París, principios de los 70. Tengo cincuenta y pico, pero mis tetas son dos melones gigantes, copa G, que vuelven locos a cualquiera. Mi sobrino Guillaume, 22 años, llega de province por trabajo en el banco. Lo meto en mi chambre de bonne arriba de mi piso, en el Marais. Soy Olga, española de pura cepa, ninfómana hasta la médula. Se lo digo clarito el primer día: ‘No te preocupes, chico, la edad… pero si te tienta, avisa’. Él, gay confeso, con su novio, ni caso. Pero yo veo cómo me mira las tetas en las cenas. Cada noche, solos, charlamos. Esa noche, lo pillo raro.
—¿Qué pasa, Guille? Pareces perdido.
La Tensión que Me Hizo Decidir: Él Será Mío
—Nada, tía… rompí con mi chulo hace diez días. Bah, encontraré otro. O… otra.
Me río por dentro. Sus ojos en mis curvas. ‘Si necesitas cariño, baja’, le suelto. Sube a su cuarto, pero yo sé que morderá. Cinco minutos después, mi móvil suena.
—Tía, ¿puedo bajar?
—Claro, guapo. Dame cinco para prepararme.
Me visto para matar: camisita azul transparente, tetas desbordando, lencería a juego, portalígaros, tacones. La braguita abierta delante y detrás, mi choña peluda rubia cobriza asomando, vello hasta los muslos. Maquillaje fuerte, labios rojos, joyas doradas. Abro, lo beso como una loba, lengua dentro, lo derrito. Él me aparta suave, me mira babeando.
—Ven, mi niño —le digo, tirando de su mano.
Lo llevo al salón, luces tenues, música lenta, olor a jazmín y sexo. Mi culo gordo se menea, braguita rajada dejando ver el surco. En mi cuarto, lo miro fijo.
—Tengo una sorpresa, cariño. Siéntate en la cama.
Él obedece, piernas abiertas. Le bajo el pantalón de un tirón, slip verde hinchado. Mis uñas rojas masajean la polla tiesa por encima. Sube y baja, lento. Él tiembla, gime bajito. Lo empujo suave, me arrodillo. Con dientes, bajo el slip, oliendo su pubis moreno. Polla dura, venosa, a dos centímetros de mi cara. La agarro, piel arriba-abajo, lengua lamiendo toda la longitud. Chupo huevos, los meto en boca, succiono fuerte. Mordisqueo suave, él grita: ‘¡Ah, joder!’. Mi nariz rozada por su verga pulsante.
Esa es mi toma de control. Él ya es mío.
Lo beso, polla en mi mano, toques leves.
—Chúpamela, tía… porfa.
El Acto Brutal: Mi Boca y Mi Culo lo Rompieron
Me agacho, labios en su glande, trago todo. Cabeza va y viene, lengua en el frenillo. Pongo sus piernas en mis hombros, lo follo con la boca. ‘¡Tu polla es una delicia!’, gruño. Lo tengo al borde, paro. Dedos en la base, la hincho más.
—Qué verga tan dura, mi rey.
Me quito la camisita, tetas libres. Él se pega a mi espalda, manos en mis melones, pellizca pezones. Yo me tumbo boca abajo.
—Sorpréndete, Guille. Me puse ungüento de pimiento en el culo. Quema… pero enciende.
Guía su polla en mi raja abierta. Se hunde fácil, hasta el fondo. ¡Ahhh! El picor me enciende, paredes apretando su tronco grueso. Él empuja lento, yo marco ritmo: ‘Más hondo, cabrón… pero despacio al principio’. Manos en sus caderas, lo guío. Cambio: lo monto yo, reverse, culo en su polla. Bajo despacio, lo trago entero. Rebotó fuerte, tetas slap-slap, pimiento quemando delicioso.
—¡Fóllame el culo así! ¡Más rápido!
Él gime, yo controlo: subo-bajo, giro caderas, clavo uñas en sus muslos. Sudor, olor a sexo crudo, mis pelos púbicos rozando sus huevos. Lo aprieto, lo ordeño. Él ruge, yo acelero, salvaje. ‘¡Córrete dentro, lléname!’.
Treinta minutos de martilleo anal, yo mandando. Él explota, chorros calientes en mis entrañas. Me levanto, semen chorreando, polla suya roja, quemada.
—Divino, tía… me has destruido.
Yo sonrío, poderosa. Beso su mejilla.
—Sabía que sucumbirías. Ahora sabes quién manda.
Sentí el poder puro. Lo conquisté, lo usé, obtuve mi orgasmo múltiple. Él, roto de placer. Yo, reina absoluta. París nunca fue tan caliente.