Hace calor de julio, ese que te pega a la piel como un amante pegajoso. Pablo está de viaje por trabajo, una semana en Alemania. Invito a Carlos, su mejor amigo del curro en la empresa de informática. Siempre en misiones juntos, se conocen de toda la vida. Llego a casa sudada, pero él… uf, llega hecho un desastre, camisa pegada al pecho, pantalón marcando todo.
—Pasa, anda, estás hecho mierda —le digo abriendo la puerta con mi vestidito corto, ligero, sin nada debajo. Se le notan los ojos clavados en mis piernas. Sonrío por dentro. Vamos a la terraza, bajo la pérgola. Le sirvo un vino blanco frío.
La Decisión que Cambió Todo: Tension y Dominio
Miro su camisa chorreando sudor. —Ve a ducharte, Carlos. Pablo y tú vais igual de altos. Te busco ropa.
Entra al baño, oigo el agua. Me imagino su polla endureciéndose bajo el chorro fresco. Yo… me mojo solo de pensarlo. Le dejo un pantalón de lino y una camisa en mi cama. Cuando sale con el albornoz, huele a mi gel, ese dulce y almizclado.
—Ropa en la cama —murmuro. Va, se viste. Sale con el pantalón sin calzoncillos, se nota el bulto. Nos sentamos frente a frente. Hablamos de Pablo, de su celos crecientes. Cada vez que un tío me mira, se pone como un toro.
—Eres preciosa, Beatriz, no le culpo —dice, y se sonroja. Ahí está. La chispa. Me levanto despacio, voy hacia él. Le pongo una mano en el muslo. —Shhh… hoy mando yo, Carlos. Vas a ser mío esta tarde. No preguntes, solo obedece.
Siento su polla saltar bajo la tela. Le miro fijo. —Quítate la camisa. Lentito. Sí… ahora el pantalón. Mmm, mira qué polla tan dura ya. No la toques. Eso lo hago yo.
Me arrodillo un segundo, solo para olerlo. Pero no, yo controlo. Le empujo al sillón. —Abre las piernas. Voy a probarte.
La tensión me recorre la piel. Su respiración acelera, jadea bajito. Le acaricio los huevos, pesados, llenos. Mi boca se acerca al glande, hinchado, brillante. Lo lamo despacio, saliva chorreando. —No corras, eh… resiste.
El Placer Brutal Bajo Mi Mando: Detalles Sin Filtros
Ahora sí, el acto. Me quito el vestido de un tirón. Mis tetas saltan libres, pezones duros. Mi coño rasurado brilla de jugos. —Siéntate bien. Voy a cabalgarte como una puta reina.
Me monto a horcajadas, froto mi coño contra su polla. Deslizo la cabeza por mis labios húmedos… y ¡zas! Me empalo de golpe. —¡Joder, qué gruesa! —gimo. Empiezo a moverme, lento al principio. Arriba y abajo, mis caderas girando. Él intenta agarrarme las tetas, pero le clavo las uñas. —¡No! Tú miras y sientes. Yo decido el ritmo.
Acelero. Mi clítoris roza su pubis, chispas de placer. —¡Fóllame con la mirada, cabrón! Siento tu polla palpitar dentro. Le chupo un pezón, muerdo suave. Cambio: me pongo de espaldas, cuclillas. Así entra más hondo, me revienta el coño. Golpes secos, sudor mezclado. —¡Más adentro, joder! Mis jugos chorrean por sus huevos.
Le meto un dedo en el culo mientras cabalgo. Se tensa, gime como loco. —¡Vas a correrte cuando yo diga! Mi orgasmo sube, coño apretando su verga. Temblores me sacuden, grito: —¡Ahora, lléname la polla!
Él explota, leche caliente inundándome. Me corro con él, olas brutales. Me quedo encima, su polla aún dura dentro, palpitando.
Bajo despacio, jugos y semen goteando por mis muslos. Le miro, jadeante, roto. —Has sido bueno, Carlos. Pablo nunca sabrá… pero yo sí que mandé aquí.
Me siento poderosa, invencible. Esa adrenalina de conquista, de verlo sucumbir… uf, quiero más. Me visto, le doy un beso en la polla flácida. —Vete ahora. Y recuerda: fue mío todo el tiempo.