Me desperté esa mañana con una sensación rara, como si me faltara algo. Fred no había vuelto anoche, pero era otra cosa, un cosquilleo en el estómago. Me duché rápido, me puse un tanga turquesa diminuto, jeans ajustados que marcaban mi culo perfecto y una crop top blanca que dejaba mi vientre plano al aire. Me gustaba esa mirada que atraía.
Sonó el teléfono. Era Cecilia, la rubia esa que me había comido con los ojos la otra vez. ‘¿Cathy? ¿Qué tal? ¿Comemos hoy?’, dijo con voz suave. Dudé un segundo. ‘Vale, pero en el mismo sitio’. Colgué y sonreí. Sandra me había advertido de Fred, pero hoy yo mandaba. Iba a por ella.
La Tensión que Me Hizo Decidir: Ella Será Mía
En el bus, noté las miradas en mi cuerpo. Caminé al restaurante balanceando las caderas. Allí estaba Cecilia, con falda blanca hasta las rodillas y top negro escotado. Me besó en la boca, lento. Nos sentamos. Hablamos de la uni, comimos, pero yo la miraba fijo a los ojos. Se inclinó, su escote abriéndose. ‘Me pones cachonda, Cathy’, susurró.
Me quedé quieta, clavando la vista en sus tetas. ‘Tú a mí también. Pero hoy yo decido’. Ella sonrió juguetona, bajó una tirante. ‘Ya estoy empapada por ti’. ‘Muéstramelo’, dije seca. ‘Dame tu pierna’. Bajo la mesa, le di mi pie. Se quitó el zapato, su falda rozándome los dedos. Avancé el pie hasta su braga sedosa. ‘¿Te gusta?’, preguntó temblando.
‘Veamos’. Giré el pie, presionando su raja a través de la tela. La vi morderse el labio, gemir bajito. Aceleré, frotando fuerte su coño húmedo. Ella jadeaba. Apartó mi pie un segundo, y volvió: ahora pelitos pubianos contra mi piel. ‘Joder, qué mojada estás’, murmuré. La hice temblar más, metiendo dedos del pie en su humedad caliente, salada.
La camarera interrumpió. ‘¿Postre?’. Retiré el pie riendo. Cecilia suspiró frustrada. Nos fuimos rápidas a su casa.
El Acto Brutal: Dirigí Cada Gemido y Posición
Apenas entramos, la besé salvaje, pero la giré, lamiéndole la nuca. Mis manos masajearon sus tetas pesadas, pezones duros. Bajé una mano, subí su falda, metí dedos en su tanga negro. ‘Mía’, gruñí. Empujé dos dedos en su coño chorreante. ‘¡Ahh!’, maulló. Follarla así, vigorosa pero controlada, mientras chupaba su teta, mordiendo el pezón.
Ella intentó quitarse la ropa, pero yo no solté su teta. La empujé contra el escritorio, la tumbé. Le arranqué los jeans, abrí sus piernas. ‘Ahora yo’. Metí mi pie de nuevo en su coño abierto, pero no: quería más. Le quité el top, la dejé desnuda. La puse a cuatro patas. ‘Arrodíllate’. Lamí su clítoris hinchado, chupando su jugo dulce y ácido.
La giré, 69 sobre el sofá. Pero yo arriba: mi coño en su boca, lamiéndola yo el suyo. ‘Chúpame fuerte’, ordené. Metí lengua profunda en su agujero, dedos en su culo apretado. Gemía contra mi clítoris. ‘No corras aún’. Cambié: la abrí de piernas, froté mi coño contra el suyo, clítoris chocando, resbaladizos. ‘¡Fóllame!’, suplicó. ‘Cállate y siente’.
La penetré con tres dedos, cabalgándola. Su coño chupaba mis dedos, contrayéndose. ‘¡Voy a…!’. La hice correr primero, squirteando en mi mano. Luego me subí a su cara: ‘Lámeme hasta que yo diga’. Su lengua en mi coño, desesperada. Corrí gritando, ahogándola en mi squirt.
Después, jadeando, la abracé. Me sentía poderosa, invencible. Ella era mía, había sucumbido total. ‘Has sido perfecta’, le dije, besándola. Ese control, esa rendición… adoro eso. Mañana quizás Fred, pero hoy, yo gané.