Estaba en el Salón del Erotismo en Le Bourget, París, hace unas semanas. Yo, Jenny, con mi faldita escocesa cortita que dejaba ver el borde de mis nalgas, mi blusa blanca transparente marcando el sujetador que apenas tapaba mis pezones duros. Hacía exhibi para la cola enorme de gente esperando entrar. Me movía, me retorcía, les enseñaba mi culito con colita de conejita, sacaba las bolas chinas de mi coño depilado delante de todos. Mmm, el aire frío en mi piel mojada, los silbidos, las miradas hambrientas… Pero solo tenía ojos para él. Martial, el vigilante de seguridad, 28 años, alto, musculoso. Me ignoraba, o eso creía él.
Lo vi ahí, serio, cruzado de brazos, observando sin sonreír. Grrrr… Me cabreaba. Yo, que adoro el control, la conquista, decidí que esa noche sería mío. Después de mi show, corrí desnuda a por mi bolsa, me pilló el zipper atascado, llorando de rabia y frío. Él se acercó, me cubrió con su chaqueta. ‘Gracias, Martial’, murmuré, mirándolo fijo. Su sonrisa por fin. ‘Ven, te acompaño’. Caminamos, yo casi desnuda bajo su prenda, sintiendo su calor. En el bar gogo, lo vi otra vez. Bailé en el zinc, frotándome contra la barra, ignorándolo adrede, sonriendo a los demás. Él me seguía. En el stand de condones, lo encaré: ‘¡Para de seguirme!’ ‘Déjame hablar’. Escuché. Admitió celos. Lo besé yo primero, rápida. Luego, en privados, me traía comida, bebidas. Lo arrastré a un box vacío. ‘Aquí no’. Pero yo ya mandaba.
La decisión de conquistarlo
La tensión subía. En el desfile de lencería, bailé para él, abriendo piernas en el podium. Después, en la loge del porno, solos. ‘Quédate conmigo esta noche’, dijo. ‘Vale, pero yo decido cómo y cuándo’. Lo miré desafiante, mi coño palpitando ya. Cerraron a las 21h. Nos metimos en la sala de rodaje vacía. Lo senté en una silla. ‘Mírame’. Empecé a bailar lento, tocándome los pechos grandes, pellizcando pezones. ‘Quítate la camisa’, ordené. Obedeció. Mi mano en su paquete: polla dura, larga, perfecta. ‘Es mía ahora’. Me quité todo, quedé desnuda, depilada, húmeda. Me subí a horcajadas sobre él, sin follar aún. Le mordí el cuello, lamí su oreja. ‘Vas a hacer lo que yo diga, ¿eh?’. ‘Sí, Jenny…’
El clímax bajo mi dominio
Lo desvestí yo. Su polla saltó, venosa, goteando pre-semen. La agarré fuerte, masturbándola lento. ‘Mmm, qué rica verga’. Me arrodillé, la chupé profundo, garganta hasta las bolas, saliva chorreando. Tosió de placer. ‘No corras aún’. Lo empujé al suelo, moqueta roja áspera en mi espalda. No, yo arriba. Monté su cara: ‘Come mi coño’. Su lengua en mi clítoris hinchado, lamiendo labios jugosos. Gemí fuerte, ‘¡Así, cabrón, métela adentro!’. Me corrí rápido, chorro en su boca, temblando. ‘Ahora fóllame’. Me puse a cuatro, pero yo guiaba: ‘Despacio primero’. Entró su polla gruesa en mi coño apretado, estirándome, ‘¡Joder, qué prieta!’. Empujé hacia atrás, controlando ritmo. Cambié: lo tiré boca arriba, cabalgué salvaje, tetas botando, uñas en su pecho. ‘¡Más rápido! ¡Fóllame duro!’. Sudor, olor a sexo, slap-slap de carne. ‘Voy a…’. ‘¡No! Aguanta’. Lo apreté con mi coño, ordeñándolo. Giré a reversa, nalgas en su cara, follando como una diosa. ‘Córrete dentro, lléname de leche’. Explotó, semen caliente inundándome, gritando mi nombre.
Me aparté, semen goteando de mi coño usado, sonriendo. Él jadeaba, exhausto. Yo, poderosa, invicta. ‘Lo has hecho bien, Martial. Pero yo mando siempre’. Lo besé, me vestí. Caminamos fuera, su brazo en mi cintura. Sentí la adrenalina post-conquista, el poder de haberlo doblegado. Mi coño satisfecho, palpitando aún. Chloé en casa con abuelos, yo gané pasta y esto. Mañana más, pero hoy, él sucumbió a mis deseos. Total control. Mía.