Mi reencuentro inesperado en la tienda de lencería de Madrid

El timbre de la puerta de la tienda sonó suavemente mientras yo terminaba de ajustar la corbata frente al espejo del probador. El aire olía a vainilla y a tela nueva. Estaba en plena calle Serrano, en una de esas boutiques de lencería fina que solo frecuentan mujeres con gusto refinado y tarjetas sin límite. Había entrado para elegir un regalo de aniversario para mi esposa, pero el destino tenía otros planes.

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— ¿Podrías pasarme ese body negro que está en el perchero de la izquierda? —dijo una voz femenina desde el cubículo contiguo. Reconocí el tono grave y ligeramente ronco al instante. Mi pulso se aceleró. Era ella. Lucía.

Habían pasado casi ocho años desde la última vez que nos vimos en aquel bar de Barcelona donde trabajábamos como becarios en una agencia de publicidad. Ahora ambos teníamos treinta y dos años, carreras consolidadas y vidas que parecían ordenadas. Yo era director creativo en una multinacional; ella, consultora financiera en un banco suizo con sede en la capital.

Empujé la prenda por encima del tabique que separaba los probadores. Sus dedos rozaron los míos. Ese contacto bastó para que un calor familiar subiera por mi brazo.

— Gracias… ¿Daniel? —preguntó ella asomando la cabeza por el lateral. Sus ojos verdes se abrieron con sorpresa genuina—. No puede ser. ¿Eres tú de verdad?

— En carne y hueso —respondí sonriendo—. Veo que sigues prefiriendo el negro para tus… experimentos.

Ella soltó una risa baja y salió del probador envuelta solo en una bata de seda que la dependienta le había prestado. Debajo se adivinaba el body que acababa de probar: encaje transparente que marcaba sus pezones endurecidos. Lucía había dejado atrás la melena larga; ahora llevaba un corte bob que acentuaba sus pómulos altos. Seguía siendo tan elegante como peligrosa.

La dependienta, una mujer de unos cuarenta años con moño perfecto, nos miró con complicidad.

— El salón privado del fondo está libre si quieren continuar la conversación con más… intimidad. Cierran las cortinas y nadie molesta. Yo tengo que atender el teléfono un momento.

Lucía me tomó de la mano sin pedir permiso y me arrastró hacia el fondo del local. El salón era pequeño pero lujoso: sillón de terciopelo granate, espejo de cuerpo entero, luces cálidas y una mesa baja con copas de cava ya servidas. Parecía preparado para clientas que buscaban algo más que ropa interior.

Nos sentamos uno frente al otro. Ella cruzó las piernas y la bata se abrió dejando ver el encaje negro contra su piel clara.

— Cuéntame qué ha sido de tu vida, Dani. ¿Sigues casado con aquella chica de recursos humanos?

— Sí. Se llama Marta. Es feliz. Yo también, la mayoría del tiempo.

— ¿La mayoría? —repitió ella inclinándose hacia delante. Sus pechos casi rozaron la mesa—. Eso significa que hay espacio para… recuerdos.

Bebí un sorbo de cava para ganar tiempo. El líquido frío contrastó con el calor que crecía entre mis piernas. Lucía siempre había tenido ese efecto: una mezcla de inteligencia y descaro que desarmaba cualquier defensa.

— ¿Y tú? —pregunté—. El anillo que llevas es nuevo.

— Comprometida con un analista de mercados. Buen hombre. Estable. Aburrido en la cama —confesó sin rodeos—. Le gusta el misionero y apagar la luz. Yo necesito más. Siempre lo he necesitado.

Sus palabras flotaron entre nosotros como una invitación explícita. Recordé las noches en su pequeño apartamento de Gràcia donde probábamos juguetes nuevos y grabábamos vídeos que luego borrábamos entre risas. Ella había sido la primera en introducirme en el placer de mirar y ser mirado.

Lucía se levantó y dejó caer la bata. El body negro se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Sus pechos, más llenos que antes, presionaban contra el encaje. Bajó la mirada hacia el bulto evidente en mis pantalones.

— Veo que ciertas cosas no cambian —murmuró—. ¿Me ayudas a probar el siguiente conjunto?

Abrió una caja que había sobre la mesa y sacó un corsé rojo burdeos con ligueros y un tanga a juego. Se dio la vuelta y me pidió que aflojara los cordones del body que llevaba puesto. Mis dedos temblaron ligeramente al rozar su espalda desnuda. El tejido cayó al suelo con un susurro.

