Cada diciembre, mi marido y yo escapamos a Agadir. Arena caliente, olas rompiendo, pero este año… algo cambió. Lo vi en el aeropuerto. Antonio. Mi ex. Ese cabrón tatuado, con esa mirada que me hacía mojar de joven. Mi coño se contrajo al instante. Sudor en la nuca, piernas pesadas. Mi marido lo notó, me apretó el brazo. ‘¿Lo conoces?’. ‘Sí… viejo rollo’, mentí bajito. Pero ya lo decidí. Esta vez, no él me cazaría a mí. Yo lo cazaría. Lo haría mío. Bajo mis reglas.
En el club, flotaba su presencia. DJ en la pista, músculos brillando bajo luces. Mi marido callaba, observaba. Yo me puse esa falda corta, sin bragas. Caminé hacia él después del show. ‘Ven conmigo’, le dije directa, voz ronca. Sus ojos se abrieron. ‘¿Aquí? ¿Con tu marido?’. ‘Cállate. Tú obedeces. O te vas’. Dudó, pero su polla ya asomaba dura en el pantalón. Lo llevé a la piscina, noche cerrada. Agua tibia lamiendo tobillos. Mi marido nos seguía a distancia, excitado, lo sabía. ‘Quítate todo’, ordené a Antonio. Se desnudó lento, polla tiesa, venosa, goteando ya. ‘Arrodíllate’. Lo hizo. Sentí el poder subir por mi vientre. ‘Mírame. Vas a lamerme hasta que yo diga basta. Y no te corras sin permiso’. Él jadeaba. ‘Sí…’
La decisión de conquistarlo a mi manera
Le abrí las piernas, coño expuesto al aire salado. Su lengua tocó mi clítoris, áspera, hambrienta. ‘Más despacio, joder… así… chupa fuerte ahora’. Gemí bajito, controlando el ritmo con mis caderas. Empujaba contra su cara, su nariz rozando mi humedad. Olor a sexo crudo, salado. Mi marido en sombras, polla en mano, mirándonos. ‘Méteme dos dedos, cabrón. Curva… ahí, justo ahí’. Él obedecía, temblando. Mi coño chorreaba en su boca, jugos bajando por su barbilla. ‘No pares… fóllame con la lengua…’. La tensión subía, mi clítoris hinchado, pulsando. Pero yo mandaba. ‘Basta’. Se apartó, polla morada, al borde.
El clímax donde yo dictaba cada movimiento
Lo empujé al borde de la piscina. ‘Túmbate’. Me subí encima, coño rozando su polla dura. ‘No entres aún. Siente cómo te mojo’. Froté lento, labios vaginales abriéndose sobre su glande. ‘Joder… por favor…’, suplicó. Reí. ‘Pídemelo bien’. ‘Fóllame… métete mi polla’. ‘No. Yo decido’. Bajé de golpe, su polla abriéndome entera. Gruñí, llena, estirada. ‘Ahora quieto. Yo muevo’. Cabalgué salvaje, tetas botando, uñas en su pecho. ‘¡Más hondo! No, espera… gira las caderas así’. Clavaba, salía, polla brillando de mis jugos. ‘Córrete cuando yo diga’. Él gemía como perra, ‘¡Voy a…!’. ‘¡No! Aguanta’. Aceleré, coño apretando su base, ordeñándolo. Orgasmos míos primero: uno, dos, chorros calientes en su vientre. ‘¡Ahora, córrete dentro!’. Explotó, leche caliente llenándome, espasmos interminables.
Me aparté, coño goteando su semen mezclado con mis jugos. Él jadeaba, roto, mirada vacía de placer. Me puse de pie, piernas temblando un poco… eh, de puro poder. Mi marido se acercó, besó mi cuello. Antonio nos miró, vencido. ‘Vete’, le dije. Se fue tambaleando. Sentí la adrenalina pura. Lo había tenido a mis pies, dictando cada embestida, cada gemido. Poder total. Mi coño aún palpitaba, satisfecho. Mi marido me folló después, suave, pero yo seguía mandando. ‘Lento… así…’. Agadir nunca fue igual. Ahora sé: conquisto, controlo, gano. Siempre.