Desde el primer día, supe que Lionel no era un alumno cualquiera. Ese mirada oscura, ardiente, clavada en mí mientras me presentaba en la clase de física. Diecinueve años, pelo negro revuelto, sentado en la segunda fila. Yo, con mi falda corta negra y blusa roja que apenas contenía mis tetas firmes. En esta uni solo para chicos, les flipa ver a una profe como yo enseñando quarks y partículas.
Soy menuda pero con curvas letales: caderas anchas, piernas largas, tetas altas y redondas que no pasan desapercibidas. No soy una puta, trabajé duro para ser profe a los 33. Pero me encanta el efecto que causo. Me inclino sobre sus cuadernos, rozo su hombro… y Lionel, joder, él reacciona diferente. Calor en su voz, ojos que me desnudan. Me pone a mil.
La Mirada que Me Hizo Decidir Tomar el Control
Mitad de curso, estoy harta. Mi ex americano me jode la vida, alumnos cabrones, migraña… y él, siempre quedándose después de clase con excusas tontas. Ese día, la clase sale en tropel, ruido bajando. Abro los ojos en mi mesa: ahí está, alto, hombros rectos, mochila al hombro.
—¿Estás bien, profesora? —pregunta, voz suave, fositas en sonrisa.
Se acerca, abre cuaderno. Sé que lo pillo. Me inclino, explícame pacientemente… pero explota.
—Joder, Lionel, sustituye la variable, ¡es fácil! No finjas, sé que te pongo cachondo. Para el jueguito, ¿vale? Si quieres hablar, sé hombre.
Sus ojos se abren, cejas arriba. Me arrepiento un segundo, pero su cara tan cerca, aliento caliente en mi boca. Avanzo, labios rozan los suyos. Suave al principio, como mariposa. Luego pego más, y más. Salto: —¡Lionel, qué…! —roja, temblando, cojo bolso y salgo corriendo.
Una semana después, fin de clase. Queda solo. Camino hacia él, levanto cabeza, mano en nuca, tiro de él. Lo beso mordiendo, salvaje. Deja mochila, brazos me aprietan fuerte, lenguas enredadas. Calor de su cuerpo joven me enloquece.
—Llámame Serena, coño.
Voy a puerta, la cierro con llave. Él detrás, manos en mi cintura, mordisquea cuello. Tiemblo, ojos cerrados. Lo arrastro a mesa, grande y sólida. Me siento borde, tiro de su camisa. Se echa sobre mí, delicioso peso.
Follada Brutal: Yo Mandando en Cada Empuje
Cojo su muñeca, guío entre mis muslos. Abro piernas: —Toca aquí, chico. —Dedos rozan mi tanga negra, la aparta, entra uno en mi coño ardiendo. Gimo, cabeza atrás. Acelera, añade dedo, dos, tres. Me dobla, ondulo cadera. Besos en cuello, hombros.
—Para —digo, tierna. Manos en su paquete duro. Tiembla. Abro cremallera, meto mano en bóxer. Toque pubis caliente, agarro su polla tiesa, gruesa. La meneo lento, base a glande, subo ritmo. Jadea, sudor en frente. Desabrocha mi blusa, quita sujetador. Acelero, ¡zas!, cierra ojos, gime profundo, se corre en mi mano, espasmos.
No acaba. Lo tumbo en mesa, quito tanga chorreante, falda. Nuestros trapos al suelo. Lo miro: hombros anchos, pecho duro, vientre plano. Bajo su bóxer, polla salta dura otra vez. Me monto, ¡ahhh!, entra profundo en mi coño mojado. Perfecto, como hecho para mí. Gime, manos en caderas, subo bajo yo.
Se incorpora, desabrocha sujetador. Tetas libres, pezones duros. Enterra cara, chupa derecho, lengua gira. Cambio a izquierda, gimo: —¡Lionel, hazme gritar!
Lo empujo lado, él de pie. Me penetra lento, sale casi todo, ¡plaf!, más hondo. Acelera, pelvis contra muslos. Manos en tetas, aprieta fuerte. Coño aprieta su polla, orgasmo brutal. Grito su nombre, él eyacula dentro, último embiste.
Caigo jadeante en sus brazos, sudor, corazones locos. Poder total, lo conquisté, lo hice mío. Pero ruido en puerta. Director Trudel, mano en pantalón, pajéandose.
—Serena… Podría despedirte.
Miro su polla, luego nosotros. Sonrío: —Arreglemoslo, ¿no? Yo mando aquí.