Cómo Tomé el Control Total con el Mozo de la Posada

Venía en diligencia desde los arrabales de Madrid, rumbo a la casa de mis primas en el campo. El traqueteo me mecía, olía a hierba caliente y libertad. Tenía 19, pelirroja, curvas firmes, y un fuego dentro que mi madre no entendía. Parada en la posada de Arteñay para la noche. Cena ligera: sopa, pescado fresco, vino tinto que me calentó la sangre. Subí a la habitación, cansada pero cachonda.

Me quité la ropa despacio. Espejo al lado del catre: tetas lechosas, pezones rosados duros, mi mata rusa señalando el coño húmedo. Me giré, vi mi culo redondo, freckles por todos lados. Pensé en el cochero de antes, babeando. Mi mano bajó sola, dedos rozando el clítoris, resbaladizo. Mmm, justo lo que necesitaba antes de dormir.

La Decisión de Dominar al Voyeur

¡Crac! Ruido en la pared. Agarré la sábana, me acerqué. Rendija en el tabique: un mozo joven, guapo, ojos abiertos como platos. Se escondía en un cuartucho. Sonreí. En vez de chillar, le hice ‘ven aquí’ con el dedo. Volvió, obediente. Mi coño palpitó. Este chaval era mío ahora. Dejé caer la sábana, pose de reina. Me tumbé en la cama, piernas abiertas hacia él. ‘Mira bien, pequeño’, murmuré.

Empecé despacio. Dedos en la boca, saliva, luego al coño. Entraban fáciles, chorreando. Gemí bajito, vi su cara roja, polla abultando los pantalones. Aceleré, frotando el clítoris, tetas botando. Él jadeaba al otro lado. Paré en lo alto, ojos cerrados, disfrutando el poder. Golpecito en la madera. Abrí los ojos. Otro golpecito. ‘¿Qué quieres?’, susurré.

Intentaba algo. Silencio, luego ruido de madera. ¡Joder! Sacó una tabla, metió la cabeza. ¡Pum! Cojín en la cara. Se atragantó, cuello atascado. ‘¡Shh! No grites, idiota’, le dije, temblando de risa y miedo. Me acerqué desnuda, manos en caderas. ‘Quédate quieto o te dejo ahí’. Tiré, lo saqué. Cabeza fuera, pero… ¡su polla! Dura, gorda, vena latiendo, huevos rosados colgando. Primera vez de verdad. Reí. ‘Vaya verga, chaval’.

El Clímax Brutal Bajo Mi Mando

Él sonrió, culpable. ‘Perdón, señorita…’. ‘Cállate’. Me acerqué más. Mano caliente en su tronco caliente, piel suave. La apreté ligera, subí y bajé. Él gimió. ‘¿Te gusta?’. Soplo en el capullo, morado y brillante. Labios rozando, lengua lamiendo precum salado, musgoso. La chupé hondo, garganta apretando. Slurp, slurp. Él se mordía el labio, ‘¡Ay, Dios!’. La saqué, brillando de mi saliva.

No le di todo. Giré, culo contra el agujero. Coño mojado rozando su polla. ‘No entres, solo frota’. Deslicé el glande por mis labios mayores, chorreando jugos. Contra el clítoris, duro. ‘Así, cabrón’. Vaivenes lentos, mi coño tragándolo a medias, saliendo. Él empujaba, desesperado. ‘¡Por favor!’. ‘¡No! Tú te corres cuando yo diga’. Aceleré, polla resbalando en mi raja, bolas golpeando mi culo. Olor a sexo fuerte, sudor.

¡Bum! Explotó. Chorros calientes en mi coño, crema blanca goteando por muslos. Gemí victoriosa, frotando más para ordeñarlo todo. ‘Buen chico’. Me limpié con dedos, probé el mix salado-dulce. Él jadeaba, acabado. Volvió a su lado, tabla en sitio. Yo a la cama, piel fresca, olor a lavanda y semen entre piernas. Dormí como reina.

Al amanecer, cesta con dulces y nota: ‘A sus órdenes siempre’. Sonreí en la diligencia. Lo había tenido a mis pies, sin dar mi virginidad. Poder puro, coño latiendo aún. Quería más conquistas.

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