Acababa de salir de la cocina, con el sabor de los coños de las chicas aún en la lengua. Eau, Commis, Chef… todas jadeando bajo mis dedos inexpertos pero ansiosos. Me sentía poderosa, joder. El sol se ponía en el barco, el aire salado me erizaba la piel. Y entonces lo vi: Damien, Bouc Émissaire, solo en la proa, mirando el mar con esa cara de frustración que no engañaba a nadie.
Me acerqué despacio, mis caderas balanceándose. Él se giró, sonrió ese sonrisa switch que me ponía cachonda. ‘Sophia, ¿sigues dando guerra?’, dijo, voz ronca. Yo me paré frente a él, tan cerca que sentía su calor. ‘Escucha, Damien… sé lo que quieres. Ser dominado como una mujer. Atado, torturado, usado en todos los agujeros’. Él tragó saliva, ojos brillantes. ‘¿Y tú qué sabes de eso?’
La Tensión que Me Hizo Decidir
Le puse un dedo en los labios. ‘Cállate. Esta noche, en mi cabina. Vendrás. Desnudo. A cuatro patas. Yo decido todo’. Dudó un segundo, pero vi cómo su polla se endurecía bajo los pantalones. ‘¿Y si digo que no?’, murmuró. Reí bajito, le apreté las bolas por encima de la tela. ‘Dirás que sí. Porque estás harto de ser el bouc. Ahora serás mi puta’. Se le cortó la respiración. La tensión subía, el corazón me latía fuerte. Él asintió, mudo. ‘Ve. Prepárate. No me hagas esperar’.
Entró en mi cabina temblando, desnudo como pedí. La luz tenue del barco lo hacía parecer vulnerable, polla tiesa goteando ya. ‘A cuatro patas, puta. Manos atrás’. Obedeció, rodillas en el suelo, culo al aire. Saqué las cuerdas de mi kit –aprendí rápido con Cordes en mente–. Le até las muñecas a los tobillos, expuesto total. ‘Cierra los ojos. Imagina que eres una sumisa. Mi sumisa’. Gemí al ver su culo blanco, el agujero rosado palpitando.
Empecé suave, uñas arañando su espalda. ‘¿Quieres dolor como las chicas?’, susurré. ‘Sí… por favor’, rogó. Le di una nalgada fuerte, roja al instante. ‘¡Más!’, suplicó. Le metí dos dedos en la boca. ‘Chupa. Lubrícalos para tu culo’. Los chupó como una perra, babeando. Luego, directo a su ojete, uno… dos dedos. ‘¡Joder, qué apretado! Relájate, puta’. Él jadeaba, polla goteando en el suelo. Le até las bolas con cuerda fina, tirando para que doliera dulce.
El Acto Brutal Bajo Mi Poder
‘Ahora, mi turno de follarte’. Me quité las bragas, coño chorreando. Me senté en su cara. ‘Lame. Hazme correrme primero’. Su lengua entró ansiosa, lamiendo clítoris, labios, dentro. ‘¡Así, cabrón! Más profundo’. Me corrí gritando, empapándolo. Luego, guantes puestos, lubricante. Agarré un plug grande. ‘Esto entra. Para ti’. Lo empujé lento, él gritó: ‘¡Duele… pero sigue!’. Lo giré, follándolo mientras le pajero la polla dura. ‘No corras aún. Aguanta’.
Lo desaté un poco, lo puse boca arriba, piernas abiertas. Monté su cara otra vez, pero ahora con el plug vibrando en su culo. ‘Mírame mientras te follo la boca’. Le metí mi strap-on –robalado del kit del capitán–. ‘Traga, puta. Como yo trago pollas’. Empujé, garganta profunda, él ahogándose pero duro como piedra. Cambié: lo puse a cuatro otra vez, strap-on en su culo. ‘¡Toma, zorra! Mi polla te parte’. Follando fuerte, nalgadas, pellizcos en pezones. Él gemía: ‘¡Soy tuyo! ¡Fóllame más!’.
Lo hice correrme al final, ordeñando su polla con la mano mientras el strap lo reventaba. Chorros calientes en mi palma. ‘Límpialo con la lengua’. Lo hizo, sumiso total. Me quité todo, lo abracé. Sudor, semen, coño mojado… olía a sexo puro.
Después, él jadeando en mis brazos: ‘Nunca… así. Gracias’. Yo sonreí, poder corriendo por mis venas. Lo había conquistado, dirigido cada gemido, cada corrida. Adrenalina pura, él rendido a mis pies. Justo lo que quería. Mi puta, por una noche. Y volvería por más.