Acabábamos de salir de la hibernación en esta puta nave rumbo a Proxima. Heinrich, mi compañero sueco, estaba ahí, medio atontado, mirándome con esos ojos que ya sabían lo que habíamos follado antes. Pero hoy… hoy yo decidí que sería diferente. Yo mandaría. Lo vi saliendo de su sarcófago, desnudo, con la polla floja colgando. Me puse el top de deporte, dejando el culo al aire, redondo y firme. Él se acercó, babeando: ‘¡Qué culazo!’. Yo, sin girarme, le solté: ‘Cállate y ven aquí’. Mi voz salió ronca, segura. Sentí la adrenalina subiendo, el calor entre las piernas. Lo quería mío, que se rindiera.
Me di la vuelta, lo agarré por la nuca y lo besé fuerte, metiendo la lengua hasta el fondo. Él respondió, pero yo lo empujé contra la pared. ‘Hoy yo decido, Heinrich. Tú solo obedeces’. Sus ojos se abrieron, excitado, confundido. ‘Susan, ¿qué…?’ ‘Ni Susan ni hostias. Quítate las manos de encima’. Le bajé la polla con la mano, ya semi-dura, y apreté. ‘Vas a ponerte como una piedra para mí’. Él jadeó: ‘Sí… lo que quieras’. Perfecto. La tensión me mojaba el coño, cyprina chorreando por los muslos. Lo llevé a la cabina, lo tiré en la couchette. ‘No te muevas. Mira cómo te voy a follar’.
La tensión que me encendió
Me subí encima, agachándome. Su polla ya dura, venosa, el glande asomando. La sopesé, la apreté suave. ‘Mira qué floja estaba… ahora mírala’. La destapé, pasé el dedo por la vena gorda hasta las huevos. Goteaba pre-semen. Me la metí en la boca, lamiendo el meato. Él gimió: ‘Joder, Susan…’. Chupé fuerte, subiendo y bajando, hasta que estuvo tiesa del todo. La saqué, brillante de saliva. ‘Ahora frota mi coño con esto’. Me puse a horcajadas en sus muslos, restregando mi chocho empapado contra su verga. Intenté meter el glande entre los labios, pero no entraba fácil. Frustrada, la agarré yo: ‘Así, contra mi clítoris’. La usé como un dedo, frotando, metiendo en mis labios para lubricarla, volviendo al clito. Subía y bajaba el culo, gimiendo. Él intentaba moverse, pero le clavé las uñas: ‘Quieto. Yo mando’.
Cuando no aguanté más, me levanté y me empalé de golpe. ‘¡Ahhh!’. Su polla gruesa me llenó el coño hasta el útero. Manos en sus hombros, subí y bajé, clac-clac de mi pubis contra el suyo. ‘Fóllame tú ahora, pero como yo diga’. Él empujó desde abajo, fuerte. Orgasme me pilló rápido, temblando. No paré. Lo giré de lado, contraje el coño alrededor de su polla medio floja. Besos calientes, lengua en su boca. Se puso dura otra vez. Susurré: ‘Ahora mi culo. Quiero que me lo metas’. Él dudó: ‘¿Segura?’. ‘¡Encúlame ya!’. Me puse de rodillas, culo alto, piernas abiertas. Él lubrificó con mi cyprina, metió dedos. Gemí: ‘Más…’. Tres dedos dentro, girando. Dolía un poco, pero mandaba yo. ‘Métemela despacio’. Apoyó el glande en mi ojete, empujó. Entró el nudos, me abrí. ‘¡Joder, qué prieta!’. Ondulé el culo para tragármela entera. Sus huevos contra mi coño.
El placer que yo mandaba
Empezó a moverse, suave. ‘Más rápido, cabrón’. Él aceleró, follándome el culo mientras yo me tocaba el clítoris y metía dedos en el coño. Sentía su polla palpitando a través de la pared, ramoneándome. Bruitacos: flic-floc de lubricante, splashes de carne. ‘¡Más! ¡Dame lechada dentro!’. Él gruñó, clavándome los dedos en las caderas. Orgasmo tras orgasmo, el culo ardiendo de placer. Él explotó, llenándome las tripas de semen caliente. Caí exhausta, riendo. ‘Sal con un spluff’. Miré su cara: rendido, mío.
Después, ducha seca, abrazados. Me sentía poderosa, invencible. Lo había conquistado, dirigido cada polvazo. ‘Ahora sabe quién manda’. Él sonrió: ‘Siempre tuyo’. La adrenalina de controlarme todo… adictiva. Si Proxima nos espera o no, me la suda. Yo ya gané.