Era un junio caluroso, el sol pegaba fuerte en el aula. Todos fingiendo estudiar para el examen, pero yo… yo solo lo miraba a él. Vincent, alto, moreno, con esa timidez que me ponía cachonda. Siempre callado, mirándome de reojo. Sabía que me deseaba, lo veía en sus ojos. Pero él no se atrevía. Yo sí.
Al salir, le sonreí. ‘Oye, Vincent, ¿has visto el agujero en la cerca de mi casa? Podrías… colarte.’ Me miró rojo, balbuceando un ‘sí, quizás’. Sonreí. Esa noche, en el garaje oscuro detrás de la casa, lo esperé. Oí pasos, el crujido de la maleza. Entró temblando. ‘Ven aquí’, le dije, voz baja pero firme. Se acercó, yo lo empujé contra la pared. ‘Hoy mando yo. Nada de tonterías. Si no obedeces, te vas.’ Asintió, ojos grandes. Le besé duro, lengua dentro, mordiendo su labio. Sus manos intentaron tocarme, las aparté. ‘No toques hasta que yo diga.’
La tensión que me encendió: decidí que era mío
Lo desvestí despacio, quitándole la camisa, oliendo su sudor nervioso. Su polla ya dura bajo el pantalón. La saqué, gruesa, palpitante. ‘Mira lo que me has puesto’, murmuré, apretándola. Gimió. ‘Arrodíllate.’ Obedeció. Le abrí las piernas, mi falda subida. ‘Chúpame el coño primero. Hazlo bien o no te dejo correrme.’ Bajó la cabeza, lengua torpe al principio. ‘Más adentro, lame el clítoris… así, joder, sí.’ Gemí bajito, agarrando su pelo, empujándolo contra mi humedad. Sentía su aliento caliente, mi coño chorreando en su boca. Adrenalina pura, él era mío.
‘Para’, ordené. Se levantó, polla tiesa. Lo tumbé en el suelo sucio del garaje, sobre una manta vieja. Me quité todo, quedé desnuda encima. ‘Ahora fóllame como yo diga.’ Me senté en su cara primero, restregando mi coño mojado. ‘Lame más fuerte, cabrón.’ Él jadeaba, ahogándose en mí. Luego bajé, cogí su polla, la guié a mi entrada. ‘No te muevas.’ Me empalé despacio, sintiendo cómo me abría, centímetro a centímetro. ‘Joder, qué polla dura.’ Empecé a cabalgar, lento al principio, subiendo y bajando, mis tetas botando. ‘Mírame, dime que soy tu puta jefa.’ ‘Eres… mi puta jefa’, balbuceó.
El polvo brutal donde mandaba yo: polla, coño y gemidos
Aceleré, polla golpeando profundo, mi clítoris frotando su pubis. ‘Fóllame más adentro… no, yo controlo.’ Le clavé las uñas en el pecho, girando caderas. Cambié posición: a cuatro, pero yo empujando contra él. ‘Cógeme por detrás, pero despacio.’ Entró, gruñendo. ‘Más fuerte ahora, métemela toda.’ Sentía sus huevos chocando mi culo, mi coño apretándolo. ‘Voy a correrme… no pares.’ Explosé, jugos bajando por sus muslos. Él gemía, al límite. ‘No corras aún.’ Lo saqué, me puse de rodillas. ‘Chúpame la polla con mi leche.’ La tragué profunda, garganta apretada, saliva chorreando. ‘Ahora sí, córrete en mi boca.’ Estalló, semen caliente llenándome, tragué todo, lamiendo restos.
Después, él jadeando en el suelo, yo sentada a horcajadas, polla flácida entre mis piernas. ‘Has sido bueno, mi niño.’ Lo besé suave, pero con poder. Sentí esa ola de triunfo: lo había conquistado, dirigido cada gemido, cada embestida. Él sucumbió total, ojos de perrito. Yo, poderosa, coño satisfecho, lista para más. ‘Vuelve cuando yo diga.’ Se fue temblando, y yo… sonreí. Tenía su alma en mi coño.