Estábamos en ese gîte perdido en las Cévennes, todos sudando en el dormitorio común. Hacía un calor de cojones, los sacos de dormir enrollados a los pies. Yo, Carmen, la española del grupo, con mi marido Pablo al lado y ese guía, Tomás, que no paraba de mirarme el culo durante la marcha. Mathilde y las demás respiraban pesado, pero yo sentía la adrenalina. Miré a Pablo, su polla medio tiesa bajo el short. ‘Hoy mando yo’, pensé. Me acerqué, susurrando: ‘Shh, no hagas ruido. Déjame jugar contigo’. Mi mano se coló bajo la tela, agarré esa verga gruesa, ya caliente. Él jadeó bajito, ‘Carmen, ¿qué…?’, pero yo apreté: ‘Cállate y siente. Vas a correrte cuando yo diga’. La tensión me mojaba el coño, imaginando cómo Tomás nos espiaba desde su saco. Movía la mano lenta, subiendo y bajando, sintiendo las venas pulsar. Sus huevos pesados en mi palma, sudados. Él se arqueaba, mordiéndose el labio. ‘Más despacio, joder’, gemí yo, controlando el ritmo. Al fondo, oí a Antoine removerse, su mirada clavada en nosotros. Perfecto, que mire. Decidí: esta noche, uno o dos serían míos.
No aguanté más. Seguí pajeándolo fuerte, el prepucio resbalando sobre el glande hinchado. ‘Mira cómo te la meneo, cabrón. Vas a explotar en mi mano’. Él gruñó, el cuerpo tenso. Salpicó leche espesa en mi piel, chorros calientes que olían a sexo puro. Me limpié rápido, pero salí al pasillo, chocando con Antoine. Su polla enorme deformaba el bóxer, tiesa como una barra. ‘Ven conmigo’, ordené, arrastrándolo al baño. Cerré la puerta. ‘Quítatelo todo. Ahora’. Él obedeció, rojo, polla saltando libre, larga y venosa. Me arrodillé, la olí: sudor y deseo. Lamí el glande, salado, chupando hasta la garganta. ‘Joder, qué polla rica’, murmuré, escupiendo saliva para lubricar. Él gemía: ‘Carmen, por favor…’. Yo mandaba: ‘Abre las piernas. Voy a montarte’. Lo empujé contra la pared, me subí el vestido, sin bragas, coño chorreando. Me empalé en esa verga, gimiendo al sentirla abrirme. ‘¡Sí! Fóllame así, pero yo marco el paso’. Rebotaba duro, tetas saltando, clítoris frotando su pubis. Cambié: ‘De rodillas, chúpame el culo’. Él lamió mi ano sudado, lengua honda, mientras yo me tocaba. Luego, lo puse a cuatro, le metí dos dedos en el culo mientras lo cabalgaba de reversa. ‘¡Córrete dentro, lléname el coño!’. Él rugió, eyaculando ríos calientes, mi orgasmo explotando, coño apretándolo como un puño.
La tensión sube en el dormitorio
Salí de allí con las piernas temblando, pero el pecho hinchado de poder. Pablo dormía plácido, Antoine hecho un trapo. Yo había tomado lo que quería: su sumisión total, el placer dictado por mí. Esa noche en el refugio, fui la reina. Mañana, durante la randonnée, las miradas de Tomás y los demás me dirían todo. Me sentía invencible, coño satisfecho, lista para más conquistas. Joder, qué subidón.