Estoy aquí, en mi cama, con las piernas abiertas, tocándome despacito mientras recuerdo esa noche. Mi coño palpita solo de pensarlo. Él dormía en la habitación de al lado, pero yo… yo no podía esperar más. Siempre he sido así, fuerte, segura, con ganas de cazar y dominar. Ese chico, tan tímido, ex de mi amiga Manu, me volvía loca. Veinte años, inexperto, con esa mirada de cachorro perdido. Lo vi en sus ojos: me deseaba en secreto. Y yo decidí que esa noche sería mío.
Habíamos estado charlando en mi cuartito de la banlieue, té en mano, música suave. Él se levantaba cada rato al baño, nervioso, rojo como un tomate. Yo lo miraba, sonriendo por dentro. ‘Creo que me estoy enamorando’, le solté de repente, mirándolo fijo. Se quedó mudo, el pulso acelerado. ‘¿De quién?’, balbuceó. ‘¿Tú qué crees?’, respondí, acercándome. Nuestros labios se rozaron. Fue eléctrico. Lo empujé al colchón, me subí encima. Mis tetas rozaban su pecho, mi culo presionaba su polla ya dura bajo el pantalón. ‘Quiero tus manos en mí, en todas partes’, le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Él temblaba, obedecía. Le desabroché el sujetador sin pedir permiso, saqué las tetas. Pesadas, con pezones duros. ‘Chúpalas’, ordené. Su boca se lanzó, lamiendo, succionando. Yo gemía bajito, controlando el ritmo, apretando su cabeza contra mí.
La tensión que me hizo decidir: él sería mío
La cosa escaló rápido. Lo desvestí yo, saqué su polla tiesa, palpitante. ‘No te corras aún, ¿eh?’, le advertí, acariciándola despacio. Olía a hombre, a sudor de huevos. Me encantó. Me quité el pantalón, la braguita empapada. Mi coño peludo, jugoso, listo. ‘Mírame bien’, le dije, abriendo las piernas sobre su cara. Él jadeaba. Bajé, restregando mi chochito en su boca. ‘Lámeme, hazme correr’. Su lengua torpe al principio, pero yo lo guiaba: ‘Más adentro, chupa el clítoris… sí, así’. Me corrí fuerte, ahogándolo en mi leche, gritando ‘¡Joder, sí!’. Él lamía todo, desesperado.
El sexo brutal donde yo mandaba en todo
No paré. Lo puse a cuatro patas, no, yo decidí: yo arriba. Capote puesto, me empalé en su polla dura. ‘Ahora yo mando’, gruñí, cabalgándolo salvaje. Subía y bajaba, mis tetas botando, mi culo chocando contra sus muslos. ‘¡Fóllame tú? No, yo te follo a ti’. Él gemía ‘¡Nadja, tu coño… es increíble!’. Aceleré, apretando con mi vagina, ordeñándolo. Lo volteé, lo puse de lado, le metí un dedo en el culo mientras lo montaba de reversa. ‘¿Te gusta? Dime que sí’. ‘¡Sí, joder!’. Me corrí otra vez, empapándolo todo. Él no aguantó, se corrió dentro del condón, gritando mi nombre.
Después, sudados, exhaustos, lo abracé. Lo había conquistado, lo había hecho mío del todo. Sentí ese poder, esa adrenalina de verlo rendido, suplicando más. ‘Eres mío ahora’, le susurré. Y lo era. Esa noche cambió todo. Hoy, años después, seguimos follando como animales, pero recuerdo esa primera vez como mi victoria total. Mi coño manda, siempre. Y él… él solo obedece.