Ayer, eh… me di prisa por la calle abarrotada. Mis piernas largas, bronceadas, en tacones puntiagudos, falda corta ondeando. Llegaba tarde a casa de Michel, mi compañero de medicina. Él, tan tímido, rubio, con ojeras de tanto estudiar. Me invitó por primera vez. Yo, con ganas de más que libros.
Entro al hall enorme, una criada me guía. Subo escaleras, y ahí está ella. Silueta vaporosa, pelo plateado largo, bata transparente. Me hace señas para que suba. La sigo, intrigada. Entra en su cuarto, cama deshecha, olor a sudor leve. Cierro la puerta yo misma. Fuerte, segura.
La Mirada que Decidió Todo
—Hola, soy Victoria, vengo por Michel.
—Sé quién eres. Él sale un rato. Siéntate.
Su voz débil, doliente. Se tumba en el sofá, piernas abiertas sutil. Yo en el sillón, cruzo las mías. Me cuenta que es su tía, Hélène. Viuda, enferma. Pero sus ojos grises me clavan. Empieza a mover la mano por su muslo blanco. Sube la bata, muestra la concha peluda. Dedos juguetean los labios.
Yo siento el calor subir. No soy de las que miran pasivas. Esta tía cachonda me provoca. Decido: será mía. Me levanto despacio, ojos fijos en su mano.
—¿Qué haces, Hélène? ¿Te excitas viéndome?
Ella jadea, dedos en su clítoris. Sonrío dominante.
—Para. Ahora mando yo.
Me acerco, le quito la mano de un tirón. Ella tiembla, sorprendida. Mi polla… no, soy mujer, pero controlo como si la tuviera. Le abro las piernas de golpe. Huelo su coño húmedo, labios gruesos hinchados.
—Quédate quieta. Vas a correrme como yo diga.
La tensión explota. Mi corazón late fuerte, adrenalina pura. La conquisto con mirada. Ella, sumisa ya, asiente. Yo decido las reglas: nada de tocarse sin permiso. Le susurro al oído, aliento caliente.
—Muéstrame todo, puta. Abre ese coño para mí.
Follándola Bajo Mis Reglas
Sus muslos tiemblan, expone el ano contraído. Yo rozo con uñas sus labios, pincho el clítoris. Ella gime bajo.
Ahora el acto. Brutal. La tiro al sofá boca arriba. Le arranco la bata. Sus tetas pequeñas, pezones duros. Los pillo, tiro fuerte, como ella soñaba. Bajo la boca, muerdo un pezón, chupo salvaje. Ella arquea la espalda.
—Ah… sí…
—Cállate. Solo gime cuando yo diga.
Manos en su coño. Dos dedos dentro, chapoteo húmedo. La penetro rápido, pulgar en clítoris frotando duro. Su cyprina moja mi mano. La giro, culo arriba. Azoto sus nalgas blancas, rojas marcas. Lengua en su ano, lamo el pliegue, meto punta. Ella se retuerce.
—Quieta, coño. Voy a follarte el culo con dedos.
Índice y medio en su ano apretado. Va-et-vient feroz, mientras tres dedos en coño estiran sus paredes. La masturbo doble, intensa. Ella grita ahogada. Cambio posición: la pongo a cuatro, yo detrás. Dedos en coño, lengua en clítoris chupando como aspiradora. Siente mis dientes rozar.
—Vas a correrte ya. ¡Ahora!
Explota. Jet caliente sale, moja mi cara, sofá empapado. Yo no paro, sigo bombeando hasta que tiembla convulsa, ano pulsando en mi dedo.
Satisfecha. La dejo jadeante, cuerpo flácido. Me limpio la boca, sonrío poderosa. Adrenalina de conquista, ver su rendición. Ella, ojos vidriosos, me mira sumisa.
—¿Ves? Te hice mía. Michel no sabrá, pero tú recordarás quién manda.
Me visto, salgo sin mirar atrás. En la calle, brisa lame mi coño aún húmedo. Poder total. Lo que quería: control, placer dictado. Sonrío a los hombres que miran. Ellos no saben el fuego que llevo.