Era un verano jodidamente caliente en los Alpes. Mi marido y yo, como cada año, nos escapamos a una estación pequeñita para caminar y desconectar. Salimos temprano del hotel, mochilas al hombro, mapa en mano. Caminamos sin prisa, disfrutando las vistas: picos nevados, prados verdes, aire fresco que te eriza la piel.
Llegamos al mediodía a un riachuelo cristalino, perfecto para el picnic. Extendimos la manta, comimos ligero: queso, pan, algo de vino. El sol pegaba fuerte, así que mi marido se quitó la camiseta, quedando torso desnudo. Mmm… su pecho sudado, músculos tensos por la caminata. Me acerqué, mis dedos rozando su piel caliente. ‘¿Te gusta?’, le susurré, arañando suave sus pezones. Se endurecieron al instante. Los pellizqué, tiré un poco… sé que eso lo vuelve loco. Su polla se marcó dura en el short, una jodida tienda de campaña.
La decisión que encendió todo
Bajé la mano, abrí la cremallera despacio. ‘Shh, relájate’, le dije, sacando esa verga gruesa, palpitante. La apreté, subí y bajé lenta, lamiéndole los pezones. Él gemía bajito, ojos cerrados. Entonces… lo vi. Un tío a unos metros, escondido tras unas rocas, polla en mano, pajeándose furioso mirándonos. Mi coño se mojó al segundo. Adrenalina pura. En vez de parar, sonreí. ‘Mira quién nos observa’, le murmuré al oído a mi marido. Él abrió los ojos, se tensó. ‘¡Joder, vámonos!’ Pero yo lo sujeté. ‘Ni se te ocurra. Quédate quieto. Esto va a ser mío’.
Le hice una señal al desconocido: ven. Él dudó, pero siguió acercándose, polla tiesa, unos treinta años, flaco pero bien dotado, verga recta y gorda. Se paró frente a nosotros, sin dejar de pajearse. Mi marido me miró, excitado y nervioso. ‘Quiero dos pollas hoy. Tú miras y obedeces’, le ordené. Me puse a cuatro patas, tragué la polla de mi marido hasta la garganta, chupando fuerte, saliva goteando. Él rugió de placer. Miré al nuevo: ‘Tú, dame la tuya’. Sin palabras, la engullí, lengua girando en el glande, bolas en la mano, apretando.
El clímax brutal y mi poder total
‘¿Te gusta verme chupar polla ajena?’, le pregunté a mi marido, escupiendo esa verga para masturbarla. Él asintió, babeando. ‘Acércate, mira bien’. Lo puse a centímetros: mi lengua lamiendo la hampe, subiendo y bajando, venas hinchadas. Luego, empujé la cabeza de mi marido: ‘Chúpala. Ahora’. Él resistió un segundo… pero cedió. Labios abiertos, glande dentro. Yo la meneaba, metiéndosela más. ‘Así, cabrón, chupa como puta. Te encanta, ¿verdad?’. Mi mano en su nuca, control total. La otra en su polla, pajeándolo rápido, pellizcándole pezones.
‘Mira cómo te follo la boca con esta polla’, le susurré obsceno. El desconocido gemía, cabeza echada atrás. ‘¡Me corro!’, avisó. ‘Trágatelo todo’, ordené a mi marido, bloqueándole la nuca. Leche caliente le llenó la boca, garganta. Él se ahogó un poco, pero yo no solté. Eso lo volvió loco: su polla explotó en mi mano, chorros blancos en la manta. Le besé, lenguas revueltas con ese semen salado, dulce.
Nos separamos del tío, que se fue sonriendo. Bajamos contentos al hotel. Mi coño aún palpitaba, insatisfecha del todo. ‘Esta noche te follo yo a ti hasta que supliques’, le prometí. Me sentía diosa. Poder absoluto: los había conquistado, dirigido cada gemido, cada corrida. Esa adrenalina… inolvidable. Nadie me para cuando quiero algo.