Ahora estaba completamente desnuda salvo por unos tacones negros de aguja. Su culo redondo y firme se ofreció ante el espejo. Me miró a través del reflejo.

— ¿Recuerdas cómo te gustaba que me inclinara así?

Me levanté sin poder contenerme. Mis manos recorrieron sus caderas, subieron hasta sus pechos y los apretaron con fuerza. Lucía gimió bajito y empujó su trasero contra mi erección.

— La dependienta puede volver en cualquier momento —susurré contra su cuello.

— Por eso es más excitante —respondió ella girándose. Sus labios encontraron los míos en un beso urgente, casi violento. Sabía a fresa y a deseo reprimido.

La senté en el borde del sillón y me arrodillé entre sus piernas. Su coño estaba depilado y brillaba de humedad. Pasé la lengua lentamente desde abajo hacia arriba, deteniéndome en su clítoris hinchado. Lucía agarró mi cabello y empujó mi cara contra ella.

— Así… justo así. Joder, cómo echaba de menos tu boca.

Introduje dos dedos en su interior mientras succionaba con ritmo. Sus caderas se movían contra mi rostro. El espejo reflejaba todo: su expresión de placer, mis hombros entre sus muslos abiertos, el corsé rojo aún sin abrochar colgando de una silla.

De repente se levantó, me empujó hacia el sillón y se sentó a horcajadas sobre mí. Desabrochó mis pantalones con manos expertas y liberó mi polla dura. La frotó contra sus labios húmedos sin penetrarse todavía.

— Dime que quieres follarme aquí, en medio de Madrid, con el riesgo de que nos descubran —exigió.

— Quiero follarte hasta que tiembles —respondí con voz ronca.

Lucía descendió sobre mí de un solo movimiento. Su calor me envolvió por completo. Ambos gemimos al unísono. Empezó a cabalgarme con movimientos lentos y profundos, sus pechos saltando frente a mi cara. Los lamí y mordí suavemente mientras ella aceleraba el ritmo.

El sonido húmedo de nuestros sexos llenaba la pequeña sala. Desde fuera llegaba el murmullo del tráfico de Serrano y el tintineo de perchas. Eso solo aumentaba la excitación.

— Tócame el culo —pidió ella jadeando.

Deslicé un dedo entre sus nalgas y presioné suavemente su ano. Lucía se estremeció y contrajo sus músculos internos alrededor de mi polla.

— Más adentro… quiero sentirte ahí también.

Introduje el dedo hasta el nudillo mientras ella seguía cabalgándome con furia. Sus gemidos se volvieron más agudos. Sentí que se acercaba al orgasmo. Apreté su clítoris con el pulgar y eso fue suficiente. Lucía se corrió con violencia, mordiendo mi hombro para ahogar un grito. Sus contracciones me llevaron al límite.

— Dentro… córrete dentro —suplicó.

Explosé con fuerza, llenándola mientras sus uñas se clavaban en mi espalda. Nos quedamos abrazados, respirando agitadamente, mi semen escapando entre sus muslos y manchando el sillón granate.

Minutos después, Lucía se levantó con piernas temblorosas. Recogió el corsé rojo y se lo puso sin limpiar nada. El encaje se tiñó ligeramente con nuestra mezcla.

— Me lo llevo puesto —dijo con una sonrisa traviesa—. Y también el tanga negro que está empapado en mi bolso desde que te vi entrar.

La dependienta tocó suavemente la puerta.

— ¿Todo bien por aquí? La tienda cierra en diez minutos.

— Perfecto —respondió Lucía abriendo la cortina solo un poco—. Nos llevamos el corsé rojo, el body negro y… la experiencia completa.

Pagué todo en la caja sin que ninguna de las dos mencionara las manchas evidentes en la tapicería. Al salir a la calle, el frío de diciembre contrastó con el calor que aún latía en nuestros cuerpos.

Lucía se ajustó el abrigo largo sobre la lencería y me dio un último beso en la comisura de los labios.

— Mi hotel está a tres calles. Habitación 412. Tengo una reunión mañana a las diez, pero hasta entonces… el minibar está lleno y las vistas a Retiro son espectaculares.

La vi caminar hacia la Puerta de Alcalá, tacones resonando en la acera, sabiendo que bajo el abrigo solo llevaba encaje, mi semen y una sonrisa que prometía mucho más.

Guardé el ticket de la tienda en mi bolsillo y empecé a seguirla. Madrid nunca había parecido tan prometedor.

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