Estaba en el metro, línea 4, con el coño ardiendo. Ese desconocido detrás de mí tenía los dedos hundidos en mi raja, frotándome el clítoris con maestría. Sus caricias me ponían a mil, pero… vi a esa morena. Frustrada, mirada perdida, mano disimulada entre el bolso y el pantalón. Tocándose. La quise al instante. Para mí. Yo mandaría.
Nuestras miradas se cruzaron. Le sonreí, lasciva, mordiéndome el labio. Ella se sonrojó, pero no apartó la vista. El tipo seguía metiéndome dedos, mi falda subida por los lados, piernas temblando en tacones. Me acerqué, rozando su brazo. “¿Te gusta mirar?”, le susurré al oído, perfume especiado envolviéndola. Su pecho subía rápido. La sentí vulnerable. Perfecta.
La seducción en el vagón: decido que es mía
La gente apretaba, pero yo creé espacio. Mi mano libre rozó su cadera. “En la próxima, vienes conmigo. Te quito el pantalón y te como el coño mientras él nos folla a las dos. Tú obedeces”. Dudó, ojos vidriosos. Pero su mano se movía más rápido bajo el bolso. Asintió, apenas. Tomé su mano y la del desconocido. Puertas abiertas. “Venid”, ordené. Corrimos al portal, adrenalina pura.
Ascensor. Puertas cerradas. La empujé contra la pared, pelo tirado atrás, lengua en su boca. Profunda, salvaje. El tío detrás, mano en mi culo. “Quítale el pantalón”, le dije a él. Obedeció. Ella jadeaba, coño empapado ya. Mis dedos en sus tetas, pellizcando pezones duros. “Vas a gemir para mí”. Bajamos. Salón. Canapé enorme esperándonos.
La tiré en el sofá, a cuatro patas. “Abre las piernas”. Le arranqué el tanga, lengua directo en su clítoris hinchado. Sabía a miel caliente, salada. Ella gritó: “¡Sí, lame!”. El tipo se acercó, polla tiesa. “Fóllame el culo mientras yo la como”, mandé. Se puso condón, lubricante. Entró lento, centímetro a centímetro. Mi lengua no paraba, chupando su raja, metiendo dos dedos. Ella se retorcía, “¡Más, joder!”.
El trío en mi casa: yo mando en cada embestida
Cambié. La puse encima del sofá, yo debajo. “Siéntate en mi cara”. Coño en mi boca, ahogada en jugos. El tío la penetró por detrás, polla gruesa abriéndola. Yo dirigía: “Más fuerte, hazla gritar”. Sus embestidas la clavaban en mi lengua. Gemía, convulsa. “¡Me corro!”. Chorros en mi boca. La hice lamer su propio semen mezclado con miel.
Ahora, el tío. Lo senté, ella cabalgándolo. Yo en su cara, frotando clítoris. “Chúpame mientras te follan”. Lengua torpe pero ansiosa. Él gruñía, manos en sus tetas. “No corras aún”, le ordené. Cambié posiciones: yo de rodillas, polla en mi boca profunda, garganta llena. Ella lamiéndome el culo, dedos en mi ano. Ritmo perfecto. Lo sentí hincharse. “Córrete en mi boca”. Tragó todo, él explotó. Jets calientes.
Doble penetración final. Él en mi coño, ella con un strapon que saqué del cajón. “Folladme las dos agujeros”. Empujones sincronizados, sudor, olor a sexo. Gritos. Orgasmos en cadena. Yo primero, apretando polla y strapon. Ella después, temblando. Él último, llenándome.
Los eché. Puerta cerrada. Cuerpo vibrando, coño palpitante. Tenía exactamente lo que quería: su sumisión total, placer mío dictado. Poder puro. Me duché, sonriendo. Mañana, buscaré otra. Yo mando siempre.