Estábamos en casa, cenando con Xavier. Mi marido Rupert había salido a dar una vuelta al parque, un poco achispado por el vino. Yo, Sido, con mi falda ajustada y esa blusa que apenas contenía mis tetas grandes. Miraba a Xavier… sus ojos en mis curvas. Sentí esa adrenalina, el calor subiendo por mi coño. ‘Hoy mando yo’, pensé. No más espera. Me levanté, lenta. ‘Xavier, ven aquí. Quiero que veas algo’. Él dudó, pero se acercó. Mi voz firme, segura. Le puse la mano en el hombro, lo atraje. ‘Mira mi falda… ¿ves cómo marca mi culo? Nadie me toca sin mi permiso’. Sonreí, dominante. Desabroché dos botones de la blusa. Mis tetas asomaron, el sujetador balconet las sostenía altas. ‘¿Quieres ver más? Pídemelo bien’. Él tragó saliva. ‘Sido… por favor’. Reí bajito. ‘No. Tú esperas. Yo decido’. Subí la falda hasta la cintura. Mis medias, el liguero… pero la braga blanca, simple. ‘Esto no va. Ayúdame a arreglarlo’. Lo obligué a arrodillarse. ‘Desata el liguero. Despacio’. Sus dedos temblaban en mi piel caliente. Olía a mi excitación ya, ese aroma salado de marisma. ‘Ahora, quítame la braga. Pero no toques mi coño todavía’. La bajé yo misma, mi mata de pelo negro y espesa al aire. Pubis hinchado, labios ya húmedos. ‘Ahora lame. Pero como yo diga’. Él obedeció, lengua en mis labios mayores. ‘Más adentro… chupa mi clítoris’. Gemí, agarrando su pelo. Control total. Rupert volvería pronto, pero esto era mío primero.
Lo empujé al sofá. ‘Quítate los pantalones. Muéstrame esa polla’. Se la sacó, dura, venosa. La miré, lamiéndome los labios. ‘Ahora fóllame. Pero yo arriba’. Me subí a horcajadas, froté mi coño peludo contra su verga. Mojada, resbaladiza. ‘Siente mi calor… mi lefa untándote’. Bajé despacio, su glande abriendo mis labios. ‘¡Joder, qué gruesa!’. Me empalé entera, hasta las bolas contra mi culo. Empecé a cabalgar, fuerte. Tetas botando, sudor perlando mi piel. ‘¡Fóllame el coño! No pares’. Él gemía, manos en mis caderas, pero yo mandaba el ritmo. Rápido, lento… ‘¡Más hondo!’. Mi clítoris rozando su pubis, mi pelo rozando sus huevos. Olía a sexo crudo, a coño chorreante. ‘Date la vuelta. Quiero tu culo arriba’. Lo puse a cuatro patas. Escupí en su ano, metí un dedo. ‘¡Relájate!’. Agarré su polla por detrás, la metí en mi coño de nuevo. Pistoneé, mis nalgas chocando contra él. ‘¡Cógeme más fuerte!’. Gemidos roncos, sudados. Sentí el orgasmo subiendo. ‘¡No corras aún, cabrón!’. Frené, lo volteé. ‘Chúpame las tetas’. Mordí sus pezones mientras montaba de nuevo. Mi coño apretando su polla como un puño. ‘¡Me vengo!’. Explosé, jugos empapándolo todo. Él gruñó. ‘¡Ahora sí, córrete dentro!’. Su leche caliente llenándome, goteando por mis muslos peludos.
La Tensión que Me Hizo Decidir
Me aparté, jadeante. Su polla flácida, mi coño satisfecho, palpitante. Lo miré, poderosa. ‘Esto fue mío. Todo como quise’. Rupert entraría pronto, y lo haríamos los tres. Pero yo había conquistado primero. Esa sensación… invencible. Mi cuerpo brillando de sudor y semen, mi mata desordenada. ‘Límpialo con la lengua’. Él lo hizo, sumiso. Sonreí. Poder puro. Justo lo que quería.