El aroma a aceite de oliva caliente y pimentón flotaba en el aire mientras empujaba la pesada puerta de madera del mesón. El local, escondido en una callejuela empedrada del casco antiguo de Toledo, apenas tenía una docena de mesas iluminadas por velas. Me senté en un rincón, cerca de la ventana que daba al río Tajo, y pedí un Rioja. El viaje de trabajo me había llevado hasta allí para supervisar la restauración de un palacio del siglo XVI convertido en hotel boutique. Tres días de reuniones interminables con arquitectos y proveedores.
— ¿Viaja solo? —preguntó una voz femenina a mi espalda.
Me giré. Era la dueña del mesón, o al menos eso deduje por su forma de moverse entre las mesas. Se llamaba Lucía, según el cartelito prendido en su blusa negra. Rondaba los cuarenta, con curvas generosas que el delantal no conseguía disimular. Cabello castaño recogido en un moño deshecho, ojos oscuros y una boca que parecía hecha para sonreír con picardía. No era una belleza clásica, pero desprendía una sensualidad terrenal que me golpeó de inmediato.
— Solo por trabajo —respondí, levantando mi copa—. Aunque empiezo a pensar que Toledo tiene mucho más que ofrecer de noche.
Ella rio bajito, un sonido ronco que me erizó la piel. Sirvió más vino sin que yo lo pidiera y se inclinó ligeramente. El escote reveló el nacimiento de unos pechos abundantes, pálidos y salpicados de pecas.
— Pues si busca compañía local, pregunte por mí cuando cierre. Vivo justo encima, en el piso que da a las murallas.
Se alejó contoneándose entre las sillas. El resto de la cena pasó en una nebulosa. Pedí cordero asado y patatas a la importancia, pero apenas probé bocado. Mi mente ya estaba imaginando cómo sería desnudar a esa mujer madura y rotunda entre sábanas viejas de lino.
A las once y media, cuando los últimos clientes se marcharon, Lucía apareció con una botella de pacharán y dos vasos pequeños.
— Cierre la cuenta y suba si quiere. La puerta verde del patio, primer piso. No toque el timbre, mi madre duerme abajo.
Subí las escaleras estrechas de piedra con el corazón latiéndome en las sienes. El pasillo olía a lavanda y a cera antigua. La puerta estaba entreabierta. Entré.
El apartamento era pequeño, con techos de vigas vistas y paredes de adobe. Una lámpara de pie iluminaba un sofá de terciopelo gastado y una mesa baja llena de velas. Lucía había cambiado el delantal por un vestido de punto ajustado color vino que marcaba cada curva: caderas anchas, vientre suave, muslos fuertes. Se había soltado el pelo y se había pintado los labios de rojo oscuro.
— No soy de las que pierden el tiempo —dijo sin preámbulos, sirviéndome un vaso—. Llevo tres años viuda y mi cuerpo tiene hambre. ¿Estás dispuesto a alimentarlo?
Bebí el pacharán de un trago. Sabía a regaliz y a deseo. Me acerqué y la besé. Sus labios eran cálidos, expertos. Su lengua buscó la mía con urgencia mientras sus manos grandes me apretaban las nalgas. Olía a jabón de romero y a mujer excitada.
La empujé suavemente contra la pared de piedra. Mis dedos subieron por sus muslos, levantando el vestido. No llevaba medias. Solo unas bragas de algodón negro que ya estaban húmedas. Deslicé dos dedos por debajo de la tela y encontré su sexo hinchado, resbaladizo. Lucía gimió contra mi boca y abrió más las piernas.
— Tócame más fuerte —susurró—. No soy de porcelana.
Introduje dos dedos en su interior. Estaba ardiendo, apretada. Ella empezó a mover las caderas, follándose mi mano con descaro. Sus pechos subían y bajaban con cada jadeo. Bajé la cremallera del vestido y liberé sus senos. Eran pesados, con pezones grandes y oscuros ya duros como guijarros. Los chupé con avidez mientras seguía penetrándola con los dedos. Lucía se corrió por primera vez con un gemido ronco, apretando mi mano entre sus muslos temblorosos.
Me arrastró hasta el dormitorio. La cama era antigua, de hierro forjado, con un edredón de retales. Se quitó el vestido por completo. Su cuerpo era real, imperfecto y tremendamente excitante: celulitis en los muslos, estrías plateadas en las caderas, un vientre que hablaba de partos y años. Me gustó más que cualquier modelo retocada.
