Vivía en ese piso viejo de París, paredes finas como papel. Toda la noche oía gemidos ahogados, pero eran míos con Léo, mi ex. Al amanecer, salí al balcón con mi bata verde raída, atada floja con un lazo rojo. Ahí estaba Clément, el vecino de 71 años, con su café humeante. Me sonrió, ojos suaves. Hablamos. Estudiante de letras clásicas, yo. Él, un sabio retirado. ‘No nos oísteis anoche, ¿verdad?’, pregunté riendo. ‘Haced el amor todo lo que queráis, me alegra’, dijo él, sereno.
Una semana después, toqué su puerta por un libro de Plutarque. Subí al taburete, rebuscando en el cartón alto. El lazo se soltó. La bata se abrió. Mis tetas en forma de pera, duras, pezones rosados al aire. Abajo, mi coñito con vello negro recortado. Bajé tranquila, recogí el lazo. Él me miró fijo. ‘No dejé caer el libro’, dije sonriendo. ‘No cerré los ojos’, contestó. Café en silencio, risas nerviosas. Pura electricidad.
La tensión que me hizo decidir: él sería mío
Los días pasaron. Ayuda con griego, latín. Lloré por Léo, celoso de mi aventura con Monica, esa rumana bi que me lamió el coño hasta hacerme temblar. ‘Vive todo’, me dijo Clément. Rompí. Luego apareció Gabriel, nuevo rollo. Le conté de Clément. ‘Me poneis cachonda lo scabreux’, dijo él. Me pedía obediencia: ‘Mea delante de mí’. Lo hacía, excitada, pero algo bullía en mí. Un día, me ordenó: ‘Ve desnuda a casa del viejo. Cuando llegue, estarás expuesta’. Subí las escaleras, bata floja. Entré. ‘Quítatela’, dijo Clément, testigo perfecto. Me desnudé despacio. Piel erizada, coño ya húmedo. Esperé la llamada.
Tocaron. Gabriel entró, sonriente. Pero yo… yo cambié el juego. Lo miré fijo, tetas altas, caderas anchas. ‘Para, Gabi. Hoy mando yo. Quítate todo’. Dudó, ojos brillantes. ‘Hazlo’, ordené, voz grave. Se desvistió. Polla semi-dura, gruesa, venosa. La cogí en mano, dura ya. ‘De rodillas’. Obedeció. Empujé su cabeza a mi coño. ‘Lámeme, hazme correrme primero’. Lengua caliente, chupando mi clítoris hinchado. Gemí, ‘Más profundo, cabrón’. Dedos dentro, mi jugo por su barbilla. Me corrí fuerte, piernas temblando, gritando ‘¡Sí, joder!’. Clément observaba, polla tiesa bajo pantalón.
La follada cruda donde dicté cada embestida
Lo levanté. ‘Siéntate en el sofá’. Le até manos con el lazo rojo. ‘Ahora verás’. Me subí encima, coño abierto sobre su polla tiesa. La froté, resbaladiza. ‘Pídemelo’. ‘Fóllame, porfa’, suplicó. Bajé despacio. Su polla me abrió, gruesa, llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta!’, gimió. Cabalgué fuerte, tetas botando. ‘No te corras, aguanta’. Le pellizqué pezones, arañé pecho. Cambié: de espaldas, polla golpeando mi culo. ‘Agárrame nalgas’. Empujé contra él, coño tragándosela. Sudor, olor a sexo. ‘Date la vuelta, a cuatro’. Lo monté reverse, control total. Él jadeaba, ‘Voy a…’. ‘No. Tú esperas mi orden’. Me corrí otra vez, contrayendo coño alrededor de su verga. ‘Ahora, córrete dentro’. Explotó, leche caliente llenándome, gritando mi nombre.
Me bajé, jugos chorreando por muslos. Polla flácida, él exhausto. Desaté el lazo. ‘Buen chico’. Beso en frente. Me vestí, coño palpitando satisfecho. Clément aplaudió suave. Salí con Gabriel, atontado. Esa noche, en mi cama, me susurró: ‘Eres una diosa’. Sonreí. Poder puro. Tomé lo que quise, él sucumbió. Adrenalina total. Nunca me sentí tan viva, tan dueña de mi placer.