Llegué a esa casa rural en el Gers profundo, agotada del viaje de negocios. Una sola noche. La dueña, simpática, me mostró la habitación: cama enorme, muebles antiguos, todo de lujo. ‘¿Solo?’, preguntó. ‘Sí, pero quién sabe’, le guiñé el ojo. Bajé a cenar ligera a las 20:30. Y ahí estaba él. Alto, traje impecable, ojos curiosos. Viajero solo como yo. Nos sentamos en esa mesa infinita, bajo lámparas titilantes. La dueña nos dejó solos.
Hablamos bajito. Actualidad, el sitio… pero pronto, fantasías. Su voz temblaba un poco. Yo notaba su mirada en mis tetas, en mi escote. Bebí un sorbo de vino, crucé las piernas rozando su rodilla. ‘¿Vienes mucho por aquí?’, le dije, inclinándome. Él tragó saliva. ‘Primera vez’. Sonreí. Sentí la adrenalina. Este tío iba a ser mío esta noche. Decidí: yo mando. Puse mi mano en su muslo, subiendo despacio. ‘Ven al salón después’, susurré. ‘No te resistas’.
La decisión de conquistarlo
En el salón, fuego crepitando. Sillones club. Nos sentamos cerca, cara a cara. Su perfume, madera y algo masculino. Olía a deseo. Me acerqué, mi aliento en su cuello. ‘Quiero probarte’, le dije directo. Dudó un segundo. ‘¿Aquí?’. ‘Sí, aquí. Quítate la camisa’. Obedeció, torpe. Sus pectorales firmes. Le besé el cuello, mordí suave. Mis manos bajaron a su bragueta. Polla dura ya, latiendo. ‘Buen chico’, murmuré. La saqué: gruesa, venosa. La apreté. Él jadeó.
Lo empujé al sillón. ‘Abre las piernas’. Me arrodillé, pero yo controlaba. Lamí su glande, saliva chorreando. ‘Mmm, qué rica polla’. La chupé hondo, garganta apretada. Él gemía, manos en mi pelo. Pero paré. ‘No corras’. Me quité la blusa, sujetador. Tetetas libres, pezones duros. Se le iluminaron los ojos. Me subí a horcajadas. Faldita arriba, braga a un lado. Mi coño mojado rozando su punta. ‘Vas a follarme como yo diga’. Bajé despacio, empalándome. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñó.
Yo marcaba el ritmo. Arriba-abajo, lento al principio. Sus manos en mis caderas, pero yo las aparté. ‘Mis reglas’. Aceleré, tetas botando. El fuego lamía las troncos, calor en mi piel sudada. Olía a humo, a sexo. ‘Más fuerte’, le ordené. Él empujaba desde abajo, pero yo reinaba. Giré, de espaldas. Polla entrando profunda, rozando mi punto G. ‘¡Sí, así!’. Gemí fuerte. Sentí el orgasmo venir. Me corrí apretándolo, jugos chorreando por sus huevos.
Dominando cada embestida
No paré. Lo tiré al tapete. ‘Ahora yo arriba’. Montada, manos en su pecho, clavándole uñas. Cabalgué salvaje, coño tragándosela entera. ‘¡Fóllame el clítoris con tu pubis!’. Él sudaba, perdido. Otro orgasmo me sacudió, piernas temblando. ‘¡Córrete dentro!’. Pero esperé. Lo volteé, a cuatro. Entré yo controlando, guiando su polla. ‘Despacio… ahora rápido’. Golpes secos, piel contra piel. Él suplicó: ‘Por favor…’. ‘Cállate y fóllame’. Me corrí otra vez, gritando.
Lo puse de rodillas. ‘Chúpame el coño’. Lengua en mi clítoris, dedos dentro. Saboreó mi corrida mezclada con su precum. Yo gemí, tirando su pelo. Luego, lo mamé yo: polla hinchada, bolas pesadas. ‘Trágatela’. Lo hice jadear al límite. ‘Ahora, córrete en mi boca’. Explosión: leche caliente, espesa. Tragué todo, lamiendo restos. Él jadeaba, roto.
Nos quedamos ahí, fuego apagándose en brasas. Yo encima, su cabeza en mis tetas. Lo miré: rendido, mío. Sentí el poder puro. Lo había conquistado, ordeñado cada gota. Adrenalina total. ‘Fue perfecto’, le dije. ‘Porque yo quise’. Dormimos enredados, dueños del lugar. Mañana, cada uno su camino. Pero esa noche, yo gané.