Tomé el Control de mi Suegro Mario en el Almacén

Hace unos días, en el desayuno, todos en bata o ropa cómoda. Yo con mi vieja falda vaquera, toda abotonada por delante, pero… olvidé cerrar unos botones. Se veían mis tetas, mis muslos. Mario, mi suegro, 65 años, italiano puro, cuerpo de roble, no quitaba ojo. Su mirada me ponía cachonda. Mi marido y mi madre salieron, él a dejarla en la peluquería. Perfecto. ‘Mario, ayúdame con el almacén al lado del garaje’, le dije. Él, sonriendo, ‘Claro, nena’.

Subí al taburete, pasando cajas. Él abajo, manos en los lados para ‘sujetarme’. Su cara justo a la altura de mis rodillas. Sentí sus ojos subiendo por mis piernas abiertas, la falda suelta dejando ver mi coño sin bragas. Me giré un poco, dándole vista completa. Vi su polla hinchándose en el pantalón de chándal. Gruesa, marcada. Mmm… Ese cabrón estaba duro por mí. Bajé, me agaché a por una caja, mis nalgas en pompa delante de él. Oí su respiración pesada.

La Tensión que Me Hizo Decidir

Me enderecé rápido. ‘Mario…’, le dije, voz baja, mirándolo fijo. Puse mis manos en sus hombros. Él tragó saliva. ‘¿Qué pasa, Kris?’. No, yo soy Lola. ‘Shh. Te he visto mirándome todo el desayuno. Y ahora… esto’. Toqué su bulto. Duro como piedra. ‘Eres enorme. Y mío hoy’. Él balbuceó, ‘Pero tu madre…’. Lo callé con un dedo en labios. ‘Hoy mando yo. Quítate eso. Ya’. Él obedeció, bajando el pantalón. Polla saltando libre: venuda, cabezota morada, huevos peludos colgando. La cogí con una mano, no cerraba. ‘Joder, qué pedazo de verga. Vas a hacer lo que yo diga, o te dejo así, frustrado’.

Lo empujé contra la pared del almacén. Beso brutal, lengua dentro, mordiendo su labio. Mis manos en su pecho peludo, bajando a apretar sus huevos. Él gemía, ‘Lola, dios…’. ‘Calla. Arrodíllate’. No lo hizo. Sonreí. ‘¿No?’. Le apreté la polla fuerte. ‘¡Arrodíllate, coño!’. Cayó. Le abrí la falda del todo, tetas fuera, pezones duros. ‘Chúpalas’. Se lanzó, mamando como loco, mordisqueando. Yo gemí, pero controlaba: ‘Más suave, joder. Así…’. Mano en su nuca, empujando.

El Placer que Dirigí Sin Piedad

Ahora el acto. Lo puse de pie, polla palpitando. ‘Abre las piernas’. Me arrodillé yo, pero mandando. Lamí el glande, salado, goteando pre-semen. ‘Mira cómo te como la polla, Mario. Toda para mí’. Boca abierta, tragué hasta la garganta, ahogándome un poco. Él, ‘¡Joder, Lola!’. Subí y bajé, saliva chorreando, manos en sus nalgas separándolas. Dedo en su culo, rozando. ‘¡No pares!’. Aceleré, mamada salvaje, lengua en la vena, succionando huevos. Él temblaba. ‘Me corro…’. ‘No, aún no. Aguanta’. Paré, lo dejé al borde. ‘Ahora fóllame la boca como yo digo: lento, profundo’.

Lo monté contra la pared. Piernas abiertas, coño chorreando. ‘Métemela despacio’. Entró, estirándome, dolor-placer. ‘¡Más adentro, cabrón!’. Cabalgaba yo, tetas rebotando, uñas en su pecho. ‘Fóllame fuerte ahora’. Él embestía, pero yo marcaba ritmo: ‘¡Para! Más lento… ¡Ahora sí!’. Grité al correrme, coño apretando su polla, jugos bajando por sus huevos. ‘Córrete dentro, lléname’. Él rugió, semen caliente inundándome, chorros y chorros. Lo ordeñé hasta la última gota.

Bajé, besándolo suave. ‘Ha sido perfecto. Tú, mío. Hasta la próxima’. Nos vestimos rápido. Oí la puerta, mi marido volviendo. Sonreí. Lo había conquistado, dirigido cada segundo. Poder total, él rendido. Esa adrenalina… adictiva. Quiero más.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to Top