Seducí al médico y lo follé como quise: mi noche de control total

Estaba en esa sala de espera de mierda, con el culo pegado a una silla dura, oliendo a desinfectante rancio. Hacía una hora que esperaba, fiébre leve, picor en el coño y unas manchas raras en las bragas. Nueva en esta ciudad pequeña, profesora de literatura, pero yo no soy de las que se acojonan. Entré al despacho del doc, un tipo alto, delgado, con manos finas y ojos que ya me escaneaban.

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—Pasa, señora. Primera vez, ¿verdad? —me dijo, mirando la pantalla.

La decisión: él sería mío esa noche

—Sí, doctor. Vamos al grano. Tengo fiebre, 38, y… algo en el bajo vientre. Picor, humedad rara.

Me miró, sonrió leve. Me hizo las preguntas de rutina, peso, tensión. Luego:

—Desnúdate del todo en la sala de al lado.

Entré, me quité todo sin prisa. Culotte negra, sujetador push-up. Se notaba que le ponía. Yo ya lo tenía en la mira. Suspiré, me tumbé en la camilla, abrí las piernas en los estribos. Él entró, guantes puestos, lámpara en la frente.

—Relájate —murmuró, abriéndome el coño con el espéculo.

Sentí sus dedos fríos en mis labios, el metal frío entrando. Pero yo… yo empecé a mojarme adrede. Su aliento caliente en mi clítoris, sus mejillas rozando mis muslos. Él tragó saliva, vi cómo se le ponía dura bajo la bata.

—¿Te gusta lo que ves, doctor? —le solté, voz ronca.

Se quedó tieso. Sacó el espéculo, me palpó el clítoris. Yo gemí bajito, pero fuerte.

—No es profesional… —balbuceó.

—Calla. Esta noche eres mío. Te voy a follar hasta que supliques. Quita los guantes.

Se los quitó, temblando. Yo me incorporé, le bajé la cremallera de los pantalones. Su polla saltó, dura como piedra, venosa, goteando pre-semen. La agarré fuerte, la apreté.

—Ahora, lame mi coño. Hazlo bien o te dejo con las ganas.

Se arrodilló entre mis piernas, lengua plana en mi raja. Lamía despacio, chupando el clítoris. Yo le clavé los talones en los hombros, le empujé la cabeza.

—Más rápido, joder. Chupa como si fuera tu puta cena.

Él obedecía, jadeando. Mi coño chorreaba, olía a sexo puro. Lo levanté, lo besé mordiendo su labio.

—A la camilla. Túmbate.

Follada brutal: yo mandaba en cada embestida

Lo empujé, le arranqué la bata. Polla tiesa, huevos pesados. Me subí encima, froté mi coño mojado en su tronco. Él gemía:

—Por favor…

—Pide. Dime que quieres que te folle.

—Fóllame, por Dios…

Bajé despacio, su polla abriéndome el coño centímetro a centímetro. Llenándome, rozando mi punto G. Empecé a cabalgar, lento al principio, subiendo y bajando, mis tetas rebotando. Él me agarraba las caderas, pero yo le até las manos con su corbata.

—No toques. Yo mando.

Aceleré, polla golpeando mi fondo, coño apretándolo como un puño. Sudor en su pecho, mis jugos chorreando por sus huevos. Lo giré, a cuatro patas él debajo. Le metí los dedos en el culo mientras rebotaba.

—¿Te gusta, cabrón? Tu ano virgen para mí.

Gimió alto, polla palpitando. Cambié, lo puse de lado, una pierna mía sobre él, embistiéndome yo misma. Clítoris frotando su pubis.

—Córrete dentro, lléname el coño.

Él explotó, semen caliente inundándome, contracciones salvajes. Yo seguí, ordeñándolo hasta la última gota, mi orgasmo rompiéndome en olas, gritando su nombre.

Me bajé, coño goteando su leche. Él jadeaba, roto.

—Límpialo con la lengua.

Obedeció, lamiendo su propio semen de mi raja. Me vestí, sonriendo.

—Volveré. Prepárate.

Salí, piernas temblando de poder. Lo había tenido a mis pies, follado a mi ritmo. Esa adrenalina, ver su polla rendida en mi coño… pura dominación. Mañana, más.

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