Tengo 55 años, soy artista, vivo en una casa de piedra al final del mundo, cerca de un pueblo olvidado como Le Château Cassé. Él, Philippe, 25 años, en prácticas de doctorado en una fábrica de autos por Sully. Lo invité a ver mis pinturas un viernes por la tarde. Sabía que su mirada me devoraba desde días atrás. Entró en la corte, aparcó su viejo coche verde. Yo en la puerta, con mi vestido negro escotado, ajustado a mis curvas. ‘Bienvenido, Philippe. ¿Listo para mis obras?’, le dije con voz ronca.
Se acercó, me besó la mejilla. Pero yo no quería eso. Lo miré fijo, agarré su cabeza. ‘Hoy mando yo. Vas a ser mío. Nada de tonterías’. Él tragó saliva, ojos brillantes. ‘Fabienne, yo…’. ‘Silencio. Primero, cierra la puerta’. La empujó con el pie. Sentí su polla endurecerse contra mí. Mi mano bajó por su espalda, apreté sus nalgas firmes. ‘Quítate la camisa. Despacio’. Dudó un segundo, pero obedeció. Su pecho joven, suave. Yo temblaba de anticipación, el calor subiendo por mi coño.
La tensión que enciende el fuego
‘Ahora, a la grana. Pero no toques nada sin mi permiso’. Caminamos, mi culo balanceándose. En la sala de exposición, lo empujé contra la pared. ‘Mírame. Quiero verte perder el control’. Le besé duro, lengua invadiendo su boca, saboreando su nerviosismo. Mi mano en su pantalón, apreté su verga dura. ‘Estás listo para mí, ¿verdad?’. ‘Sí, Fabienne… por favor’. ‘No pidas. Yo decido’. Bajé su cremallera, saqué su polla palpitante. La apreté, masturbándola lento. Él gemía, caderas moviéndose. ‘Quieto. O paro’.
Lo llevé a mi cuarto secreto, con mis dibujos eróticos de nalgas rojas, fessées. ‘Aquí mando yo. Te voy a follar como nunca’. Él jadeaba. Le quité todo, lo dejé desnudo. Yo me desvestí despacio, dejando mi tanga azul. Mis tetas pesadas, pezones duros. ‘Arrodíllate’. Obedeció. ‘Bésame el coño por encima de la tela’. Su boca caliente, húmeda. Sentí mi humedad empapando. ‘Ahora, quítamela con los dientes’. Tiró, exponiendo mi coño hinchado, mojado.
Lo tumbé en el suelo viejo. ‘Abre las piernas’. Me subí encima, frotando mi coño en su polla. ‘No entres aún’. Jugaba, rozando su glande en mis labios. Él suplicaba: ‘Por favor, Fabienne… fóllame’. ‘No. Primero, lame’. Me senté en su cara, mi culo cubriéndolo. Su lengua torpe al inicio, luego ansiosa, lamiendo mi clítoris, chupando mis jugos. ‘Más profundo, cabrón’. Gemí fuerte, mis caderas moliendo. Sentí su nariz en mi ano, delicioso.
El clímax brutal y mi dominio absoluto
Levanté, posicioné su polla. ‘Ahora entro yo’. Bajé despacio, su verga abriéndome, llenándome. Caliente, gruesa. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, gruñó. ‘Cállate y siente’. Cabalgué duro, tetas botando, uñas en su pecho. Cambié: ‘De lado’. Lo giré, metí su polla de nuevo, una mano en su culo. ‘Relájate’. Mojé un dedo en mi coño, lo metí en su ano apretado. Él se tensó, gimió alto. ‘¡Sí, así!’. Bombeé, dos dedos ahora, masajeando su próstata mientras lo follaba.
‘Más rápido’. Él empujaba, pero yo controlaba el ritmo. Sudor, olor a sexo crudo. ‘Voy a correrme’, jadeó. ‘No hasta que yo diga’. Frené, apreté su base. Lo puse a cuatro patas. ‘Ahora te follo por detrás’. Empujé mi mano en su culo, cuatro dedos, estirándolo. Él gritaba placer. Volví a montarlo, mi clítoris frotando su espalda. ‘¡Córrete ahora!’. Él explotó dentro, chorros calientes. Yo seguí, mi orgasmo rompiéndome, coño contrayéndose, gritando.
Me aparté, él temblando. Lo abracé, su semen goteando. ‘Lo has hecho bien, chéri. Me has dado todo’. Sentí el poder, él rendido, marcado por mí. Mi coño satisfecho, palpitante. ‘Vuelve cuando quiera’. Él asintió, ojos vidriosos. Salí primera, mis nalgas firmes, dueña total. Esa noche soñé con más conquistas. Poder puro.