Se arrodilló sobre la alfombra raída y me bajó los pantalones. Mi polla saltó libre, dura y palpitante. Lucía la miró con hambre.
— Qué rica —murmuró antes de metérsela entera en la boca.
Su técnica era sucia y perfecta. Lamía desde los huevos hasta el glande, tragaba hasta la garganta, bababa sin vergüenza. Me agarró del culo para metérsela más profundo. Los ruidos húmedos llenaban la habitación. Tuve que contenerme para no correrme allí mismo.
La levanté y la tiré sobre la cama. Le separé las piernas y hundí la cara entre sus muslos. Su coño olía fuerte, a hembra en celo. Lo devoré: lengua en el clítoris, dos dedos dentro, otro dedo presionando su ano fruncido. Lucía se retorcía, agarrándome del pelo, llamándome «cabrón» y «rico» entre gemidos.
— Fóllame ya —suplicó—. Quiero sentirte dentro.
Me coloqué entre sus piernas y la penetré de un solo empujón. Estaba tan mojada que entré hasta el fondo sin resistencia. Su coño me apretaba como un puño caliente. Empecé a follarla con ritmo fuerte, haciendo que sus tetas rebotaran. El cabecero de hierro golpeaba la pared con cada embestida.
Lucía me clavaba las uñas en la espalda. Cambiamos de postura. Se puso a cuatro patas, ofreciéndome su culo generoso. La penetré desde atrás, agarrándola de las caderas. Mi polla entraba y salía brillando con sus jugos. Le metí un dedo en el ano mientras la follaba. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más.
— ¿Te gusta que te den por el culo también? —pregunté entre jadeos.
— Esta noche todo —respondió con voz rota—. Todo lo que quieras.
Escupí sobre su ano y presioné la punta de mi polla. Entró lentamente, centímetro a centímetro. Lucía gruñó de placer, empujando hacia mí hasta que mis huevos chocaron contra su coño. Empecé a moverme, primero despacio, luego más rápido. La sodomizaba con fuerza mientras ella se masturbaba el clítoris. Sus gemidos se volvieron casi gritos.
Se corrió por segunda vez con mi polla enterrada en su culo, contrayéndose tanto que casi me hizo eyacular. Salí de ella, la puse de espaldas y me corrí sobre sus tetas y su cuello. Chorros espesos y calientes que ella extendió con los dedos, llevándoselos a la boca para saborearlos.
Nos quedamos tumbados, sudados y jadeantes, escuchando las campanas de la catedral que marcaban las dos de la madrugada. Lucía encendió un cigarrillo y me lo pasó.
— Mañana tengo que abrir el mesón a las ocho —dijo sonriendo—. Pero aún quedan varias horas. ¿Quieres que bajemos a la bodega? Hay un colchón viejo entre las barricas de vino… y me apetece que me folles otra vez contra una de ellas.
Apagué el cigarrillo, la besé con fuerza y la seguí escaleras abajo, desnudos bajo la luz de la luna que entraba por las ventanas ojivales. El viaje de trabajo acababa de volverse inolvidable.
Durante los tres días siguientes, volvimos a vernos cada noche. Una vez en la azotea del palacio que restaurábamos, con vistas a la ciudad iluminada, donde me la follé de pie contra la barandilla de piedra mientras el viento frío de la meseta nos azotaba la piel. Otra en el claustro abandonado de un convento cercano, sobre un banco de madera, con el riesgo de que nos descubrieran los guardias nocturnos. Cada encuentro era más sucio, más intenso. Lucía se reveló una amante insaciable que disfrutaba tanto dando como recibiendo, que pedía que le escupiera en la boca mientras la penetraba, que se corría gritando mi nombre cuando le metía los dedos en ambos agujeros al mismo tiempo.
La última noche, antes de volver a Madrid, me llevó a las ruinas de un molino junto al Tajo. El sonido del agua corriendo acompañó nuestros gemidos mientras la follaba contra una pared cubierta de hiedra. Cuando me corrí dentro de ella por última vez, Lucía me mordió el hombro con fuerza, dejando una marca que tardaría semanas en desaparecer.
— Vuelve cuando quieras —me susurró al oído mientras nos vestíamos—. Mi coño y mi culo siempre estarán abiertos para ti en Toledo.