, dijo escaneándome. ‘Y yo a ti tampoco, pero siéntate, te cuento’. Le serví whisky, me acerqué tanto que mi muslo rozó el suyo. Olía a hombre, a aventura. Mi mano subió por su pierna, lenta. Él se tensó. ‘Mañana a las 10, ven a informarme. Mi marido no estará… y duplico honorarios’. Sus ojos brillaron. Ya era mío. Dicté las reglas: ‘Aquí mando yo, ¿entendido? Vendrás cuando yo diga, harás lo que yo pida. Sandra sale con góticas en el Titti’s, encuéntrala. Pero primero… relájate’. Agarré sus huevos por encima del pantalón, apreté suave. Gimió. ‘Sí, jefa…’.

La Tensión que Me Hizo Decidir: Él Será Mío

Al día siguiente, entró nervioso. Yo recién levantada, kimono abierto, tetas pesadas al aire, coño ya húmedo oliendo a deseo. ‘Nada ayer en el bar, pero seguiré’, balbuceó. ‘Bien, Don… llámame Alexandra’. Reí, ronca. Mi mano potelée en su polla, que ya estaba dura como piedra. ‘Quítate todo’. Obedeció, tieso. Yo me tiré en el sofá, piernas abiertas, labios hinchados brillando. ‘Ahora, chúpame el coño hasta que me corra’. Se arrodilló, cara entre mis muslos gruesos. Lamía torpe al principio, lengua en mi raja empapada. ‘Más adentro, joder, chupa el clítoris grande’. Gemí fuerte, mis jugos le chorreaban por la barbilla, hilos viscosos nos unían. Olía a sexo puro, salado, mi olor fuerte invadiéndolo. Moví caderas, follándole la boca. ‘¡Sí, así!’. Espasmos, grité, squirté como loca, chorros calientes en su garganta. Él tosió, sorprendido. ‘Nunca habías visto un squirt así, ¿eh?’. Le besé, metiendo lengua con mi propio sabor.

El Acto Brutal Bajo Mis Órdenes

‘Ahora fóllame, pero yo controlo’. Me abrí más, él sacó la polla tiesa, gorda. Entró fácil, como en mantequilla, mi coño tragándosela. Cerré piernas alrededor de su cintura, músculos vaginales apretando fuerte. No se movía él, yo sí: subía y bajaba pelvis, frotando clítoris contra su pubis. ‘¡No te corras hasta que yo diga!’. Sudaba, gruñía. Mis tetas rebotaban contra su pecho, vientre blando contra el suyo. ‘Más rápido, cabrón’. Otro orgasmo me sacudió, más squirt, empapando sus huevos, muslos pegajosos. ‘¡Ahora, córrete dentro!’. Él explotó, semen caliente llenándome, gritando. Me retiré, hilos de corrida y mis jugos colgando. ‘Límpiate y vete a buscar a Sandra. Mañana más’. Me puse el kimono, sin limpiarme, coño goteando.

Me quedé ahí, poderosa, piel erizada. Lo había usado como un juguete, él rendido a mis deseos. Adrenalina pura, viendo cómo sucumbía. Encontró a Sandra en el cine, follándose a su novia, pero eso ya era bonus. Poder total, placer mío primero. Joder, qué vicio ser yo la que manda.

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