Tomé el Control en la Parroquia: Mi Noche Dominando al Cura y al Obispo

Ayer en la parroquia de Gnancucu, con el obispo de visita, sentí el aire cargado. Yo, María, la viuda del alcalde, servienta del cura joven Alfonso. Él, alto, viril, con esa mirada que me ponía el coño a hervir desde el primer día. Y el obispo, mayor, pero con ojos de lobo hambriento. Cenamos fricassé de cerdo, espinacas con tocino, vino de misa que me dejó la cabeza ligera. Los veía a los dos, tensos, hablando de penitencias. Yo… decidí que esa noche serían míos. ‘Excelencia’, le dije al obispo, mirándolo fijo, ‘hace frío. Yo te calentaré la cama. Pero a mi manera’. Alfonso tragó saliva. El obispo sonrió, ‘¿Tu manera, hija?’. ‘Sí. Tú obedeces. Nada de prisas. Y Alfonso… vendrá cuando yo diga’. Sentí la adrenalina subir, el coño ya mojado, palpitando. Ellos, hipnotizados. ‘Desnúdate primero’, les ordené. ‘Quiero veros duros por mí’. El obispo se quitó la sotana, su polla semi tiesa, gorda. Alfonso, más joven, ya la tenía en punta. ‘Buena chica’, murmuré, tocándome el pecho. La tensión era eléctrica. Yo dictaba: ‘Al baño. Os lavaré yo’. Los llevé, agua caliente, jabón. Les froté el pecho, bajé… lento.

En la cama del cura, yo al mando. ‘Tú primero, Excelencia. De rodillas. Chúpame el coño’. Me abrí de piernas, mi raja depilada, hinchada de ganas. Su barba raspaba mis muslos, lengua torpe pero ansiosa. ‘Más adentro, joder… así’. Gemí, agarrándole la cabeza. ‘Ahora tu turno de polla’. Se la metí en la boca, profunda, la chupé hasta las bolas, saliva goteando. ‘No corras aún, cabrón’. Estaba tiesa, venosa. Lo monté, coño apretado tragándosela entera. ‘¡Fóllame tú abajo!’. Reboté, tetas saltando, clítoris rozando su pubis. ‘¡Más rápido!’. Él jadeaba, ‘¡Mon Dieu…!’. Orgasmos míos primero, dos seguidos, chorros mojando las sábanas. Llamé a Alfonso: ‘¡Ven, chulo! Métemela por el culo mientras él me folla el coño’. Doble penetración. Alfonso escupió en mi ano, empujó suave… luego fuerte. ‘¡Despacio al principio, luego rómpeme!’. Gritaba, ‘¡Sí, pollas mías!’. El obispo debajo, Alfonso atrás, ritmos perfectos bajo mis órdenes. ‘Cambiad… ahora invierto’. Me puse a cuatro, obispo en culo –apretado, virgen para él–, Alfonso en boca. Sudor, olor a sexo, bolas chocando. ‘¡Córrete en mi culo, obispo!’. Él explotó, leche caliente llenándome. Alfonso aguantó, lo monté de nuevo, ordeñándolo hasta vaciarle las huevos. Tres orgasmos más míos, piernas temblando, coño en llamas.

La Tensión que Me Hizo Tomar las Riendas

Después, exhaustos ellos, yo radiante. ‘Habéis sido buenos chicos’. Los besé, leche en mi lengua compartida. Sentí el poder puro: los había conquistado, dirigido cada gemido, cada corrida. Alfonso murmuró, ‘Eres una diosa’. El obispo, rendido, ‘Penitencia deliciosa’. Yo sonreí, sabiendo que grabé todo con la cámara oculta de mi difunto marido. Ahora tengo el control total. Si hay embarazo, el obispo pagará. Me dormí entre ellos, satisfecha, poderosa. Mañana, más. Ellos sucumben a mí. Siempre.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to Top