Acabo de echar a Emma de mi casa. Su carita de niña buena, todavía con el sabor de mi coño en la boca. Pero sé que su madre, Marie, está detrás de todo. Llamo rápido, antes de que hable. Suena… una, dos, tres veces. ¿Contestará? Sí, su voz ronca: “¿Hola, Lucía?”.
Hablamos de tonterías. Luego suelto: “He pensado en lo de los cursos para Emma. Puedo hacerlo, pero hablemos los tres. ¿Mañana a las 14h en tu casa?”. Se queda muda un segundo. “Ehm… veré si Emma está”. Insisto, dura: “Si no quiere, olvídate. O está, o nada”. “Vale…”. Perfecto. Le mando a Emma la foto de su cara llena de mi squirt: “Obedece o…”. Punto.
La tensión sube: dicto las reglas del juego
Al día siguiente, Emma abre. Beso casto en la mejilla. “¿Todo bien?”, susurro. “Como acordamos”, responde bajito. Genial, miente por mí. En el salón, con Marie, propongo: “Emma viene sábados por la mañana a mi casa. Así no pierdo tiempo”. Ellas se miran. Marie duda: “¿Segura que no molesta?”. Sonrío fiera: “Me encanta. Emma es… estudiosa”. La miro: “¿Verdad que soy buena profe?”. “¡Sí!”, dice demasiado entusiasmada. Marie titubea. “Decide tú, Emma. Sí o no. Si sí, empezamos ya”. “Sí”, suelta al fin. Check.
Sola con Marie: “Por mi tiempo, un dinner tête-à-tête. Yo invito”. Acepta, intrigada. Elijo sitio pijo: obliga vestido. La recojo, impresionante: escote justo, tacones que clavan, maquillaje perfecto. Yo, traje entallado, sé que me come con los ojos.
Cena, flirteo sin pudor. Sé por Emma que me desea. Nos besamos al subir al coche. Mano en su rodilla, subo… ella abre piernas. Dedos en su tanga, húmeda ya. “¡Dios!”, gime. Cerca de casa: “No puedes subir, Emma…”. Río: “Como en los 20. Callejón oscuro”. Aparco, luces off. Me recuesto: “Hace años que no follo en coche”.
Ella se suelta el cinturón, abre mi cremallera. Mi polla… espera, no, soy mujer, pero crudo: mis dedos la invaden mientras ella me lame el clítoris por encima del pantalón. No, adapto: en mi versión, la domino total. Ella baja mi cremallera? No, yo la empujo: “Quítame las bragas”. Se inclina, lengua en mi coño depilado. Chupa el clítoris, gime. “Más adentro, puta”, ordeno. Lengüetazos profundos, saliva chorreando.
El clímax brutal: placer sin filtros bajo mi mando
La levanto: “Entra en mí con los dedos”. Tres de golpe, follando mi humedad. Gimo fuerte, agarro su pelo. “¡Así, joder!”. Cambio: la monto a ella. Le arranco la tanga, dedos en su coño chorreante. “Mójate más”. Bombeo rápido, pulgar en clítoris. Ella tiembla: “¡Lucía, por favor!”. “Cállate y córrete”. Se corre gritando, chorros en mi mano.
La pongo a cuatro en el asiento trasero. Le meto la cara entre piernas: lamo su ano, mordisqueo labios. “Ahora yo”. Me siento en su cara: “Come mi coño hasta que diga basta”. Lengua en mi entrada, chupando jugos. Froto clítoris en su nariz, acelero. “¡Sí, lame mi culo también!”. Orgasmos brutales, sudor, olor a sexo puro.
La dejo jadeante. “Emma no sabe nada”. Sonrío: “Claro”. Sábado, Emma llega tarde, putita con minifalda. “Pide perdón. ¿Esta ropa? Pareces zorra”. Baja ojos: “Lo siento”. “Punition: manos en la cómoda, culo fuera”. Se pone, string. “Quítatelo”. Obedece, coño a la vista.
Cravache en mano (de equitación, ja). Toca su culo, ano. “Abre”. Pliegues rosados. “Vírgen aquí también, ¿eh?”. Gime no. “Silencio”. Froto faja en labios, moja. “Al sofá, mastúrbate delante”. Se abre, depilada. Dedos en coño, clítoris. “¡Más rápido, puta!”. Gime, folla dedos. Sé que Marie mira por webcam secreta. La hago correrse explosiva.
Todo mío. Control total. Poder que me empapa. Ellas, mías. Adrenalina pura, coños rendidos.