Era una noche de verano en el valle del Arve, calor pegajoso, apéro con vecinos. Yo, Lucia, española de pura cepa, con mi vestido ligero que se pegaba a mis curvas, tanga negro marcándose. Mi marido charlaba con Sylvie, la esposa de Dominique. Pero yo… yo vi cómo él me miraba. Esos ojos cansados del trabajo, pero con un brillo hambriento en mi escote. Râlait un poco, como siempre, pero su polla ya se notaba medio tiesa bajo el pantalón.
Me acerqué, rozando su brazo. ‘¿Todo bien, Dominique? Pareces tenso…’, le susurré al oído, mi aliento caliente en su cuello. Él tragó saliva, dudó. ‘Sí, sí… solo cansado’. Mentira. Lo pillé mirando mi culo cuando me giré. Ahí supe: esta noche sería mío. Lo iba a conquistar, a ponerlo de rodillas. ‘Ven, te enseño algo en el baño’, le dije firme, agarrándole la mano. Él miró alrededor, nervioso. Sylvie y mi marido reían con crafts. Perfecto.
La Decisión de Conquistarlo
Lo metí en el baño, cerré la puerta. ‘Quítate el pantalón’, ordené, voz baja pero autoritaria. Sus ojos se abrieron grandes. ‘¿Qué…? Lucia, no…’. ‘Sí. Ahora. O grito’. Temblando, se bajó el pantalón. Su polla saltó, semi-dura, gota de pre-semen brillando en el glande. Sonreí. ‘Buen chico. Ahora, mi tanga’. Saqué el negro de mi bolso, húmedo de mi coño excitado. ‘Póntelo’. Dudó, pero el olor lo volvió loco. Se lo enfundó, la tela apretando su verga tiesa. ‘Mira qué puta te pones…’,
me reí suave, tocándole el paquete. Él gimió, polla palpitando contra la dentelle. ‘De rodillas. Chúpame los dedos primero’. Me senté en el váter, abrí las piernas. Él obedeció, lengua caliente lamiendo mis dedos, saboreando mi sudor. ‘Ahora, mi coño’. Me subí el vestido, tanga a un lado. Mi chochito mojado, labios hinchados. Él se lanzó, nariz enterrada, lengua chupando mi clítoris. ‘Más profundo, joder… lame mi flujo’. Gemí bajito, agarrándole el pelo, follando su cara. Su polla goteaba en mi tanga robada.
El Placer Bajo Mis Órdenes
Lo puse de pie, contra la pared. ‘Saca esa polla patética’. La tenía enorme ahora, baba por todos lados. La agarré fuerte, masturbándola lento. ‘Vas a correrme en tu boca, pero primero me follas el culo con los dedos’. Escupí en su mano, guie dos dedos a mi ano apretado. Entraron suaves, yo cabalgándolos. ‘¡Sí, cabrón! Más rápido’. Él jadeaba, yo controlaba el ritmo. Luego, lo tiré de rodillas otra vez. ‘Chupa mi coño mientras te corro’. Abrí las piernas, él devorando, yo frotando mi clítoris. Orgasmos me sacudieron, jugos en su cara.
Le arranqué el tanga, su polla libre, roja, a punto. ‘Córrete en mi mano’. La pajée furiosa, glande contra mi palma húmeda. Él gruñó, esperma espeso salpicando, chorros calientes. Lo unté en sus labios. ‘Prueba tu leche, puta’. Él lamió, ojos vidriosos de sumisión. Lo limpié, le puse el pantalón. ‘Nadie sabrá. Pero volverás por más’. Salimos, sonrisas inocentes. Sylvie ni se enteró.
De vuelta en casa, mi marido dormía. Me masturbé recordando su sumisión, ese poder mío. Lo había conquistado, dirigido cada embestida, cada lamida. Sentí la adrenalina aún, coño palpitando. Mañana, otro mensaje: ‘Ven al garaje’. Sería mío de nuevo. Esa noche, dormí como reina, sabiendo que él soñaba con mi control.