Acababa de contratar a Odile, esa chica tímida que entró en mi tienda de lencería con su maletita. La vi temblar al quitarse la ropa para la prueba, su piel blanca, sus tetas pesadas… Supe al instante que sería mía. La invité a vivir en mi bergería, en medio de la nada, sin luz ni buses. ‘Aquí estarás sola conmigo’, le dije, y aceptó. Los días pasaban, la veía broncearse desnuda en el jardín, épilada al láser por mis órdenes. Noté sus miradas huidizas, cómo se mordía el labio cuando la tocaba ‘por accidente’.
Una mañana la encontré en su cama, maniatada con esposas, el reloj marcando el tiempo para las llaves. Estaba jadeando, su coño liso brillando de jugos. Me quedé quieta un segundo… Dios, qué excitante. Me acerqué, le giré la cara. ‘Así te pones cachonda, ¿eh? Toda atada y sola’. Lágrimas en sus ojos, pero asentía. ‘Ya no más sola. Yo seré tu dueña. Reglas: desnuda siempre en casa, obedeces sin chistar, tu placer es mío. ¿Entendido?’. Asintió frenética. Le quité el bozal, la besé duro. ‘Buena chica’. Esa noche, le puse la cadena en el tobillo, atada al fregadero. ‘Ahora lava, perra’. La vi arrastrarla, temblando de deseo.
La decisión de dominarla por completo
La tensión crecía. Cada orden la ponía más mojada. ‘Arrodíllate’, le mandé mientras leía. Cayó, gimiendo bajito. Supe que era hora. La llevé a mi cama, aún encadenada. ‘Quítame la ropa, despacio’. Sus manos temblaban desabotonando mi blusa, bajando mi falda. Se arrodilló para mi tanga, oliendo mi coño ya húmedo. ‘Lámeme primero’. Le abrí las piernas, empujé su cara contra mi clítoris. ‘Chupa fuerte, joder’. Su lengua torpe al principio, luego ansiosa, lamiendo mis labios hinchados, metiéndose dentro. Gemí, agarrándole el pelo. ‘Más profundo, puta’.
La volteé boca abajo, le até las manos al cabecero con sus propias esposas. Le abrí el culo, escupí en su coño chorreante. ‘Vas a correrme con mis dedos’. Metí dos de golpe, curvándolos contra su punto G. ‘¡Ah! Sí, dueña…’, balbuceó. Bombeé rápido, mi pulgar en su clítoris frotando en círculos. Su culo se contraía, jugos salpicando. ‘No corras aún’. Saqué, la puse a cuatro patas. Agarré el vibrador grueso del cajón, lo unté con su propio semen. ‘Esto te va a follar como mereces’. Empujé lento, centímetro a centímetro en su coño apretado. ‘¡Joder, qué prieta!’. Lo encendí, follándola duro, mis caderas chocando contra ella. Le pellizcaba los pezones, tirando. ‘Pídemelo’. ‘¡Fóllame más, por favor!’. Cambié: la puse de lado, una pierna arriba, metí tres dedos en su culo mientras el vibrador la rellenaba el coño. ‘Siente cómo te poseo toda’. Gritó, corriéndose en espasmos, mojó las sábanas.
El sexo salvaje donde yo mandaba
La hice correrme a mí después, sentada en su cara, restregando mi coño hasta explotar, ahogándola en mis jugos. Exhaustas, pero yo no paré: la até abierta de piernas, usé mi lengua en su ano, dedos en coño, hasta que suplicó piedad. Cuatro orgasmos suyos, dos míos.
Al amanecer, la desaté. Estaba rota, feliz, mirándome con adoración. ‘Eres mía para siempre’. La vi preparar el desayuno desnuda, cadena tintineando, y sentí esa oleada de poder puro. La había conquistado, moldeado. Su coño, su mente, todo mío. Caminé por la casa, tetas firmes, sabiendo que aquí, en mi reino aislado, soy diosa. Ella me sirve, tiembla ante mí. Exactamente lo que quería. Poder total, placer infinito.