La noche que tomé el control total en el camping salvaje

Es gracioso pensarlo ahora. Nada lo anunciaba. Éramos seis, tres parejas. Una tienda enorme junto a un arroyo en las montañas, ese rollo despreocupado de los veintitantos. El camping salvaje fue idea de Nina. Su chico, Luis, encontró el sitio perfecto, escondido pero cerca de la carretera. Para mear en el bosque sin problemas.

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Yo con Mateo desde hacía dos años. Estables, ya sabes. No discutíamos mucho, follábamos de vez en cuando. No era pasión loca, pero me bastaba. O eso creía. Carla y Julio completaban el grupo. Ella punzante, irónica; él tipo oso callado, siempre con una birra o el fuego encendido. Amigos del insti, habíamos compartido noches, porros, secretos. Pero nunca más.

Decidí que sería mío y dicté las reglas

Llegamos al atardecer. Montamos la tienda, Julio luchando con el hornillo. Nina se quitó medio ropa para bañarse en el río, Carla quejándose de mosquitos. Yo… sentía que la noche sería eterna. Odio los espacios cerrados, toda esa aliento caliente junta. Me ponía nerviosa.

Pero Luis sacó patatas fritas, Julio el cubo de vino tinto. En un rato, charlas de críos como en el insti. Entonces Nina, ya achispada: “¿Conocéis ese juego tonto? Roles y reglas, o algo…”. Carla rió: “Lo jugué en una fiesta. Fui secretaria de un abogado vicioso. Terminé de rodillas leyéndole el código penal”. Todos reímos. Julio sonrió de lado. Sentí un cosquilleo.

Luis propuso: “¿Lo hacemos? Sin castigos raros, por divertirnos”. Nadie dijo no. Nina escribió roles en papeles: profe/alumna, jefe/empleado, enfermero/paciente, ladrón/policía, amo/esclava. Mezclamos en un bol vacío. Yo con Luis: profe/alumna. Perfecto para lo que vendría.

Empezamos. Risas, escenas cortas. Pero la tensión creció. Nina mordiendo a su Luis –no, al otro–. Carla susurrando “sí, amo”. Mateo la miró demasiado. Yo vi a Luis morderse el labio. El juego se torcía. Y yo… decidí. Luis sería mío. Lo miré fijo mientras hacíamos nuestra escena bajo el toldo de la tienda.

Lo follé duro, dirigiendo cada embestida

“Eres mi profe… suspendí y quiero negociar”, le dije bajito, rozando su pierna con la mía. Él tragó saliva. “¿Todo por la nota?”. Su voz ronca. Me acerqué más, mi mano en su muslo. “Sí. Lo que haga falta”. El aire olía a pino y vino. Oí gemidos de Carla con Mateo cerca. No miré. Toqué la polla de Luis por encima del pantalón. Dura ya. “Quítatelo”, ordené. Dudó un segundo. “¿Segura?”. “Hazlo. Yo mando ahora”.

Se bajó el short. Polla tiesa, gruesa, venosa. La agarré firme, piel caliente contra mi palma sudorosa. Todos miraban, pero yo ignoré. Lamí la punta, salada, pre-semen. La chupé hondo, garganta apretada, saliva goteando. Él gimió: “Joder…”. Le metí los huevos en la boca, mordisqueando suave. “No te corras aún. Aguanta”.

Me quité la braguita, empapada. Coño palpitante, jugos bajando por muslos. Lo empujé al suelo. “Túmbate”. Obedeció, ojos brillantes. Me subí encima, frotando su polla contra mi raja húmeda. “Mírame. Vas a follarme como yo diga”. Bajé despacio, su cabeza abriéndose paso. Llenándome. “Ahh… sí”. Empecé a mover caderas, lento al principio. Sus manos en mis tetas, pezones duros como piedras. Los pellizcó. Aceleré, polla golpeando fondo. “Más fuerte, cabrón”. Reboté, culo chocando contra sus huevos. Sudor mezclado, olor a sexo crudo.

Lo giré, ahora él encima, pero yo guiaba: “Despacio… ahora rápido”. Gemí fuerte cuando rozó mi punto G. “No pares. Fóllame el coño hasta que diga basta”. Oí a Nina gimiendo cerca, Julio en Carla. Mateo nos veía, polla dura. Pero yo mandaba aquí. Luis jadeaba: “Me corro…”. “No. Espera”. Lo saqué, me puse a cuatro patas. “Ahora el culo. Lubrícalo con mi coño”. Escupió, entró lento. Quemaba, estirándome. “¡Joder, sí! Más adentro”. Me folló anal, manos en caderas, yo empujando contra él. Orgasmo me pilló: coño contrayéndose vacío, culo apretándolo. Él se corrió dentro, chorros calientes llenándome.

Me quedé ahí, jadeando, su semen goteando. Lo miré: rendido, sudoroso. Sonreí. Lo había tenido todo. Mi cuerpo zumbaba de poder. Mateo se acercó, pero yo ya era dueña de la noche. Ninguno me paraba. Yo decidía. Esa adrenalina… inolvidable. Poder puro, viendo cómo sucumbía. Y quise más.

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