Hace poco, en el castillo de mi marido, el barón Hercule de Basse-Fosse. Un tipo calvo, panzudo, de unos cincuenta. Yo, su segunda esposa, rubia, veintitantos, con un escote que deja poco a la imaginación. Se me veían las tetas enteras, redondas, duras. Esa noche, fiesta de disfraces del siglo XVIII. Él con su traje noble, yo con un vestido que me apretaba el culo y subía los pechos hasta la barbilla.
Llega este joven, disfrazado de cura. Soutane negra, cara de pillo. Me lo presentó el barón: ‘Buenas noches, padre’. Él tartamudeó: ‘Eh, no soy cura de verdad, es el disfraz’. Sonreí. Sus ojos se clavaron en mis tetas. Ya lo tenía. Durante la cena, me senté frente a él. Levanté el pecho a propósito, rozando la mesa. ‘¿Qué estudias, guapo?’, le pregunté, voz baja, sensual. ‘Medicina’, dijo, tragando saliva.
La tensión sube y decido que es mío
Le seguí el juego. Al barón, que se atiborraba de tournedos y salmón, le solté lo del hígado jodido, pulso irregular. ‘Doctor, ¿y el sexo?’, preguntó el viejo. ‘Absténgase hoy, ha comido mucho. Potaje ligero mañana si quiere follarme’. El barón rio, bebió su vino del ‘Demonio del Obispo’. Perfecto. Esa noche no me tocaría. Lo miré al cura: ‘Quédate en una habitación de invitados. No hay tren’. Él asintió, ojos hambrientos.
Esperé. El barón roncaba en su ala. Me puse la bata, pero nada debajo. Coño ya húmedo, pezones tiesos. Fui a su cuarto. Golpeé suave. ‘¿Quién?’, murmuró. Entré, cerré. ‘Soy yo, la baronesa. Esta noche vas a ser mío. Te voy a follar como quiera. Si no, despierto al barón y le digo que intentaste violarme’. Se incorporó, polla ya medio dura bajo la sábana. ‘Madame…’, empezó. ‘Cállate. Quítate la sotana. Ahora’. Obedeció, temblando. Su polla saltó, gruesa, venosa. ‘Buen goupillon’, le dije, riendo. Me acerqué, tomé sus huevos en la mano. Pesados, calientes. ‘Te voy a ordeñar, cura. Pero yo mando’.
Follada brutal: yo al mando, él rindiéndose
Lo empujé a la cama. Me subí encima, tetas en su cara. ‘Chúpamelas. Fuerte’. Lamía, mordía suave. Gemí bajito: ‘Sí, así…’. Mi coño chorreaba sobre su tripa. Bajé, froté mi raja en su polla. Mojada, resbaladiza. ‘Mírame. Vas a meterla cuando yo diga’. Le guié la verga, la clavé de un golpe. ‘¡Joder!’, gritó él. Cabalgué salvaje, tetas botando. Sudor mezclado, olor a sexo crudo. ‘Más rápido, no pares’, jadeé. Le arañé el pecho, pelo revuelto.
Lo volteé. A cuatro, yo detrás. ‘Ahora por el culo no, pero te follo el alma’. Le metí dos dedos en la boca, chupó. Volví a montarlo, reversa. Su polla me llenaba, rozaba el clítoris. ‘¡Córrete dentro! Lléname de leche, padre’. Él gruñía: ‘¡Dios! ¡Madame!’. Eyaculó fuerte, chorros calientes en mi útero. Yo me corrí después, espasmos, gritando bajito: ‘¡Sí, joder, mío!’. Saqué su polla flácida, leche goteando de mi coño. La limpié con la lengua, salada, espesa.
Me vestí, besé su boca jadeante. ‘Silencio total. Mañana, como si nada’. Salí, piernas temblando de placer. Poder total. Al día siguiente, desayuno. El barón: ‘Mi salvador, quédate más’. Yo guiñé al cura: ‘Sí, dile que su bolsa está vacía’. Él: ‘Eh, sí, la usé anoche’. Reímos por dentro. Lo llevé a la estación en el chófer. Tres meses después, repetimos. El barón palmó de un infarto intentándome follar. Ahora, libre, casada con un marqués joven. Pero esa noche… yo gané. Control total, coño satisfecho, él roto de placer. Adrenalina pura. Lo volvería a hacer mil veces.