Estábamos en mi casa en Niza, yo recién llegada de la compra. Tres jóvenes tirados en los sofás: mi sobrina Virginie, su amiga Geneviève y ese Paul, el nuevo. 25 años, alto, moreno, con ojos que no paraban de mirarme. ‘¿En forma, niños?’, les dije con mi voz fuerte, tendiendo la mano a Paul. ‘Ehh, sí, hola señora’, balbuceó él rojo como un tomate. ‘¡Nada de señora! Taty me llaman todos’. Me reí, vi su confusión. Virginie me había avisado: no le gusta que la traten de vieja.
Fui a la cocina, sandalias de madera roja clac-clac en el suelo de mármol. Él se levantó, educado, a ayudar. ‘Pon la mesa, Paul’. Lo seguí con la mirada mientras colocaba platos. Mi vestido ligero se pegaba a mi piel bronceada, pechos firmes marcándose. Él me devoraba los pies, las tiras rojas en mis dedos finos. Sentí el cosquilleo. Ese chico era mío. Decidí: lo conquistaría yo, lo haría caer.
La tensión que me encendió y mi decisión
Apéritif. Bourbon en mano, crucé las piernas. Clac, la sandalia bailando en mi pie. Sus ojos fijos ahí, hipnotizado. Virginie hablaba, pero él… perdido. ‘¿No crees, Paul?’, insistió ella. ‘Ehh, sí… claro’. Sonreí para mí. Más tarde, playa. Nadamos hasta la boya. Él fuerte, pero yo gané la carrera al pontón. ‘Gage perdedor’, dije jadeando, agua salada en labios. Me acerqué, susurro: ‘Bésame, tonto’. Nuestros labios chocaron, salados, lenguas frías. Se hundió conmigo, pero yo subí riendo. Su polla dura bajo el bañador, lo vi. ‘No insistas’, le corté el rollo. Adrenalina pura. Él era presa.
Noche. Cocina otra vez. Salopette fina, maillot rayado debajo, sandalias rojas. Clac-clac moviéndome. Él no apartaba vista del suelo. La sandale cayó. ‘Paul, recógela’. Voz calma, mandona. Se arrodilló, la deslizó en mi pie despacio, tocando piel. Nuestros ojos se clavaron. ‘Gracias’, murmuré bajo. Sentí su temblor. ‘Prueba el vino’, le dije, girando el vaso. Él bebía mis pies, mis caderas. Decidí: esta noche mando yo. ‘Quítate la camisa’, le ordené suave pero firme. Dudó. ‘Hazlo’. Obedeció. Reglas claras: yo digo, tú haces.
El sexo brutal donde yo mandaba
Lo llevé a mi habitación. Puerta cerrada. ‘Quítate todo’. Polla tiesa saltando, gorda, venosa. Me quité el tablier, desnuda solo sandalias. ‘Mírame. No toques aún’. Di media vuelta, culo firme, espalda arqueada. Él gimiendo ya. ‘Arrodíllate’. Lamía mis pies, dedos en boca, lengua entre tiras. ‘Chupa bien, cabrón’. Gemí bajito, coño húmedo. Lo tiré al suelo. ‘Abre la boca’. Me senté en su cara, coño en labios. ‘Lame, despacio’. Lengua en clítoris, labios grandes chupados. Yo movía caderas, control total. ‘Más adentro, joder’. Sentí su polla palpitando.
‘Monta’. Me puse a cuatro, pero yo guiaba. ‘Fóllame lento primero’. Entró, polla gruesa abriendo mi coño apretado. ‘¡Más hondo!’. Golpes fuertes, huevos contra mi culo. Cambié: encima. Cabalgué salvaje, tetas rebotando. ‘No corras, aguanta’. Sus manos en mis caderas, yo clavando uñas. ‘Ahora perrito, dame por detrás’. Me embistió brutal, mano en pelo tirando. ‘¡Sí, fóllame como puta!’. Orgasmos míos primero, contracciones apretando su verga. ‘Córrete dentro’. Chorros calientes llenándome, gritando.
Después, él jadeando, sudoroso, roto. Yo encima, coño goteando semen, sonriendo. ‘Has sido bueno, chico’. Besé su frente. Poder total: lo conquisté, lo usé, lo vacié. Él mío, rendido. Mañana se iría, pero recordaría mi control para siempre. Esa adrenalina… adictiva. Quiero más.