Soy Luisa, 39 años, contable, casada con Juan desde hace 17. Cuerpo menudo, tetas firmes en pera que me enorgullecen. Esa noche en la fiesta del ayuntamiento, los niños con los abuelos, Juan se fue temprano, cansado. Me quedé sola en la mesa. Ahí apareció Rodrigo, el nuevo director de la escuela del pueblo. Italiano, 31 años, mismo tamaño que mi marido, pero con ese encanto sureño que te calienta la sangre.
Se sentó, pidió una cerveza. Me contó su divorcio de una tóxica que lo dejó seco. Solitario, obligado a la fiesta por su puesto. Bailamos rock, java, pero en el slow… uf, sentí su polla dura contra mi vientre. Se apartó rápido, decente. Pero yo noté el fuego. Al día siguiente, le conté a Juan. Él bromeó: ‘La próxima, lánzate’. Me quedé mirándolo. ¿En serio?
La tensión sube y decido que es mío
Días después, me pide ayuda con las cuentas de la escuela. Voy, dossiers en mano. Café en su piso de función. Huele a su colonia discreta, la misma de la fiesta. Terminamos pronto. Pone música, me invita a bailar. Slow de Paul Anka. Me pega a él, esta vez no se aparta. Su verga palpita contra mí. Me reculo. ‘Rodrigo, ¿estás cachondo por mí?’. Él confiesa: ‘Sí, desde esa noche fantaseo contigo’. Le acaricia la espalda, baja a mis nalgas. Mi moral grita ‘vete’, pero el calor sube. ‘Mi marido lo sabe, dice que si pasa, que sea discreto’. Él: ‘Entonces, bailemos’. Me besa suave. Abro la boca, lenguas se enredan.
Pero yo tomo el mando. ‘Para’. Lo miro fijo. ‘Vas a ser mío ahora. Nada de cama. Aquí, de pie, contra la mesa. Tú obedeces’. Sus ojos brillan, excitado. ‘Sí, Luisa’. Desabrocho mi vestido delantero –elegí este por algo, ¿eh?–. Baja mi braga. Me arrodilla, besa mi ombligo, lame bajando. Nariz en mi pubis, manos en culos. Dedos suben por muslos, tocan mi coño húmedo. ‘Estás empapada’, murmura. Un dedo roza clítoris, entra suave. Gimo.
El polvo brutal donde mando yo
Me levanto, lo empujo a la mesa. ‘Quítate pantalón’. Su polla sale tiesa, gruesa, venosa. La admiro un segundo. Me giro, apoyo manos en mesa, cambréo riñones, abro piernas. ‘Entra ya, pero despacio. Y no corras’. Su glande recorre mi raja, empuja. ‘Joder, qué prieta’, gime. Pubis contra mis nalgas. Empieza a bombear. ‘Más fuerte, pero yo marco ritmo’. Resuelvo muslos, lo aprieto. Sus manos en caderas, acelera. Mi coño chupa su verga, olas suben. ‘¡Sí, fóllame así!’. Él ruge ‘Luisaaa’, eyacula caliente dentro. Yo exploto, piernas tiemblan. Me sujeta, caigo en silla, fluidos chorreamos.
Lloro un poco, remordimientos. ‘No debimos’. Él consuela: ‘Fue natural, solo sexo’. Ducha juntos. Me enjabona, su polla dura otra vez contra mi espalda. Me excita. ‘Ahora en la cama, pero yo arriba’. Lo arrastro. Besos en tetas, clítoris chupado hasta gemir. Monto su polla, cabalgo salvaje. ‘¡Mía, toda mía!’. Control total, lo ordeño hasta vaciarlo. Orgasmos brutales.
Salgo eufórica. Juan nota mi brillo. Le cuento todo. Él duro como piedra. ‘Me encanta que mandes’. Esa noche, lo follo igual. Poder total. Conseguí lo que quise: conquista, control, placer puro. Rodrigo sucumbió. Yo soy la jefa.