Estaba en el vestuario del centro de danza. Casilleros abollados, neón que chisporrotea, olor a sudor y plástico caliente. Acababa de soltarme el vendaje abdominal, la cicatriz curva en mi cadera brillaba bajo la luz púrpura. Levanto la vista y ahí está ella. Luca. Torso desnudo, pechitos pequeños con piercings, pezones duros como clavos. Su polla semierecta asomaba por el slip negro empapado. Sudor perlando su piel.
—¿Tienes fuego? —le pregunto, voz ronca, calmada. Me mira, se gira despacio. Saca un mechero, lo enciende. El humo sube lento.
La Decisión de Conquistarla
—¿Cómo te llamas?
—Carmen. ¿Y tú?
—Luca. ¿Fumas mucho después de bailar?
—Solo cuando me pongo cachonda.
Ni tímida ni lanzada. Solo verdad cruda. Se acerca un paso. Sus ojos me recorren como si viera mi piel mudando. Siento el pulso en mi clítoris, que ya palpita bajo mis bragas. Decido en ese instante: es mía. Voy a dirigir esto. Voy a hacerla suplicar.
—¿Puedo? —murmura ella, mano en mi cadera.
—No. Yo primero. Quítate el slip. Ahora.
Obedece. Su polla cae libre, venosa, goteando pre-semen. La miro fijo. —Arrodíllate.
Se pone de rodillas. El suelo frío contra sus muslos. Mi mano en su nuca, guío su boca a mi coño. Saco mi clítoris largo, erecto como una mini polla. —Chúpalo. Como si fuera lo único que importa.
Su lengua entra tibia, lame mis labios hinchados. Gimo bajito. —Más profundo, joder. Usa los dedos.
La tensión sube. Mi corazón late fuerte. Ella jadea, su polla se endurece sola mientras me come el coño. Huele a sexo húmedo, a deseo puro. Yo controlo el ritmo: empujo sus hombros si va lento, tiro de su pelo si quiero más.
El vestuario se vacía. Solo quedamos nosotras. La levanto. Cuerpos pegados: mi clítoris contra su polla, mis tetas contra su pecho plano. —Vamos a mi piso. Allí te follo como quiero.
El Placer Bajo Mi Mandato
En el taxi, mi mano en su paquete, apretando. Ella tiembla. —Vas a ser mía esta noche. Mis reglas. ¿Entendido?
—Sí… Carmen.
Llegamos. Su piso. Lit grinece ya. Busca el arnés negro, dildo grueso, venoso, curvado. —Póntelo. Pero yo mando.
Se lo ajusta. Mirada sumisa. La empujo al colchón. Piernas abiertas. Mi coño chorreando, clítoris hinchado. —No me penetres aún. Primero, fóllame la boca con eso.
Se arrodilla. El dildo roza mis labios. Lo chupo, saliva goteando. Luego, la tumbo. Montada encima, guío el dildo a mi entrada. —Lento. Siente cómo mi coño te traga.
Empujo hacia abajo. Lleno total. Carne contra silicona, sudor mezclándose. Ritmo mío: rápido, hondo. Sus gemidos llenan la habitación. —¡Más fuerte, puta! —grito.
Sus tetillas rozan mi piel. Su polla real dura contra mi culo. La agarro, la meneo. —Córrete cuando yo diga.
Acelero. Mi clítoris frota la base del arnés. Olas suben. —Ahora, córrete en mi tripa.
Ella eyacula chorros calientes sobre mis cicatrices. Yo exploto: coño contrayéndose, jugos empapando todo. Brutal, sin filtro. La beso mordiendo. —Buena chica.
Después, tumbadas. Sudor frías la piel. Ella jadea, exhausta. Yo sonrío. Poder puro recorre mis venas. La hice mía desde el primer vistazo. Su polla flácida, mi coño satisfecho latiendo. —Esto es lo que quería. Tú, rendida a mí.
Se acurruca. —Eres… increíble.
—Lo sé. Y lo repetiré cuando quiera.
Adrenalina de la conquista. Placer de verla sucumbir. Mi cuerpo vibra con victoria. Ningún arrepentimiento. Solo ganas de más. Ella duerme. Yo fumo un cigarro, mirando su cuerpo marcado por mis uñas. Soy la jefa. Siempre.