Tenía 26 años, animadora en un campamento para adolescentes en Corrèze, Francia. Un sitio perdido, salvaje, perfecto para soltarme. Yo organizaba todo, tenía el mando. Mi equipo: Nathalie, flaca y borde, y Pablo, el chico nuevo. Moreno, gafas grandes, aire de no haber roto un plato. Delgadito, pero con un culo prieto que me ponía cachonda desde el primer día. Parecía un virgen total, siempre ‘sí, jefa’ por aquí, ‘como tú digas’ por allá. Me irritaba y me excitaba a partes iguales.
Montamos las tiendas bajo el sol agobiante. Sudor por todos lados, olor a tierra húmeda. Pablo sudaba, su camiseta pegada al pecho flaco. Lo pillé mirándome las tetas, disimulado. Sonreí para mí. Esa noche en la tienda-cocina, yo en medio, ellas a los lados. Se cambiaban en los baños, yo me quedé en boxers y camiseta. Sandrine… digo, Nathalie roncaba ya. Pablo se metió en su saco, tenso. Sentí su calor a un lado. ‘Buenas noches, jefe’, murmuró. ‘Cállate y duerme’, le solté, pero ya tramaba.
La tensión que me hizo decidir: él sería mío
Pasaron tres días. Los chavales contentos, ellas se apañaban bien. Pero Pablo… empecé a verlo diferente. Sus pantalones ajustados marcaban paquete. Me mojaba pensando en dominarlo, en romperle esa fachada de niño bueno. Esa mañana, briefing: ‘Mañana cedo, a por setas al bosque’. Pablo saltó: ‘¿Puedo ir contigo?’. Perfecto. ‘Vale, pero obedece’. Sus ojos brillaron, nervioso.
A las siete, apareció en boxers negros ajustados y jersey beige que le marcaba el pecho. Joder, qué duro se me ponía el coño. Caminamos por el bosque, hojas crujiendo, aire fresco. Lo miraba de reojo, su culo rebotando. Bandera en mis bragas. ‘Hace calor, ¿no?’, dije, parando en una roca. Se sentó cerca, sudado. ‘Pablo, sé dónde hay un champiñón grande, rosado’. Se sonrojó. ‘¿En serio?’. Me acerqué, voz baja: ‘Muéstramelo tú primero’. Titubeó, pero bajé su cremallera. Su polla saltó, dura, gorda. ‘Joder, qué rica’, agarré y chupé. Gemí con su sabor salado. Él jadeaba: ‘Pero… jefe…’. ‘Cállate, yo mando’. Lo tragué entero, lengua girando. No duró: ‘Me corro…’. Le llené la boca de leche, tragué todo, lamiendo restos. Volvimos mudos. Día normal, pero sus miradas… de perrito.
El sexo brutal donde yo mandaba en cada embestida
Noche. Media hora, su mano en mi saco. No, yo la metí en el suyo. Dura al instante. ‘Quieta’, susurré. Saqué su verga, la mamé bajo el saco. Dedos en su culo, lo abrí. Gemía bajito. ‘Ven a los baños si quieres más’, le ordené. Fui primero. Entró, en pantalón gris ajustado y jersey blanco. Lo besé duro, lengua dentro. ‘Hoy te follo el culo. Desnúdate’. Temblaba: ‘Nunca…’. ‘Yo sí quiero. Siéntate’. Me quité el pantalón, culazo al aire. Lo lamí su ano, saliva chorreando. ‘Pídemelo’. ‘Fóllame el culo, por favor…’. Me senté despacio en su polla. Dolor rico, estirándome. ‘Aaaah… joder, qué prieto’. Bajé entera, sentándome fuerte. Sus huevos contra mí. Moví caderas, cabalgándolo. ‘Más hondo, cabrón’. Gime: ‘Me rompes…’. Aceleré, tetas botando, ano apretando su tronco. ‘Dime que soy tu puta jefa’. ‘¡Sí, fóllame más!’. Clavé uñas en sus hombros, rebotando salvaje. Sentí su leche subir. ‘Córrete dentro, lléname’. Él gritó ahogado, chorros calientes en mis tripas. Yo exploté, coño chorreando sin tocarlo.
Salimos sudados, besos suaves. Volvimos sigilosos. Esa noche, poder total. Lo había conquistado, roto, hecho mío. Cada vez que lo miro post coito, sumiso, sonrío. Adrenalina pura, él sucumbió a mis reglas. Quería su culo, su sumisión, y lo tuve. Poder absoluto.