Me llamo Lucía, tengo 35 años, viuda, con una hija de 10. Vivo en un barrio de Madrid, de esos donde todos se conocen. Ese día, mi pequeña se cayó con la bici de un crío, la maneta del freno le clavó en el muslo. Sangre por todos lados. Un chico, Javier, de unos 18, alto, bien puesto pero con cara de no haber roto un plato, la ayudó. Le hizo presión en la arteria femoral, llamó a emergencias. Los médicos dijeron que le salvó la vida.
Lo busqué días después. ‘¡Mamá, es él!’, gritó mi niña al verlo. Me acerqué, le cogí las manos. ‘Gracias, sin ti mi hija muere’. Él, rojo como un tomate, balbuceaba ‘No es nada’. Era perfecto: tímido, guapo, inexperto. Lo invité a casa. ‘Ven, cuéntame cómo pasó’. Entramos, mi hija lo acaparaba con preguntas. Yo lo miraba, cruzando las piernas, notando cómo sus ojos se clavaban en mis tetas, en mis muslos bajo la falda ajustada.
La tensión que me hizo decidir: él sería mío
Al cine con ellos el domingo. Oscuridad. Mi niña en medio, pero yo empujé mi pierna contra la suya. Nada. Subí la mano, rozando su muslo. Él se tensó, pero no se apartó. Sonreí en la penumbra. ‘Shh, quieto’, le susurré. Mi mano subió, bajo la falda mía no, bajo su pantalón. Sentí su polla dura, palpitando. ‘Vas a ser mío, chaval. Yo decido cómo y cuándo’. Él jadeaba, asintiendo como un perrito. La película acabó, pero la mía empezaba.
En casa, mandé a mi hija a hacer deberes. ‘Vete, cielo’. Cerró la puerta. Me giré, lo besé fuerte, metiendo la lengua. Él torpe, yo guiando. ‘Desnúdate’, ordené. Se quitó todo, polla tiesa, enorme. Yo me quité el top, tetas libres, pezones duros. ‘Mírame bien. Vas a aprender a follar, pero bajo mis reglas. No corras, o te paro’. Lo tiré al sofá, me senté en su cara. ‘Lame mi coño’. Olía a excitación, jugos ya chorreando. Su lengua vacilante, yo moviendo caderas, restregando el clítoris en su boca. ‘Más fuerte, joder, chúpame el botón’.
El sexo brutal donde yo mandaba
Lo puse a cuatro patas, no, yo mandaba. ‘Ahora fóllame la boca’. Le cogí la polla, gorda, venosa, la mamé hondo, garganta hasta el fondo. Él gemía ‘Lucía, por favor…’. ‘Cállate y aguanta’. Sentí su pulso acelerado, salado pre-semen. Lo paré. ‘Aún no’. Me subí encima, coño empapado rozando su punta. ‘Métela despacio’. Bajé, centímetro a centímetro, apretando paredes. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, gruñó. Yo rebotando, tetas saltando, clavándole uñas en pecho. ‘Más hondo, cabrón, rómpeme el coño’.
Cambié: ‘A cuatro, ahora’. Me puse yo a cuatro, pero él detrás, yo dictando. ‘Pélame el culo, métemela por el ojete si te atreves’. Dudó. ‘¡Hazlo!’. Escupí en su polla, guié la cabeza contra mi ano apretado. Entró lento, quemando delicioso. ‘¡Sí, fóllame el culo, más fuerte!’. Él embistiendo, yo masturbándome el clítoris, chorros salpicando. ‘¡Me vengo, joder!’. Él no aguantó, ‘Lucía, voy a…’. ‘¡Dentro, lléname el culo de leche!’.
Se corrió como un volcán, caliente, espeso. Yo temblando, orgasmo brutal. Nos caímos, sudorosos, olor a sexo puro. Lo abracé, pero fuerte, dominante. ‘Has sido bueno, chaval. Me has dado lo que quería: tu polla rendida a mí’. Él, exhausto, ‘Eres increíble’. Sonreí, poder total. Lo formé, lo usé, lo dejé queriendo más. Ahora sé que vuelve gateando. Yo controlo, yo decido. Esa adrenalina de conquista, de verlos sucumbir… adictiva. Mañana, quizás lo invite de nuevo. Pero mis reglas.