Conocía a Pablo desde la maternidad de Landernau. Nuestras madres nos empujaban juntos en los cochecitos, riendo de lo monos que éramos. Él, con esa mirada tímida, yo siempre la que mandaba en los juegos. Crecimos, se casó con una sosa, vida de rutina, cenas silenciosas los jueves. Yo, libre, saltando de cama en cama, adorando esa rush de la conquista.
La semana pasada, fiesta en casa de Paul y Eloísa. Música alta, olor a cerveza y sudor. Lo vi ahí, en una esquina, bebiendo solo. Su mujer no vino, ‘dolor de cabeza’. Ja. Me acerqué, roce de cadera contra la suya. ‘Pablo… ¿sigues igual de aburrido?’, le susurré al oído, mi aliento caliente en su cuello. Se puso rojo, tartamudeó: ‘Eh… María, ¿qué haces?’. Sonreí, le clavé los ojos. ‘Ven conmigo. Ahora’. Lo tomé de la mano, lo arrastré al baño del fondo. Cerré la puerta, clic del pestillo. ‘Aquí mando yo. Quítate la camisa’. Dudó, pero obedeció. Sus manos temblaban. Mi coño ya palpitaba, húmedo. Le besé duro, mordí su labio. ‘No toques aún. Mira cómo me mojo por ti’. Me subí la falda, mostré mis bragas empapadas. ‘Hoy eres mío. Harás lo que diga, o te dejo con la polla dura y sola’. Asintió, jadeando.
La Tensión que Me Hizo Decidir
Lo empujé contra la pared fría. ‘De rodillas’. Se arrodilló, torpe. Le bajé las bragas, mi coño a centímetros de su cara, olor almizclado, jugos goteando. ‘Chúpame. Lengua adentro, cabrón’. Lamía ansioso, torpe al principio, pero yo guiaba: ‘Más fuerte, chupa el clítoris… sí, así’. Gemí bajito, mis caderas moviéndose contra su boca. Saliva por todas partes, su nariz frotando mi pubis. ‘Para’. Me aparté, lo puse de pie. Le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó, dura, venosa, goteando precum. ‘Qué rica… pero yo decido’. Lo giré, manos en la pared. Escupí en mi mano, lubricando mi coño. Me coloqué detrás, pero no… lo monté de frente. Lo senté en el váter, yo encima. ‘Abre las piernas’. Me empalé en su polla de golpe, ahhh… gruesa, llenándome hasta el fondo. Cabalgué salvaje, tetas rebotando, uñas en su pecho. ‘No te corras aún, resiste’. Él gemía: ‘María… no aguanto…’. ‘¡Cállate y fóllame como te digo!’. Cambié, perrito contra el lavabo, mi culo alto. ‘Métemela profunda, golpéame’. Entró duro, cachetazos de carne, mis jugos chorreando por sus huevos. Sudor por todos lados, espejo empañado. Lo apreté con mi coño, ordeñándolo. ‘Ahora, fóllame el culo’. Escupió, empujó lento… duele rico, estirándome. ‘¡Más rápido, joder!’. Bombeaba frenético, mis gritos ahogados. Lo volteé, lo chupé: polla con mi sabor, bolas en mi boca. ‘Trágatela toda’. Garganta profunda, babeando.
Al final, lo puse boca arriba en el suelo frío. Montada a lo amazona, control total. ‘Córrete dentro, lléname’. Eyaculó como loco, chorros calientes inundándome, mi orgasmo explotando, piernas temblando. Me quedé ahí, su polla aún dentro, palpitando. Bajé, besé su frente sudada. ‘Buen chico. Ahora vete con tu mujercita, pero recuerda: la próxima, mando yo otra vez’. Se fue tambaleando, yo sonriendo al espejo, coño goteando semen. Esa poder, esa sumisión en sus ojos… me corro solo de pensarlo. Adrenalina pura, él sucumbió total. Yo, siempre al mando, siempre victoriosa.