Me llamo Karina, tengo 27 años, mido 1,76, morena, casada con Pablo desde hace cuatro. Él es un loco de las fotos y vídeos, siempre me graba desnuda, follando. Le regalé una cámara buena por Navidad y ahora quiere más. Una noche, en el sofá, me dice: ‘Cariño, no tenemos un buen porno nuestro. Hay que que alguien nos filme bien’. Yo río, pero él insiste: un pro, en un estudio.
Al principio, no. Pero Pablo pica: ‘Antes de que nos hagamos viejos, con panza y tetas caídas’. Me hace gracia. Acepto, con reglas: anónimo, sin copias, nombre falso -Jennifer-, y que no me toquen. Él llama a unos libertinos amigos, da con Vicente, en un estudio de Barcelona. Dos tíos: él y el cámara, Jaime.
La tensión que me hizo decidir: él sería mío
Llego depilada al completo, coño liso como un bebé, maquillaje fuerte, ojos verdes postizos, minirobe, medias de rejilla, tacones. Pablo trae pasta. Vicente abre: moreno, 40, camisa negra, guapo de cojones. Jaime, feo, grasiento. Me miran como lobos. Pablo dice: ‘Jennifer es una diosa’. Vicente: ‘Pasa, preciosa’.
En el set: cama grande, luces cegadoras. Vicente me cambia la ropa: minifalda cuero que es una faja, top sin sujetador, botas de 12 cm. Me hace strip para probar: ‘Mueve el culo, mírame a la cámara’. Yo, tímida al principio, pero noto su polla dura bajo los pantalones. Ahí clico. Este cabrón será mío. Pablo asiente como idiota.
Mientras me toco para la cámara -dedos en el coño, gimiendo falso-, le digo bajito a Vicente: ‘Tú… ven aquí. Yo mando ahora’. Él parpadea: ‘Eh… ¿qué?’. ‘Cállate. Tú filmas, pero yo decido cómo follamos. Pablo mira, pero tú eres mío esta noche’. Tension en el aire. Su mirada cambia, excitado. ‘Quítate la camisa’, ordeno. Él obedece, lento. Piel morena, músculos. ‘Ahora, los pantalones. Muéstrame esa polla que se te pone dura viéndome’.
Jaime graba, Pablo boquiabierto. Vicente se baja el bóxer: polla gorda, venosa, tiesa. ‘De rodillas’, le digo. Él duda: ‘Pero…’. ‘¡Ahora!’. Se arrodilla. Yo abro piernas en la cama: ‘Lame mi coño. Lengua profunda, chupa el clítoris hasta que te diga’. Él se lanza, olfateando mi humedad. Su lengua entra, chas, chas. Gimo real: ‘Sí… así, cabrón. Más fuerte’. Pablo traga saliva.
El sexo brutal donde yo mandaba
Lo empujo: ‘Ahora, túmbate’. Me monto encima, cowgirl. Agarro su polla, la froto en mi raja empapada. ‘Mira cómo entra, gruesa…’. Me empalo despacio, sintiendo cada vena estirarme. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñe él. Yo subo y bajo, duro: ‘Cállate y aguanta. Yo marco el ritmo’. Tetas rebotando, coño chorreando en sus huevos. Le clavo uñas en pecho: ‘No corras, o te paro’.
Le doy la vuelta: ‘Levanta el culo’. Él obedece, perrito. Meto dedos en su ano, lubricado: ‘¿Te gusta, eh? Ahora yo follo tu culo’. Saco mi dildo del bolso -gordo, negro-. Se lo unto, lo empujo lento. Él gime: ‘¡Ah… Karina!’. ‘¡Jennifer! Y más alto’. Bombo, bombo. Cambio: ‘Ahora métemela por el culo a mí. Despacio al principio’. Me pongo a cuatro, él empuja: gland abriendo mi ano apretado. Dolor-placer. ‘¡Folla duro! Clava esos huevos en mi coño’.
Grita: ‘¡Me vengo!’. ‘¡No! Aguanta’. Lo monto de nuevo, polla en coño, frotando clítoris. Explosión: yo chorro, él inunda. Semen goteando. Pablo aplaude, gelatina.
Después, Vicente jadea: ‘Eres… una diosa’. Yo sonrío, poderosa: obtuve todo. Mi coño satisfecho, él roto, Pablo aprendiendo. Esa adrenalina de conquista… adictiva. Nunca más dejo que manden ellos.