Estaba harta de ese viejo notario, con su aliento rancio y sus manías por el culo. Yo, Gwendoline, de la nobleza périgourdina, casada por deudas en ese château olvidado de Montsac. Pero cuando vi llegar al chevalier de Laspalès por la ventana de la cour, su figura alta, fuerte, con esa mirada que me desnudaba… Decidí: él sería mío. No al revés. Lo observé meses, son sombrero elegante, sus bigotes finos. La tensión subía cada fin de mes. Preparé el terreno: corsé apretado, escote profundo, flores en las jardineras como excusa.
Ese día, lo vi entrar. Me incliné, dejando que viera mis tetas blancas, duras. Él se paró, hipnotizado. Dejé caer mi pañuelo. Lo recogió, lo olió, besó… y lo lanzó arriba. Lo metí entre mis pechos, son beso quemándome la piel. Mi coño ya chorreaba. Pero yo mandaba. Esa noche, lo esperé en mis aposentos. Entró sigiloso, se arrodilló. ‘Madame, me muero por usted…’, murmuró. Lo miré fijo. ‘Silencio, chevalier. Aquí mando yo. Quítate la ropa. Despacio.’ Temblaba, pero obedeció. Su polla saltó, gruesa, venosa, ya tiesa. Sonreí. ‘De rodillas. No me toques hasta que yo diga.’ La adrenalina me palpitaba en las venas. Él jadeaba, mirándome como un perro hambriento.
La decisión de conquistarlo
Lo acerqué a la cama. ‘A cuatro patas, como yo quiero.’ Se sorprendió, pero se puso. Le até las manos con mi liga de seda. ‘Hoy aprenderás a suplicar.’ Me quité el vestido, quedé en corsé y culotte abierta. Mi culo perfecto, redondo, lo rozó. Gemí bajito, sintiendo su aliento caliente. ‘Lame mi coño primero. Despacio, lengua adentro.’ Se lanzó, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios mojados. ‘¡Más profundo, joder! Sí, así…’ Arqueé la espalda, mis jugos le empapaban la cara. Pero no lo dejé parar. ‘Ahora mi culo. Métela toda.’ Su lengua entró en mi ano apretado, caliente, resbaladizo. Yo gemía, controlando el ritmo: ‘Para… más rápido… ¡bueno, cabrón!’
El clímax de mi dominio
Lo volteé. Su polla palpitaba, enorme, el glande morado. ‘Chúpamela tú ahora? No. Yo decido.’ Me subí encima, frotándola contra mi coño empapado. ‘Mírame a los ojos.’ Bajé despacio, tragándomela entera. ‘¡Ahhh, qué polla dura!’ Cabalgué fuerte, tetas rebotando, uñas en su pecho. ‘No te corras hasta que yo diga.’ Él gruñía: ‘Por favor, Gwendoline… déjame…’. Aceleré, mi coño apretándolo, ordeñándolo. Cambié: ‘A cuatro patas otra vez. Voy a follarte el culo yo.’ Ungüento en mis dedos, se los metí, uno, dos. Él aullaba de placer-dolor. Luego mi mano, masturbándolo mientras lo penetraba. ‘¡Córrete ahora, puta!’ Explotó, leche espesa salpicando las sábanas.
Me corrí después, olas brutales, gritando. Él exhausto, sudado, roto. Me bajé, besé su polla flácida. ‘Has sido bueno. Vuelve cuando yo mande.’ Sentí el poder: lo había conquistado, dirigido cada embestida, cada gemido. Mi coño y culo satisfechos, él mío para siempre. Esa noche en Montsac, bajo la luna, supe: yo controlo el placer. Y lo repetiría, con él… o quien siguiera.