Estaba en La Fenice, viendo Turandot. El tenor gritaba como un loco, pero yo… yo solo pensaba en salir a fumar. Odio el encierro. Me escabullí fuera, aire fresco en la cara, y saqué mi cigarro. Ahí lo vi. Alto, francés por el acento, con esa mirada perdida. Le pedí fuego. Nuestros ojos se clavaron. Sus manos temblaban un poco al encenderlo. Sonreí, aspiré hondo, el humo caliente bajando por mi garganta. ‘Gracias’, le dije en francés, juguetona. Se giró, pero yo sabía que me seguía con la vista. Dos días después, en el vaporetto hacia San Basilio. ¡Coño, ahí estaba otra vez! Abriendo su periódico como escudo. Me acerqué, doblé el papel con mi mano. ‘Ciao, ¿qué tal?’, en su idioma, sonriendo grande. Nervioso, el pobre. Hablamos del teatro, de Venecia. Vi su alianza, la mía brillaba también. Pero su mirada bajaba a mis piernas, a mi falda ajustada. Bajó en Zattere, yo un poco antes. ‘¿Café en Bianchi a las 12:45?’, grité sobre el ruido del agua. Asintió, rojo como un tomate. En el bar, llegó tarde. Me vio levantarme, pero lo paré. ‘Ven conmigo. Ahora’. Imperativa, segura. Lo cogí de la mano, ruelle estrecha, abrí la puerta del piso de mi amiga. Penumbra, olor a madera vieja y humedad. Cerré tras nosotros. ‘¿Qué haces?’, balbuceó. Lo miré fijo. ‘Shh. Hoy mando yo. Quítate la camisa. Despacio’. Tension en el aire, su respiración acelerada. Me quité la chaqueta, subí la falda despacio, mostrando mis muslos largos, tanga negra asomando. Sus ojos se abrieron. ‘Siéntate ahí’, señalé la mesa. Obedeció, polla ya dura bajo los pantalones. Me acerqué, palpé su paquete. Duro como piedra. ‘Buen chico. Ahora, mírame’.
Lo besé salvaje, lengua invadiendo su boca, manos en su pelo tirando fuerte. Bajé su cremallera, saqué esa polla gruesa, venosa, palpitante. ‘Mmm, qué rica verga tienes’. Me arrodillé un segundo, la lamí de abajo arriba, saliva chorreando, bolas en mi mano apretando suave. Gimió. ‘No corras, que yo decido cuándo’. Me puse de pie, me quité la tanga de un tirón, húmeda ya, coño palpitando de ganas. ‘Túmbate en la mesa’. Lo empujé, piernas abiertas. Me subí encima, rozando mi coño mojado en su punta. ‘Pídemelo’. ‘Por favor… fóllame’, suplicó. Reí baja. ‘Bien’. Bajé despacio, su polla abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, jadeó. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes. Aceleré, tetas botando libres bajo la blusa desabotonada. Agarré sus manos, las puse en mis caderas. ‘Aprieta, pero yo marco el ritmo’. Vaivén brutal, clítoris frotando su pubis, sudor perlando mi piel. Lo monté como una reina, girando caderas, apretando coño alrededor de su polla. ‘¡Más fuerte!’, gruñí. Cambié, me giré dándole la espalda, culazo rebotando en su cara. ‘Méteme los dedos en el culo si quieres, pero no pares’. Uno entró, resbaladizo de mis jugos. Grité de placer, orgasmo subiendo como ola. ‘¡Córrete dentro, lléname de leche!’. Él explotó, caliente chorros golpeando mi útero, yo temblando encima, coño contrayéndose ordeñándolo todo.
La tensión que me encendió hasta decidirlo mío
Me bajé despacio, su polla saliendo chorreando semen y mis fluidos. Lo miré, exhausto, ojos vidriosos. ‘¿Ves? Así se folla cuando yo mando’. Limpieza rápida con su camisa, sonrisa mía triunfal. Corazón latiendo fuerte, poder puro recorriéndome venas. Lo había conquistado, doblegado a mis deseos. Adrenalina de saber que sucumbió total, que su polla fue mía desde el primer vistazo. Me vestí, pelo revuelto, labios hinchados. ‘Vuelve al trabajo, francés. Y no olvides quién manda’. Salí primera, piernas flojas pero alma en alto. Esa noche con mi marido, normalita, pero en mi cabeza… yo era la diosa. Poder absoluto, placer robado, conquista perfecta. Venecia nunca fue tan mía.