Cómo tomé el control de un hombre poderoso en el club secreto de Québec

Estaba en Québec, en ese bar del hotel con vistas increíbles. Luces tenues, gente de negocios bebiendo como si no hubiera mañana. Él entró, el tipo que acababa de dar un discurso que lo ponía en boca de todos. Futuro ministro, se murmuraba. Alto, seguro, pero con esa mirada de quien necesita soltar tensiones. Lo vi desde la barra, fumando un cigarro, scotch en mano. Nuestros ojos se cruzaron. Sonreí, juguetona. Él dudó un segundo, pero yo ya había decidido: esta noche sería mío.

Me acerqué, copa de champán en la mano. ‘Buenas noches, futuro grande’, le dije, voz baja, rozando su oreja. Se giró, sorprendido. ‘¿Me conoces?’, preguntó, con esa sonrisa de poder. ‘Te conozco lo suficiente para saber que necesitas que alguien tome las riendas’, respondí, clavándole la mirada. El majordome nos vio, pero yo ya lo tenía. ‘Sígueme’, le ordené, tirando de su corbata. Pasamos por el pasillo, ignorando las miradas. Entramos en un salón privado. Cerré la puerta. ‘Aquí mando yo. Quítate la camisa. Despacio’. Él obedeció, ojos brillantes de adrenalina. Mi coño ya palpitaba. Le puse la mano en el pecho, sintiendo su corazón acelerado. ‘No hablas. Solo obedeces. ¿Entendido?’. Asintió, polla ya dura bajo los pantalones.

La decisión de conquistarlo

Lo empujé contra la pared, besándolo con furia, mordiendo su labio. Bajé la cremallera, saqué su polla gruesa, venosa, palpitante. ‘Mira lo que tengo para ti’, murmuré, apretándola. Se le escapó un gemido. Me arrodillé, pero no para complacerlo del todo. La lamí desde la base hasta la punta, saliva chorreando, mirándolo fijamente. ‘Ahora, fóllame la boca como te diga’. Empujó, pero yo controlaba el ritmo, ahogándome a medias, gimiendo para volverlo loco. Me levanté, me quité el vestido verde corto, quedando en tanga y tacones. ‘En la mesa, boca arriba’. Obedeció. Me subí encima, restregando mi coño mojado contra su cara. ‘Lámeme, hazme correrme primero’. Su lengua entró en mi clítoris, chupando fuerte, dedos en mi ano. Grité, ‘¡Más profundo, joder!’. Me corrí temblando, jugos en su boca.

El dominio total en la suite

No esperé. Giré, cabalgué su polla de un golpe, toda dentro de mi coño apretado. ‘¡Fóllame duro, pero yo marco el paso!’. Subía y bajaba, nalgas golpeando sus muslos, tetas rebotando. Él gemía, manos en mis caderas, pero yo las aparté. ‘¡No toques!’. Cambié, lo puse a cuatro, metí su polla en mi culo lubricado con mi saliva. ‘¡Empújala toda, cabrón!’. Entraba y salía, estirándome, dolor-placer brutal. Lo monté de lado, luego misionero invertido, clavándome hasta el fondo. ‘¡Córrete cuando yo diga!’. Sentí su polla hincharse, mis paredes apretando. ‘¡Ahora!’. Eyaculó dentro, chorros calientes llenándome, yo corriéndome otra vez, uñas en su pecho.

Me aparté, jadeante, su semen goteando de mi coño y culo. Él tirado, exhausto, mirándome como un cachorro. Me vestí despacio, sonriendo. ‘Has sido bueno. Pero yo decidí todo’. Le di un beso en la frente. ‘Vuelve a pedírmelo cuando quieras obedecer’. Salí, piernas temblando de poder. Esa noche, lo hice mío en su mundo de poder. Adrenalina pura, control total. Me siento invencible.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to Top