Ay, chicas, os lo cuento como si acabara de pasar. Estaba en mi tienda de bicis, sola, un poco aburrida. Suena la campanilla y entra este chaval joven, digamos unos 20 tacos, flaco pero atlético del ciclismo. Pide un culotte, tartamudeando. Le miro de arriba abajo, eh… tímido, nervioso, con esa cara de no haber roto un plato. Le digo que me siga al fondo, al cuartito de atrás. Le doy varios culottes, tallas mixtas. ‘Pruébatelos ahí, no hay probador’, le suelto seca.
Se queda parado, esperando que me vaya. Ja, ni loca. Le miro fijo, cruzada de brazos, mi blusa un poco desabotonada, mis tetas grandes asomando. Se gira, se baja el pantalón rápido, pero el culotte le aprieta. Oigo su respiración agitada. ‘¿Ya encontraste talla?’, grito desde la cortina. Entra de golpe, me planto delante. ‘Quítate el slip, se lleva sin nada debajo’, le ordeno, mirándole a los ojos. Se pone rojo como un tomate. ‘No puedo delante de ti…’, balbucea.
La decisión de hacerlo mío
Me acerco, me agacho. Veo su paquete apretado. ‘¡Venga, hazlo ya o me enfado!’, digo con voz dura pero juguetona. Él duda, tiembla. Le agarro el culotte y el slip de un tirón, bajándolos. ¡Zas! Su polla salta libre, medio dura ya, gorda, venosa. ‘¿Te pongo yo así?’, le digo riendo bajito, oliendo su sudor fresco de ciclista. Se queda mudo. La cojo en mi mano, suave, la acaricio de arriba abajo. Sus huevos pesados en mi palma. Gime bajito. ‘Qué polla más rica, chaval’, le susurro, acelerando el movimiento. Late fuerte, se hincha. En dos minutos, ¡pum! Me corre en la blusa, chorros calientes en mis tetas. ‘¿Primera vez?’, pregunto sonriendo. Asiente, avergonzado.
‘Pues yo te enseño, pero a mi manera’, le digo. Me quito la blusa, desabrocho el sujetador. Mis tetas blancas, venosas, pezones duros. Le empujo la cabeza: ‘Límpialas con la lengua’. Él obedece, lame ansioso, mordisquea. Sabe a mi piel salada, a su propia corrida. Me siento en el sofá viejo, subo la falda. ‘Quítame las bragas, despacio’. Las aparta, mi coño rasurado, ya húmedo, labios hinchados. ‘Ahora agáchate y chúpame bien’. Le planto la cara en mi entrepierna. Su lengua torpe al principio, pero aprende rápido. Lamía mis labios, metía la lengua dentro, nariz en mi clítoris. Olía a mi excitación fuerte, jugos calientes. Gimo: ‘Así, más profundo… ¡joder, sí!’. Me corro en su boca, temblando, agarrándole el pelo.
El polvo intenso bajo mi mando
Le levanto: ‘Ahora fóllame’. Me tumbo, abro las piernas. Cojo su polla tiesa, la meto en mi coño chorreante. ‘Despacio al principio’, mando, manos en su culo. Nuestros pubis chocan, sudor mezclándose. ‘¡Más rápido, cabrón! ¡Fuerte!’, grito. Él obedece, embiste como loco. Mis piernas lo envuelven, talones en sus muslos. Siento su polla gruesa rellenándome, rozando mi punto G. Grito: ‘¡No pares, dame todo!’. Nos corremos juntos, su leche caliente inundándome, mis paredes apretándolo. Jadeamos, pegados.
Se queda flácido dentro, mirándome. ‘Ese culotte te queda pequeño, cómpralo igual’, le digo riendo, limpiándome. Sale tartamudeando, paga y se va. Yo, con mi coño satisfecho, sonrisa de reina. Esa adrenalina de conquesta, de ver cómo sucumbe… puro poder. Nunca volvió, pero yo gané ese día.