Estaba en esa fiesta en la casa perdida, con el bajo retumbando de sus Marshall. El tipo, Léo, el guitarrista, se había largado al pontón del estanque. Lo vi desde lejos, sentado ahí, con la mirada perdida en las estrellas, garabateando letras en su cabeza. Siempre igual, ausente, como si el mundo no existiera. Sus colegas lo arrastraban a todo, pero él… nada. Me picó el gusanillo. Esa noche decidí que sería mío.
Me acerqué sin prisa, el aire fresco del estanque me erizaba la piel. Me senté a su lado, saqué un cigarro. ‘¿Quieres uno?’, le dije, tendiéndole el paquete. Él parpadeó, sorprendido, como si yo fuera un espejismo. ‘Eh… no fumo’, murmuró, devolviéndomelo. Silencio. Yo encendí el mío, aspiré hondo, el humo saliendo lento. No se movía, pero yo notaba su calor a centímetros. Empecé a hablar, de poesía, de libros raros, nada de música ni groupies. Él respondía con monosílabos al principio. ‘¿Qué lees ahora?’, insistí. Poco a poco, mordió el anzuelo. Hablamos horas, la fiesta se apagó, el alba asomaba. Pero yo ya lo tenía en la mira.
La tensión que me encendió
La tensión crecía, el frío nos pegaba más. Le puse la mano en el muslo, casual. ‘Hace frío, ¿no?’, susurré. Él se tensó, pero no se apartó. Lo miré fijo: ‘Esta noche mando yo. Tú solo sígueme’. Sus ojos se abrieron, duda, pero excitación. ‘Vale…’, balbuceó. Lo besé duro, lengua dentro, mordiendo su labio. Mis manos bajaron su cremallera, saqué su polla semi-dura. Ya palpitaba. ‘Mírame’, ordené. ‘Vas a darme lo que quiero’. Él asintió, jadeando.
Lo empujé contra el pontón, madera crujiendo. Le bajé los pantalones de un tirón, su polla saltó tiesa, venosa, goteando ya. Me quité las bragas, subí la falda. ‘Abre las piernas’, le dije. Me senté a horcajadas, frotando mi coño húmedo contra su punta. ‘Siente cómo te mojo’. Bajé despacio, su polla abriéndose paso en mi coño apretado, centímetro a centímetro. ‘Joder… qué prieta’, gimió él. Yo reí bajito: ‘Cállate y fóllame como te diga’. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozándome las paredes, mi clítoris chocando contra su pubis. Aceleré, tetas botando, sudor perlando mi piel. ‘Más fuerte, cabrón’, gruñí, clavándole las uñas en el pecho.
El clímax donde mandé yo
Lo giré, ahora él de rodillas. ‘Chúpame el coño primero’. Le embutí la cara entre mis muslos, su lengua torpe al inicio, lamiendo mi flujo salado, chupando mi clítoris hinchado. ‘Así, joder, no pares’. Gemí fuerte, el estanque testigo. Luego, ‘Métemela por detrás’. Me puse a cuatro, culo en pompa. Su polla entró de golpe, dura como hierro, follándome profundo. ‘¡Dale, rómpeme el coño!’, exigí. Él obedecía, embistiéndome, huevos golpeando mi clítoris. Cambié: lo tiré boca arriba, me subí otra vez, rebotando salvaje. ‘Voy a correrme, no te corras aún’. Mi orgasmo explotó, coño contrayéndose alrededor de su polla, jugos chorreando por sus bolas. ‘Ahora tú, dentro’. Él se corrió bramando, leche caliente llenándome, desbordando.
Nos quedamos jadeando, su polla aún en mí, palpitando. Lo miré, sudoroso, roto. ‘Lo has hecho bien, chico’. Me aparté, su semen goteando por mi muslo, caliente y pegajoso. Sentí el poder, esa adrenalina de haberlo conquistado, de dictar cada gemido, cada embestida. Él me miró rendido: ‘Eres… increíble’. Sonreí, segura. Esa noche, el pontón fue mío, él fue mío. Y supe que volvería por más.