Le llamé al móvil, voz ronca, juguetona. “¿Dónde estás, cabrón? Sabes qué día es, ¿verdad?” Él, todo inocente: “Miércoles, ¿no?” Reí bajito. “Idiota, ¡tu cumpleaños! Tengo una sorpresa que no olvidarás. Vuelve ya, te espero…” Clic. Colgué, sonriendo. La jornada había sido un coñazo en la oficina, pero ahora… ahora era mi turno.
Llega pronto, empujando la puerta como un chaval cachondo. Treinta y cinco tacos, pero con esa polla tiesa que sé que lleva. En el salón, mis nuevas amigas del club de costura –dos veces al mes, los martes– charlamos y jugamos cartas en el suelo, alrededor de la mesita. Él pone cara de sorpresa, de cabreo. Quiere follarme ya, lo veo en sus ojos. Susurra: “¿Qué coño? ¡Échalas, es mi noche!”
La conquista: decido que es mío y marco las reglas
Lo arrastro a la cocina, lo beso fuerte, mordiendo su labio. “Cálmate, lobo. Son mis chicas. Pero la sorpresa… ya verás.” Vuelvo al salón, les susurro algo. Se levantan, van a la habitación. Él, orgulloso, se tira en el sofá. Me acerco felina, ondulando caderas, le acaricio el pecho. Bajo su cremallera… pero él para mi mano. “Espera, están ahí al lado.”
Minutos después, salen. Joder, el espectáculo. Ellas en tangas diminutas, ligueros, pechos al aire. Yo me uno, tiro mi bata, muestro mis tetas firmes y mi coño teñido de rojo con pintalabios, brillando. Desnudas, en fila, como en un desfile. Él, boquiabierto. “Feliz cumpleaños, Pat. Elige una… pero a medianoche, pum, se acaba. Y hay reglas.”
Balbucea: “¿Puedo… cualquiera?” Sonrío dominante. “Sí, pero gánatelo. Jugamos. Tú bancario, repartes cartas o lo que sea. Ganas, compras nuestros servicios. Pierdes… gages. A tomar o dejar.” Amenazo con irnos. Acepta, nervioso. Nos sentamos alrededor de la mesa. Élise, la pelirroja sumisa con collar y látigo, pone el tablero de ajedrez gigante de su colección. “Yo primera. Cinco minutos por jugada, cronómetro. Si no, penalizaciones.”
Él confía, experto. Yo dicto: no te muevas, nosotras distraemos. Empieza. Yo bajo, entre sus piernas, masajeo su polla dura a través del pantalón. Sophie, la morena de labios carnosos, se une, chupa experta. Slurp, slurp… él gime, no se concentra. Eyacula en su boca en minutos, ella lo pasa a Stéphanie besándola, semen chorreando.
El clímax brutal: lo dirijo, lo follo sin piedad
Sigue el juego, sudando. Yo le meto la cabeza entre mis tetas, pezones duros rozando su cara. Él grita jugadas a ciegas. Sophie se sube a la mesa, coño salado en su boca, cyprine goteando. Le vendo los ojos. Él lame, lengua profunda en mi culo cuando lo giro. Odor terroso, caliente. Tension… él tiembla.
Ahora el acto. Lo ato a la silla, corto el asiento. Su culo al aire. “Échec”, dice Élise. Le meto su rey de ébène, 25 cm, rugoso, en el ojete. Gruñe, polla tiesa. Yo monto su polla, cabalgo salvaje. “¡Fóllame el coño, pero yo mando!” Empujo, su verga entra profundo, mis paredes apretando. Cambio: lo pongo a cuatro, Élise lame su culo mientras yo azoto. Sophie chupa sus huevos, Stéphanie su polla. Lo penetro con el rey, frotando próstata. Él ruega: “¡Por favor, déjame correrme!”
No. Lo giro, le monto la cara. Mi coño chorreando en su boca, moliendo clítoris. “¡Lame, cabrón!” Eyaculo gritando, jugos en su barba. Luego, lo follo anal con strapon grueso, mis caderas chocando. Él chorrea semen sin tocarse. Todas lamemos, lenguas calientes en su polla sensible, post-orgasmo tortura deliciosa.
Lo desato. Tablero: matado. Río. Lo abrazo, susurro: “Aprende, machote. Esta noche mandé yo.” Él exhausto, rendido. Yo, poderosa, coño palpitante, adrenalina pura. Obtuve todo: su sumisión, placer total. Mañana, repetimos… bajo mis reglas.