Era verano del 2009, París me tenía loca. Yo, española de Madrid, 25 años, en viaje de placer. Entré al Beaubourg un viernes por la tarde. Cuarto piso, pinturas. Lo vi. Un tío guapo, unos 40, alto, fuerte, con pinta de artista. Pelo oscuro, ojos intensos. Se movía con gracia. Llevaba camisa ajustada, pantalones que marcaban paquete. Decidí: esta noche te follo yo, y tú obedeces.
Me acerqué en la sala de expressionistas. ‘¿Sabes algo de Motherwell?’, le dije en inglés, sonriendo. Él explicó, experto. Charlamos. Se llamaba Alex, artista en residencia, estudio en el Marais. Soltero, 40 tacos pero en forma. Yo, con falda blanca ceñida, top negro, coleta larga. 1,60, delgada, tetas firmes, culo perfecto. Le gusté, lo noté en su mirada.
La Decisión que Cambió la Noche
‘¿Café en el Georges?’, propuse. Subimos a la terraza. Reímos mucho. Mi risa fresca lo desarmaba. Le conté de mi vida en Madrid, modelo y arte. Él, seducido. ‘Cena esta noche, La Perle’, dicté. Aceptó. En casa, me cambié: vaquero bajo, tacones, top negro, chaqueta ante. Fui al bar. Dos tíos me hablaban, pero lo vi llegar. Sonreí, lo besé fuerte. ‘Mi hombre esta noche’, dije a los otros, cogiéndole el brazo. Ellos se piraron.
Kirs, vino blanco, cena con borgoña. Se inclinaba para oírme. Su olor, colonia y hombre. Cuando fue al baño, admiré su culo en pantalón. Me mojé el coño. ‘Vamos a bailar al Maxim’s’, ordené. Entramos por un amigo suyo. Ambiente loco, travs, calor. Champagne fluyó. Lo cogí de la mano, pista. Bailamos electro suave. Sudor, cuerpos pegados. Yo lo abracé primero, beso salvaje. Lengua en su boca, dulce como niño. Él durísimo contra mí. Froté mi pubis en su polla tiesa. ‘Mía’, susurré.
Manos bajo mi top, piel ardiendo. Mi coño chorreaba, olor a sexo en aliento. Sus pelotas dolían, semanas sin correrse. ‘Quiero irme’, dije a las 4. Taxi a mi hotel Mathurins, 8º. ‘Ven conmigo’, mandé. Subimos corriendo. En la habitación, lo empujé contra la puerta. Besos fieros, mi sudor mezclado con su olor. ‘Espera, me pones cachonda’, gemí. Le arranqué la camisa, lamí pecho, axilas. Bajé pantalón, slip rosa aún puesto.
El Placer Bajo Mi Mandato
Salté al bed, puse Sade en el móvil. Striptease mío: chaqueta fuera, top lento, tetas pequeñas duras. Slip abajo, coño rasurado, labios hinchados, húmedos. ‘Mírame’, dije. Me tiré sobre él, piernas en sus hombros. Mi coño en su cara. ‘Lámeme, ahora’. Olor a sudor dulce, noche bailando. Lengua en mis pelos finos, vulva abierta. Grité bajito, jugos saliendo. ‘¡Sí, joder, lame mi coño!’. Orgasmo fuerte, luz cegando mi raja.
Lo tiré al bed. Quité su ropa, polla grande, circuncidada, vena marcada. Entre sus piernas, abrí muslos. Lamí huevos, los chupé enteros. Lengua bajo escroto, al ano. Círculos, entré. Él gemía, ‘¡Para, voy a correrme!’. Masaje huevos, succioné glande, lengua en uretra. ‘No corras aún’, apreté base polla. Bombeé, solté. Chorros en mi garganta, tragué todo. Él tembló, vertigo.
Mañana, luz en cuarto. Acaricié su polla semi. ‘Dentro de mí, ya’. Monté, coño estrecho engulló su verga. Lentos, profundo. ‘¡Fóllame fuerte!’, mandé. Levanté brazos, piernas abiertas. Golpes amplios, mi matriz besando glande. ‘¡Córrete dentro, lléname!’. Él explotó, semen caliente inundando. Yo grité victoria.
Todo su viaje en París, mío. Grecia después, pero eso… otra conquista. Me sentí diosa, él esclavo de mi coño. Poder total, placer mío.