Cómo Tomé el Control Total y lo Hice Sucumbir en Avignon

Estábamos en Avignon por ese meeting de la empresa. Todos los gastos pagados, y yo convencí a mi chico de venir conmigo. Alquilamos un apartamento precioso para el fin de semana, para desconectar. Hacía meses que no teníamos tiempo a solas. Pero en la cama, una noche, sentí esa chispa. Él me miró, dudando.

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—¿Qué pasa, amor?

La Decisión que Cambió Todo

—Ese colega… ya sabes, el del otro día…

Sonreí. Sabía a qué se refería. Carlos, con su mirada de depredador. Me hacía efecto, sí. Pero esta vez, no iba a ser él quien mandara. Iba a ser yo.

—Quiero verlo. Pero yo decido todo. Tú miras desde el armario, y él hace lo que yo diga. ¿Entendido?

Se quedó callado un segundo. Luego asintió, excitado. Le besé fuerte, sellando el trato. Mi pulso se aceleró. La adrenalina de la conquista me ponía cachonda. Planeamos todo: yo lo traería a la habitación, él se escondería. Vista perfecta.

Días después, el SMS: ‘Subo’. Mi chico se metió rápido en el armario. Oí la puerta. Risas. Entró Carlos, oliendo a colonia cara y deseo. Yo llevaba un vestido negro ceñido, escote profundo, sin bragas. Pelo suelto, labios rojos. Me planté frente a él, mirándolo fijo.

Se acercó para besarme, mano en mi cuello. Pero lo paré.

—No. Tú esperas mis órdenes.

Sus ojos se abrieron. Sorprendido. Me gustó. Lo empujé contra la pared, besándolo yo, mordiendo su labio. Bajé la cremallera de su pantalón despacio. Su polla saltó dura, gruesa. La agarré firme.

—Arrodíllate.

Obedeció. De rodillas, mirándome. Le acaricié la mejilla, luego metí el pulgar en su boca. Lo chupó, obediente. Saqué mi polla… no, saqué su polla de la braga imaginaria, la mía no. La mía palpitaba bajo el vestido. Empecé a lamerla lento, lengua plana por el tronco, bolas incluidas. Él gemía bajito.

—Chupa mis tetas.

Me bajé el vestido, pezones duros. Se lanzó, mamando fuerte. Yo controlaba el ritmo, tirando de su pelo. Lo puse de pie, lo empujé al cama. Me subí encima, coño chorreando sobre su cara.

—Lámeme. Bien profundo.

Enterró la lengua en mi coño, lamiendo clítoris, chupando jugos. Gemí, cabalgándolo con las caderas. Sudor en su frente, yo acelerando. Lo notaba rendido.

Bajé, polla en mano. Me la metí de golpe, hasta el fondo. Ahhh… gruesa, llenándome. Empecé a follarlo yo, subiendo y bajando, tetas rebotando. Él agarraba mis caderas, pero yo mandaba.

—Quieto. Solo miras cómo te follo.

El Placer Bajo Mis Órdenes

Ritmo brutal. Coño apretando su polla, jugos por sus huevos. Gritos míos llenando la habitación. Oía a mi chico en el armario, jadeando.

Revelé el secreto. Abrí la puerta del armario de un tirón. Mi chico ahí, paja en mano, cara de vicio.

—Mira cómo lo domino, amor.

Carlos se tensó, pero yo no paré. Lo giré a cuatro patas.

—Ahora tu culo es mío.

Escupí en su ano, dedo dentro. Se quejó, pero empujó atrás. Dos dedos, luego mi mano guiando su propia polla… no, lo puse debajo. Lo monté anal, lento al principio. Él gruñendo, yo gimiendo de poder.

—Fóllame el culo, pero como yo diga.

Empujones salvajes. Sudor, slapping de carne. Lo azoté las nalgas, rojas. Cambié: de lado, misionero, yo arriba siempre. Polla entrando y saliendo de mi coño, luego culo, alternando. Él al límite.

—No corras aún.

Lo apreté con el coño, ordeñándolo. Grité mi orgasmo primero, temblores, chorros. Entonces:

—Córrte dentro.

Explotó, llenándome. Caliente, espeso.

Me aparté, coño goteando semen. Carlos jadeando, exhausto. Mi chico corrió en el suelo, mirándome.

Me levanté, desnuda, poderosa. Lamí el semen de mis dedos, mirándolos a los dos.

—Esto es lo que quería. Vosotros, a mis pies.

Fui a la ducha, llamándolos. Agua caliente, yo en medio, aún mandando. Poder total. Me sentía diosa. La conquista perfecta, el control absoluto. Nada como verlos sucumbir.

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