La Wivre del Mont Beuvray: Cómo Tomé el Control y lo Hice Mío

Estaba en mi cueva del Mont Beuvray, esa noche de Navidad del 93. El frío del Morvan se colaba por las grietas, pero yo… yo ardía. Oí pasos torpes en la bruma, crujidos de nieve. Era él, Léopold, el folklorista de Dijon. Lo había visto rondar mi rocher días antes, garabateando en su cuaderno, obsesionado con mi leyenda. Hombre culto, delgado, con ojos curiosos. Me picó la piel. Esta noche, lo quería. Para mí.

La tierra tembló cuando abrí la entrada. Se quedó paralizado, mirando los tesoros brillar bajo la luna. Oro, joyas… todo mío. Entró, hipnotizado. Yo me deslicé desde las sombras, mi cola serpentina rozando el suelo de perlas. Él jadeó, cayó. La puerta se cerró con un golpe seco. ‘¿Qué… qué eres?’, balbuceó, aterrado.

La Tensión que Me Hizo Decidir: Él Será Mío

Me acerqué lento, mis alas plegadas, escamas verdes reluciendo. ‘Soy la Wivre, y tú… tú eres mi riqueza ahora’. Su aliento se aceleró. Intentó huir, pero mis anillos lo rodearon suave, apretando lo justo. ‘No luches, Léopold. Mírame’. Levantó la vista, vio mis pechos firmes, mi piel pálida, el rubí en mi frente palpitando. Sus ojos se dilataron. ‘Quítate la ropa. Despacio. O te ayudo yo’. Dudó, temblando. ‘Hazlo’, ordené, voz ronca. Se desabrochó la chaqueta, camisa… polla ya dura bajo los pantalones. Sonreí. ‘Buen chico. Ahora, arrodíllate ante mí’.

Lo tenía. Mi cola lo envolvió las piernas, subiendo hasta su verga tiesa. Él gimió, ‘Por Dios…’. ‘Cállate y obedece. Chúpame primero’. Me tendí en la musgo suave del bassin, piernas abiertas. Mi coño húmedo lo esperaba, labios hinchados. Se acercó gateando, lengua tímida al principio. ‘Más adentro, joder, lame mi clítoris’. Lo guié con la mano en su pelo, empujando su cara contra mí. Sentí su lengua girar, chupar, mi jugo corriéndole por la barbilla. Gemí fuerte, ‘Sí, así… no pares, cabrón’.

El Placer Brutal Bajo Mi Mandato

Lo volteé boca arriba en el suelo de oro. ‘Ahora yo mando’. Monté su cara, restregando mi coño contra su boca. Él lamía desesperado, manos en mis caderas. Mi cola lo azotó suave el culo, haciendo que su polla saltara. ‘Quieto. No te corras aún’. Bajé, lamí su verga de raíz a punta, mordisqueando los huevos. Él suplicó, ‘Por favor… fóllame’. Reí. ‘Aún no’. Lo puse a cuatro patas, mi cola enroscada en su cintura. Escupí en su culo, metí un dedo. ‘Relájate’. Él gruñó, polla goteando.

Lo penetré con mi cola gruesa, escamas rozando su ano. ‘¡Ahh!’, gritó. Bombeé lento, luego rápido, mientras le pajeaba la polla. ‘Dime que eres mío’. ‘S-sí… tuyo…’. Lo giré, lo abrí de piernas. Mi coño se hundió en su verga dura, hasta el fondo. Cabalgué salvaje, tetas botando, uñas en su pecho. ‘Fóllame fuerte, pero yo decido el ritmo’. Él embistió, pero yo lo frené, apretando con mis anillos sus muslos. Clavos contra mi clítoris, orgasmo me sacudió, chorros calientes. ‘¡Córrete dentro!’. Él explotó, semen llenándome, gritando mi nombre.

Nos derrumbamos en el agua tibia del bassin. Yo encima, jadeando. Su polla aún en mí, palpitando. Lo miré, exhausto, ojos vidriosos. ‘Lo has hecho perfecto. Eres mío ahora’. Besé su cuello salado, sintiendo mi poder. Lo había conquistado, usado, dominado. La adrenalina me corría por las venas como fuego. Nadie me resiste. Él se quedó, flotando en mis anillos, rendido. Yo, satisfecha, poderosa. Mañana lo soltaré… o no. Pero esta noche, gané todo.

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